sábado, 29 de junio de 2013

CRÍTICA DE LA PELÍCULA EL PRISIONERO 13


Alejandra López Camacho


El prisionero 13, película incluida dentro del género de dramas de la Revolución Mexicana, fue realizada en el año de 1933, un año antes de que finalizara el periodo presidencial de Abelardo L. Rodríguez y del periodo conocido como “El Maximato”. La cinta, que tiene una duración de 109 minutos y que estuvo dirigida por Fernando de Fuentes[1], maneja tres aspectos dentro del tema de la trama: primero, la marcada falta de libertad de expresión que se dio durante la última etapa del gobierno de Porfirio Díaz; segundo, la práctica de fusilamientos sin más razón que la de cumplir órdenes y silenciar a los opositores de la reelección; y tercero, las ironías que llega a jugar la vida y en las cuales pueden involucrarse los lazos familiares.


Por otra parte, es de mencionarse que la cinta elaborada en blanco y negro tiene un tipo de recursos 
técnicos que para la época, se considera, fueron singulares y probablemente estuvieron adelantados.
Un año antes de la llegada de Lázaro Cárdenas a la presidencia de México y en tiempos en que se vivía la gran depresión de 1929-1933 y cuando Abelardo L. Rodríguez estableció los salarios mínimos, se estrenó la película, El prisionero 13.[2] Esta cinta que bien podría responder al dicho de “Haz el bien sin mirar a quien”, y más aún si se trata de tu familia, es una película contextualizada en el año de 1911, aquel año fue cuando Francisco y Madero ocupó la presidencia y cuando Díaz abandonó el poder. La película inicia por 1890, en ese lapso de tiempo en que don Porfirio anunció, el 27 de diciembre, que el artículo 78 constitucional se enmendaría para permitir la reelección indefinida del presidente.[3]

Pero si por una parte el tema central de la película es la desintegración de una familia, cuando Julián Gallardo, personaje principal de la trama y quien se caracteriza por ser un militar alcohólico y violento, se queda solo al huir de su lado tanto su esposa como su pequeño hijo. Por otra parte, el tema de la cinta evidencia que en tiempos de don Porfirio las cosas se arreglaban por medio de la corrupción y a balazos. Un tercer punto que destaca en la cinta y que prevalecía en el tiempo en que fue estrenada (1933): la falta de solidaridad que existía con la mujer y el hecho de que a ésta se le veía como a un objeto del que se podía abusar y dominar.
Resulta de particular interés observar la forma como el director maneja la primera escena de la cinta donde aparecen dos amigos jugando a las cartas y tomando licor, pues esta escena, además de ser el principio de la trama es también su final. Otros puntos de interés son aquellos donde se muestra lo avanzado de la técnica como: algunos cortes de escena donde no aparece la oscuridad entre escena y escena sino la yuxtaposición de imágenes que, se considera, intentaban representar los pensamientos de los personajes, por ejemplo, cuando aparece la imagen de la esposa que huye en un carruaje y esta toma empieza a desaparecer lentamente al compás en que aparece la imagen del esposo en otro transporte. Otro caso es cuando se yuxtaponen, en tomas suaves, los rostros de distintos niños con distintas etapas hasta aparecer un joven, con lo cual se quería representar el crecimiento del hijo y al mismo tiempo el paso de los años.  

Por otro lado, una vez que ha pasado el tiempo y se llega a 1911, etapa cuando el hijo del militar ya es un joven, en la película se representa la cacería de 13 opositores al gobierno de Díaz debido a que están armando un complot en su contra. Así en la cinta se aprecia lo siguiente: cuando estos hombres son apresados y conducidos a la cárcel, como respuesta llegan los familiares al cuartel para saber el motivo de aquella detención, viene la secuencia donde el cuartel está lleno de gente y en ese preciso lapso, la cámara en picada hace unos movimientos lentos de paneo de derecha a izquierda para tratar de captar a toda la gente que hay dentro del cuartel. Con esto, además de atrapar a la gente debido a la posición de la cámara, el director introduce al espectador a la escena y le da la sensación de ser él quien observa y quien hace esos movimientos pausados de lado a lado con su cabeza como si fuera éste quien revisara a la muchedumbre.
Esa introducción del espectador se percibe también cuando, siguiendo la trama de la cinta, hay dos mujeres que van a sobornar al personaje principal, el militar Julián Carrasco encargado de las detenciones, para que deje libre al hijo de una de éstas. La escena en cuestión inicia a partir de que las mujeres bajan de su automóvil y atraviesan el patio de una casa hasta introducirse en ella, lo particular de esta escena es que la cámara sigue el caminar de las mujeres hasta la casa, desde el mismo auto y a través de una de sus ventanas, lo que da nuevamente la sensación al espectador de ser él quien permanece en el auto y quien observa el caminar de esas mujeres a través de una de las ventanas. 

Finalmente y como paradojas de la vida que contiene la cinta, aquel preso es puesto en libertad por la cantidad de trece mil pesos, pero, como se requiere que otro lo supla a éste, el militar ordena la detención de cualquier otro que se le parezca (muestra de la corrupción que existía en las detenciones). De esta forma, es el mismo hijo del militar quien queda como el preso número 13 y a quien se va a fusilar junto con el resto (es aquí donde la cinta muestra la práctica de tantos fusilamientos que no tuvieron otra razón más que la exigua libertad de opinión que existió en este periodo). Ironías de la vida es que cuando el militar, Julián Carrasco, se entera que es su hijo uno de los 13 prisioneros a los que van a fusilar, éste va a intentar salvarlo y, en ese momento despierta de aquella borrachera con la cual inicia la cinta. Esto es un magnífico final en donde la trama bien puede dejar como moraleja: “haz el bien sin mirar a quien”. 
            Como comentarios finales se agrega lo siguiente, el espectador aprecia la fecha en que se suceden los hechos por un pequeño calendario que aparece en la oficina de un prestamista y en que se lee: 22 de junio de 1911. ¿Era intención del director ubicar al espectador en aquella fecha e introducirlo al contexto de la última etapa de Díaz en el poder y así mostrar la corrupción con que se manejaron tantos asuntos? Ante esto solo resta por plantear lo siguiente: ¿El prisionero 13 sacaba a relucir las arbitrariedades que en 1933 existían en los gobiernos mexicanos?

FERNANDO DE FUENTES[4]
Director de cine mexicano


Fernando de Fuentes es una de las figuras más famosas y menos comprendidas de nuestra cinematografía. Los comentarios alrededor de su carrera lo señalan casi siempre como un autor que decidió dejar de serlo para convertirse en un eficiente realizador de cintas taquilleras, dividiendo artificialmente su filmografía en dos períodos caracterizados por la presencia o ausencia de pretensiones estéticas.
Hasta cierto punto, fue natural que De Fuentes haya preferido triunfar en la taquilla a ser reconocido como un artista. En 1936, cuando la industria del cine mexicano luchaba por sobrevivir, todos los directores en activo deseaban recuperar la inversión económica de sus filmes. Los tiempos no estaban para pretensiones estéticas.
Los magros resultados de sus primeras películas habían provocado que Fernando de Fuentes viese peligrar su futuro como director. Una prolongada enfermedad había retrasado la filmación de Vámonos con Pancho Villa (1935), su obra maestra incomprendida por varias décadas. La película fue estrenada tres meses después de Allá en el Rancho Grande (1936) y sólo se mantuvo una semana en cartelera. Éxito y fracaso se presentaron al mismo tiempo y a Fernando de Fuentes le quedó muy claro que la sobrevivencia estaba en la fórmula, en los géneros y en la satisfacción del naciente público del cine mexicano.
Sin embargo, el impresionante éxito de Allá en el Rancho Grande (1936) no debe atribuirse exclusivamente a la exacta combinación de canciones, amores, charros y bailables. Detrás del filme estaba un director verdaderamente dotado de cualidades, poseedor de una excelente habilidad técnica y de un extraordinario sentido para la narrativa visual. Fernando de Fuentes fue, en realidad, el primer director mexicano que comprendió la naturaleza del cine sonoro y que aprovechó con éxito todas las posibilidades de este medio.
La labor pionera de Fernando de Fuentes se extendió más Allá del Rancho Grande. Con El fantasma del convento (1934) De Fuentes “mexicanizó” al género de horror incluyendo en la historia elementos de la tradición colonial, rica en leyendas y fantasmas. Así se quiso en Jalisco (1942) que fue la primera cinta mexicana a colores y en Jalisco canta en Sevilla (1949), primera co-producción oficial de México con España. El resto de sus filmes fueron más que exitosos y ayudaron a cimentar las bases de la industria del cine mexicano.
¿Y Fernando de Fuentes el autor? El reconocimiento de sus primeras obras fue tardío, como suele suceder en estos casos. Sin embargo, la apreciación de ellas suele estar empañada por la subjetividad de la “teoría de autor” y con frecuencia conduce al menosprecio del resto de su filmografía. Por ello, y sin dejar de reconocer los valores estéticos de sus filmes más célebres, nos atrevemos a reconsiderar a Fernando de Fuentes como un director que siempre buscó el triunfo comercial, aún en sus filmes más personales, y que nunca dejó de proyectar su personalidad, hasta en sus cintas más taquilleras.

FILMOGRAFÍA[5]


Escuela de vagabundos (1954) .... productor y guionista
Canción de cuna (1953) .... director, productor
Tres citas con el destino (1953) .... director (episodio mexicano)
Los hijos de María Morales (1952) .... director, productor
Crimen y castigo (1951) .... director, productor
Hipólito el de Santa (1950) .... director, productor, guionista
Por la puerta falsa (1950) .... director
Jalisco canta en Sevilla (1949) .... director, productor, guionista
Allá en el Rancho Grande (1949) .... director, productor, guionista
La devoradora (1946) .... director, productor, guionista
Esperanza (1946) .... director
Hasta que perdió Jalisco (1945) .... director, guionista
La selva de fuego (1945) .... director
El rey se divierte (1944) .... director, productor, guionista
La mujer sin alma (1944) .... director, guionista
Doña Bárbara (1943) .... director, productor, guionista
Así se quiere en Jalisco (1942) .... director, productor, guionista
Creo en Dios (1941) .... director, productor, guionista
La gallina clueca (1941) .... director
El jefe máximo (1940) .... director, productor, guionista
Allá en el trópico (1940) .... director, productor, guionista
Papacito lindo (1939) .... director
La Zandunga (1938) .... director, guionista
La casa del ogro (1938) .... director
Bajo el cielo de México (1937) .... director, guionista
Allá en el Rancho Grande (1936) .... director, productor, guionista y editor
Las mujeres mandan (1936) .... director, guionista
Vámonos con Pancho Villa (1935) .... director y guionista
La familia Dressel (1934) .... director, productor, guionista y editor
Cruz Diablo (1934) .... director, guionista y editor
El fantasma del convento (1934) .... director, guionista y editor
La Calandria (1933) .... director, guionista y editor
El compadre Mendoza (1933) .... director, guionista y editor
El prisionero trece (1933) .... director, guionista
El Tigre de Yautepec (1933) .... director, guionista y editor
El anónimo (1932) .... director, guionista
Águilas frente al sol (1932) .... editor
Santa (1931) .... ayudante del asistente de dirección




[1] Fernando de Fuentes Carrau nació en la ciudad de Veracruz, México, el 13 de diciembre de 1894 y murió el 4 de julio de 1958. Fue pionero del cine sonoro y realizador de tres clásicos del cine mexicano -El compadre Mendoza (1933), Vámonos con Pancho Villa (1935) y Allá en el Rancho Grande (1936), ver: http://www.loscineastas.com/cine%20mexicano/Directores/fernandode_fuentes.htm
[2] Humberto Musacchio, Diccionario Enciclopédico de México, T. I, México, Andrés León Editores, 1990, pp. 282-283.
[3] Luis, González y González, Historia general de México, T. 2, México, El Colegio de México, 1994, p. 961. 

jueves, 28 de marzo de 2013

CRÍTICA DE UNA FOTOGRAFÍA.

Breve ensayo 
 Querétaro, junio de 1867

Dra. Alejandra López Camacho

Durante los meses de mayo y junio de 1867 la ciudad de Querétaro permaneció sitiada debido al enfrentamiento que tuvieron los republicanos encabezados por el general Mariano Escobedo y dirigidos por el presidente Benito Juárez, y los monarquistas a cuya cabeza se hallaba Maximiliano de Habsburgo, emperador de México desde el año de 1864. Tras la ejecución del emperador, ocurrida el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas de aquella ciudad, el fotógrafo francés, Francois Aubert[1], realizó una serie de fotografías que mostraban la situación bajo la cual había quedado la ciudad después del sitio.


Algunas de estas fotografías, como la que se examina en este trabajo, resultan interesantes para su análisis debido a los elementos que contiene y a la posición desde la cual fue captada la imagen. Interesa aclarar que la fotografía, realizada como impresión en albumen[2] en el mes de junio de 1867, se le encuentra catalogada bajo distintas denominaciones. De una parte, se titula Paredes del Convento de la Cruz en Querétaro después del sitio,[3]   por otra recibe el nombre de Escena de una ejecución [4] y por último en la revista Saber Ver, donde se comenta que la fotografía parece ser una ejecución, se titula Vista exterior del convento de la Cruz.[5] 

 Si observamos con detenimiento la imagen podremos advertir una serie de detalles que no aseveran que se trate de una ejecución. Pues, cabe señalar que dentro de la misma se encuentran algunas incongruencias si tomamos como punto de partida el segundo título.

En primera instancia veremos que la imagen tiene como punto de enfoque, no las paredes del Convento de la Cruz sino una hilera de soldados que parecieran estar cercando algo o a alguien. Y, a pesar de que la posición del fotógrafo está demasiado alejada de la escena, se verá que los soldados están mirando hacia lo que parece ser una puerta o entrada del convento. Esa circunstancia hace dudar que se trate de un fusilamiento, pues ¿porqué fusilar a alguien apuntando hacia un espacio abierto?, ¿no sería más acertado apuntar hacia un paredón? De tratarse de la escena de una ejecución ¿porqué los soldados iban a ejecutar a alguien frente a un templo?


Por otra parte, si miramos con detenimiento el fondo de la imagen hacia el lado derecho notaremos que existe un considerable número de personas que parecieran querer ver algo. De ser así, ¿no sería más adecuado considerar que ese cerco de soldados espera la salida de un condenado para llevarlo al sitio de fusilamiento? Ligado a esto se plantea lo siguiente, ¿por qué le gente permanece sólo de un lado de la escena? Si tanta curiosidad causaba el fusilamiento de una persona, ¿porqué no hay gente del lado izquierdo?



A esto se añade que de ser cierto el momento de una ejecución, ¿por qué Aubert esperaría fotografiar un fusilamiento?, ¿a quién iban a matar que interesaba tanto a Aubert? Más aun, ¿por qué el ejército oficial republicano mexicano iba a dejarse retratar por un fotógrafo favorito de la corte en el momento de una ejecución?

Emperador  Maximiliano 
Juliet Wilson-Bareau[6] asegura en la revista Saber ver que Francois Aubert realizó muchas imágenes sorprendentes inmediatamente después del fusilamiento de Maximiliano, así como también que algunas de estas imágenes fueron distribuidas por el fotógrafo como carte de visite. En esa revista, Wilson-Bareau afirma que el periodista Albert Wolff publicó en el periódico francés Le Figaro un artículo en el cual se decía que desde México había llegado una carta, que había logrado evadir la censura mexicana, en ésta se daban detalles de la ejecución de Maximiliano e iba acompañada de cuatro fotografías. Una de esas imágenes, según decía Wolff, se refería a la iglesia donde había sido llevado el cuerpo de Maximiliano. Si tomamos en cuenta este último punto, podría señalarse que la fotografía en cuestión bien responde al momento en que el cadáver de Maximiliano fue llevado al templo.

Cadáver de Maximiliano
Otros reveladores detalles se unen al análisis de la fotografía, de acuerdo al reportaje especial publicado por el periódico francés Le Figaro, donde se describía la forma en que se realizaban las ejecuciones en México[7], “éstas tenían lugar a una distancia muy corta: la víctima se sentaba en un banquillo a sólo cuatro pasos de donde se encontraban los soldados, mientras que la muchedumbre que se congregaba para presenciar el drama se subía al muro contra el cual se llevaba a cabo la ejecución”. Si proyectamos estas palabras a la fotografía en cuestión se verá que no hay personas arriba del muro donde supuestamente se va a ejecutar a alguien como tampoco a espaldas de los soldados, sino a un lado.

Surgen así muchas interrogantes en torno a esta imagen, sin embargo puede considerarse que esta toma responde al momento en que alguien iba a salir o a entrar por esa puerta y requería del cerco de un grupo de soldados, trátese de un condenado a muerte, como bien puede o no ser el caso del emperador Maximiliano y sus dos generales o quizá de su cadáver. En relación con los diferentes títulos de la fotografía podría afirmarse que la imagen carece de un título que nos acerque más al momento que fue captado por la cámara de Francois Aubert.





[1] Francois Aubert (1829-1906), fue un fotógrafo francés que llegó a Centroamérica en el año de 1851 y después a México en 1864. Estudió con el fotógrafo francés Jules Amiel y más adelante terminó ocupándose del negocio de éste. Se dice que Aubert abrió su propio estudio de fotografía en la ciudad de México en la calle 2ª de Corso San Francisco aunque también está el dato de que su taller estaba ubicado en la calle de San Francisco número 7. Aubert pasaría a convertirse en el fotógrafo favorito de Maximiliano e hizo retratos de los emperadores y del Castillo de Chapultepec y a la muerte del emperador fue uno de los que tomaron fotografías relativas a la ejecución y a la ciudad de Querétaro días después del fusilamiento. Abandonó México en 1867 y se estableció como fotógrafo en Algeria, ver: Acevedo, Esther, “Así circulaban sus imágenes”, Testimonios artísticos de un episodio fugaz, México, Museo Nacional de Arte/INBA, 1995, pp. 174-175 y www.getty.edu/research/tools/digital/mexico/flash_spanish
[2] Las impresiones en albúmina fueron descubiertas por Louis-Desiré Blanquart-Evrard en 1850. El soporte de este tipo de imágenes está hecho de papel delgado de algodón, con una cara cubierta con albúmina fermentada y sensibilizada con sales de plata. Generalmente, las piezas fotográficas se adherían a un soporte secundario rígido para darles una mayor estabilidad dimensional, ver Valdez Marín, Juan Carlos, Manual de conservación, México, CONACULTA/INAH, 1997, pp. 38-40.
[3] Aguilar Ochoa, Arturo, La fotografía durante el Imperio de Maximiliano, México, UNAM/Instituto de Investigaciones Estéticas, 2001,que  p. 45.[4] Querétaro, fotos antiguas y modernas. Ver: http://www.aquiqueretaro.com/introgaleria.htm
[5] Wilson-Bareau, Juliet, “Manet y la ejecución de Maximiliano”, ver: Saber ver. Lo contemporáneo del arte, Segunda parte, Núm. 14, México, enero-febrero 1994, p. 44.
[6] Ibidem, pp. 24-30.
[7] “Les exécutions au Mexique” (“Las ejecuciones en México”) en Le Figaro, 7 de julio de 1867, p. 2, ver: M. Davies, “Recent Manet Literature” (“Literatura reciente sobre Manet”), Burlington Magazine, XCVIII, 1956, p. 171, citado en: Juliet Wilson-Bareau, Ibidem, pp. 23-24. 




lunes, 4 de febrero de 2013

UNA ANTIGUA INSTITUCIÓN, LA MONARQUÍA Y EL MODELO DE NACIÓN PARA MÉXICO (1857-1867)


 

 Dra. Alejandra López Camacho


Si bien la historia política de México durante el siglo XIX está definida por las varias intervenciones extranjeras, por los distintos textos constitucionales que se elaboraron, por los constantes cambios de presidentes y por las diversas divisiones y pérdidas territoriales, a esto se unen los debates en torno a los modelos políticos de nación para México y con esto las diversas formas de gobierno que existieron. En esta ocasión, hemos de enfocarnos en un modelo político de nación y en una de las varias facciones que concurrieron a lo largo del siglo XIX. Cabe apuntar que dentro de este modelo de nación estuvieron presentes las tierras de occidente de raza latina y creencias católicas y las tierras norteamericanas de raza anglosajona y creencias protestantes, es decir, entre los territorios gobernados por una monarquía y los que se gobernaban por una República. 
Nos referimos así al modelo de nación que constituyeron los sistemas políticos europeos, en específico a la monarquía francesa y a la monarquía española y en conjunto con esto la posición del periódico La Sociedad de la ciudad de México, una de varias publicaciones que apoyaron la instalación del Segundo Imperio Mexicano durante los años de 1864 a 1867. El objetivo es mostrar la importancia que adquirió para este grupo conservador la existencia de una monarquía en México, a la par de exponer que el establecimiento de esta institución llegó a ser fundamental para la construcción de la legitimidad política de México.
Tenemos entonces que frente a este grupo conservador,  los Estados Unidos fueron rechazados por ser contrarios a la religión católica y a los hábitos monárquicos o virreinales de las naciones hispanoamericanas. Es importante distinguir que si bien los Estados Unidos no constituyeron un prototipo de nación durante los años de 1857 a 1867, esto no implicó un desconocimiento de su riqueza pública y su “material engrandecimiento”. Por el contrario, se advertían sus beneficios y se adjudican a varias causas: a la inmigración europea, a la libertad de que gozaba cada Estado respecto del centro, a las garantías individuales que ofrecía la ley y sobre todo a su Constitución que fijaba las condiciones políticas y los derechos como Estados independientes.
Para los periodistas impresores de La Sociedad como José María Andrade y Felipe Escalante, era un hecho que si los Estados Unidos habían alcanzado tal grado de abundancia e inmigración europea, que finalmente constituía mano de obra, esto se debía a la paz que existía en esa república. Paz inexistente en México, donde se sacrificaba la paz en aras de las teorías políticas y no las teorías políticas en aras de la paz practicada en los pueblos civilizados.[1] Sin embargo, a pesar de reconocer que los Estados Unidos se preocupaban por la propiedad y la riqueza, así como por la paz y las leyes que ofrecían garantías a los ciudadanos, también advertían el lado opuesto de la moneda.

...es indudable que las repúblicas democráticas son tanto más peligrosas y están tanto más expuestas, cuanto es mayor en ellas el predominio de la democracia o del pueblo. No se prueba esta aserción con nuestro único testimonio; se prueba también con la experiencia y con el testimonio de todas las repúblicas pasadas y presentes. Ahí está la Francia, ahí está la Inglaterra de Cromwell, ahí están la mayoría de todas las repúblicas modernas que existen o existieron, para certificar la barbarie de los representantes del pueblo a este se le dice: “¡Impera!” –La república anglo-americana, cuya decantada felicidad y cuya abundancia se han hecho  tan célebres, no se sostiene a pesar de todos sus favorables antecedentes, sino a fuerza de las perpetuas luchas. Todos los años se desbordan de los Estados del interior muchedumbre de familias acosadas por el hambre, que van a Nueva-York a pedir trabajo a las fábricas o talleres. Pocas familias logran su fin; y en 1857 se han visto en la metrópoli de los Estados-Unidos del Norte, cien mil hombres hambrientos y sin trabajo. Recientemente, algún Estado de aquella tierra tan celebrada, ha levantado el estandarte de la rebelión contra el gobierno general... ¡Meditad bien sobre esto![2]
  
En cambio las naciones europeas sí representaban el modelo de civilización indicado para las naciones hispanoamericanas. Sea por la legitimidad que les otorgaban sus raíces latinas, por el sistema de creencias transmitido por España, por las bases monárquicas y por todos los “hábitos y régimen sociales, religiosos y políticos, de la nación, posteriores y hasta cierto punto anteriores a la conquista.”[3] Es importante señalar que a ojos conservadores, el término “república” involucraba la democracia, la soberanía popular, la existencia de una Constitución y la presencia del federalismo.[4] Sin embargo, en el transcurso del año de 1858, los periodistas, aunque parezca contradictorio, defendieron un régimen republicano, pero ligado a la Providencia y no a la democracia, ni a la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma.

Pero ¿qué es hoy la República en las manos del gobierno actual? Es un cadáver despedazado con la  espada de las facciones. Es preciso resucitarle como a Lázaro a la voz de Jesucristo, y sólo está reservado este poder a la Omnipotencia; pero la Omnipotencia velará sobre la situación presente; la Omnipotencia será el escudo y el amparo de la justicia cuyo trono se pretende restablecer; la Omnipotencia, para quien no hay imposibles en el universo, suele prestar algo de su fuerza soberana a las criaturas que se levantan con la razón al gobierno de las naciones.[5]

Esta visión de los modelos de nación para México responde a dos planteamientos. El primero tiene relación con lo que identifican como “América española”, de raíces hispanas y católicas y la interpretación de “América del norte”, de raíces inglesas y con diversidad de sectas religiosas y de razas. El segundo responde a la visión retenida de los enemigos de la “regeneración futura de la sociedad”, que no solo fueron los demagogos, sino todos aquellos que se opusieran al establecimiento de un sistema de gobierno muy semejante al de Francia y España, es decir, los que apoyaban el establecimiento de un modelo europeo de nación. Y en esto interviene la existencia de una sociedad y la sigilosa demanda de una monarquía, que además de ser un sueño y un proyecto en el porvenir, era una medida para aliviar los males de México. Así, discutir sobre los modelos de nación, plantear a los lectores los beneficios de imitar un modelo europeo, debatir sobre la importancia de la historia como ejemplo para el porvenir, claramente refleja un mecanismo para exigir, sin exigir, el establecimiento de una monarquía en México. La monarquía había existido en el pasado, era parte de la historia y del presente, era sinónimo de orden, de justicia y de equilibrio de las leyes, elementos insuficientes del régimen republicano federal.
De este modo, las palabras “América española”, utilizadas para hacer referencia al pasado, forman parte de una asociación de América con la corona española, con una cultura monárquica, católica y de habla hispana, con una época virreinal, con una estratificación social, con un orden político jerarquizado, con un poder aceptado por tradición y por herencia y que en definitiva representa a una comunidad. No obstante, para 1858 los periodistas de La Sociedad consideraban que México era un territorio con una sociedad católica en peligro de extinción y con hábitos que rememoraban el pasado anterior a los ensayos republicanos.
Así llega a plantarse lo siguiente, lo que inquietaba a los conservadores que integraban La Sociedad, ¿era llegar a un estado de anarquía?, ¿a cambios violentos?, ¿a una república?, ¿al restablecimiento de la Constitución de 1857?, ¿a la tolerancia de cultos?, ¿a la separación de los poderes?, ¿a la política de los Estados Unidos? O, ¿era únicamente a la pérdida de sus privilegios? Aunque todos estos elementos están presentes, podríamos responder que en realidad lo que objetaban era la radicalidad en los cambios. Porque, aunque parezca contradictorio, acaso el Imperio francés ¿era de tendencia política conservadora?, ¿acaso se desconocía que Napoleón III era el sobrino de un hombre que como Iturbide se había proclamado emperador sin tener rango real? Así podríamos decir que los cambios se aceptaban y que si bien se estaba promoviendo un modelo de nación, finalmente lo que en México se proyectaba establecer era un modelo único de nación, ni república ni monarquía tradicional. Sin embargo los periodistas tendrían el objetivo de insistir en que...

Las naciones hispano-americanas, no obstante sus hábitos monárquicos o virreinales y su religión católica, cometen el lastimoso error de tomar por modelo a una nación excepcional del Norte, y siguen fascinadas a su presencia. En vez de imitar en política el ejemplo de los pueblos de donde toman su origen, de los pueblos europeos del mediodía, imitan el de una república cuya existencia moral es altamente sospechosa y equívoca, y cuya civilización no es la verdadera civilización cristiana. Las naciones de Europa son las que representan en cierto modo la civilización, y las que comunican a todos los pueblos que quieren recibirla. [6]

Emperador Maximiliano
            Aunque muchas preguntas y respuestas sobre el actuar de los conservadores respecto de su posición frente a Napoleón III y a Maximiliano, puedan parecer contradictorias, la realidad es que en este periodo se observa una considerable falta de comunicación. En este periodo, el intercambio de noticias con las tierras de occidente era muy lento, básicamente se dependía del traslado de información a través de barcos, así que quienes iban y venían sólo conocían aspectos de la política de Napoleón III y aspectos del comportamiento político de Maximiliano, así como aspectos de la vida política mexicana. De ahí que muy probablemente muchas cosas se desconocían, con esto no queremos decir que los conservadores que invitaron a Maximiliano a ocupar el trono mexicano fueran ingenuos, sino que pertenecían a una generación que retenía la imagen de un pasado mejor. Hemos de hablar de periodistas, políticos y miembros del clero que promediaban los cuarenta años en 1857 y que el pasado monárquico que pesaba sobre sus hombros respondía quizá a una tradición familiar. De ahí que quizá era más fuerte su deseo por instaurar un tipo de gobierno monárquico por tradición, que reparar en el tipo de gobierno que ya se veía venir. 
            Por otra parte, es indudable que el establecimiento del Imperio traería consigo cambios y que la monarquía sería un modelo único de nación por varias razones. En primer lugar porque, si seguimos la tradición, Maximiliano no sería un príncipe español ni mexicano. En segundo y tercer lugar, no vendrían virreyes a representar al monarca, porque Maximiliano sería el primer emperador extranjero que vendría a reinar en México. En cuarto y último lugar, no se trataría de una colonización, como había sucedido con España, ni de un hombre que como cualquier otro, caso de Iturbide, se proclamaría emperador. En consecuencia, el Segundo Imperio sería un modelo único de nación en el que habría contradicciones, sí,  pero al mismo tiempo la lógica de una tradición.
Emperador Agustín de Iturbide
Ahora, dentro de la concepción de América española está presente la idea de nacionalidad y es evidente que para este grupo conservador la nacionalidad, que no el modelo de nación, quedó sujeta en gran medida a España, pero a la España Antigua. Así, cuando se hace referencia a un régimen de gobierno republicano-demócrata, se habla de un poder político capaz de disolver una sociedad católica mexicana de raíces hispanas.
Frente a los Estados Unidos el problema radicó en la concepción que se tenía de México, de raíces hispanas y monárquicas. Así, a principios de 1858, la legitimidad política del gobierno mexicano quedó ligado a la recuperación de la sociedad católica, a la recuperación de los hábitos monárquicos o virreinales, a la búsqueda de un modelo político europeo, al establecimiento de la paz bajo la sombra protectora de una intervención, al progreso de la ciencia, al adelantamiento de las artes y de la satisfacción de las necesidades de la vida, tanto como al cumplimiento de las leyes que Dios y la patria imponían.[7] En otras palabras, en el deseo callado y disimulado de establecer un “imperio”, aunque manteniendo la independencia de México.

Admitiendo la incuestionable hipótesis de que hubiese vicios en la ciencia de la antigua organización social de las naciones hispano-americanas, no se podría seguir de aquí en buena lógica que la aplicación exabrupto de una teoría política fuese el más eficaz o el único remedio para corregir sus vicios. El tiempo y la experiencia traen pacíficamente las reformas a las sociedades sin necesidad de conmoverlas violentamente en sus fundamentos, ni mucho menos destruir su organización.[8]

Antes de 1864 el periódico La Sociedad no manifestó abiertamente su preferencia por un sistema de gobierno jerarquizado o aristocrático, en otras palabras, por un sistema de gobierno monárquico.[9] Fue en el transcurrir de los años y más exactamente durante el Segundo Imperio Mexicano, cuando el contenido de los editoriales reveló un sentimiento de regocijo por la monarquía entrante y por el nuevo orden de cosas. Hasta entonces fue manifiesto que durante los distintos gobiernos republicanos no se permitió debatir sobre la monarquía en México.

Llegaba la hora solemne de decidir la suerte del país. Los diversos partidos que anteriormente lo habían dominado, cuidaron siempre de sofocar toda idea favorable a la monarquía: quien se atrevía siquiera a proponer que la cuestión se examinase, incurría en crimen de lesa nación. Llegaba la hora solemne de decidir la suerte del país. Los diversos partidos que anteriormente lo habían dominado, cuidaron siempre de sofocar toda idea favorable a la monarquía: quien se atrevía siquiera a proponer que la cuestión se examinase, incurría en crimen de lesa nación. Y todos esos partidos que afectaban apoyarse en la voluntad nacional y decían derivar de ella el poder que asaltaban, caían en la extraña y maliciosa contradicción de anular esa soberanía del pueblo, encerrándola en un círculo de que no debía salir. Uno solo de nuestros innumerables pronunciamientos propuso la manifestación de la voluntad nacional sin límite ni valladar; creyose ver en esa frase un anuncio de monarquía, y aquella proposición racional y justa provocó tan terrible tempestad, que los autores mismos se vieron obligados a borrarla para lograr el triunfo de su motín. Los partidos todos conocían que la monarquía era la consolidación del orden y de la paz; mal avenidos con ambas cosas, y procurando sobre todo evitar la muerte de las aspiraciones al primer puesto, solo en una cosa marchaban acordes y unidos en medio de sus eternas y encarnizadas luchas; en proscribir por todos los medios posibles, buenos o malos, la idea monárquica. [10]


Dentro de este abogar por la monarquía sin mencionarla se encuentran ciertos términos provenientes del Antiguo Régimen y de la doctrina católica: “interés común”, “bien común”, “privilegios”, “distinciones”, “centro común” y “bienestar común”, entre otros. Este hablar del común y los privilegios fue perdiendo fuerza con la llegada del “individualismo” que ya demandaba el liberalismo de la primera mitad del siglo XIX. Así se entiende como los denominados “privilegios” o fueros heredados de la colonia y de las aprobaciones reales, luchaban por sobrevivir. Y es que en esto lo que se buscaba era el rescate del léxico tradicional utilizado para hacer política.
Cabe mencionar que el Plan de Tacubaya, que desconocía la Constitución de 1857 y que fue proclamado por Félix Zuloaga, representó en algún momento el remedio contra el mal causado por las legislaciones reformistas. Sin embargo para los periodistas de La Sociedad había un hecho... 

que debe mirarse frente a frente y examinarse bien porque lo dice todo: el movimiento de Tacubaya parece estacionado: lo que hubo desde el principio es lo que hay todavía: la línea que corre de México a Veracruz es lo que hay por parte del gobierno: las otras permanecen in statu quo: no lo hemos dicho bien; los Estados del interior protestan contra el centro, reasumen lo que no pueden tener, pero lo que puede causar una verdadera anarquía. ¿Porqué sucede esto? ¿Porqué el orden de cosas caído descansa en la voluntad de la nación? Esto fuera chancearse, y la cosa es demasiado seria para ocuparse en puntos ridículos. [11]

Ante aquella situación, los periodistas bien parecían negar la participación de la voluntad nacional, sin embargo lo que negaban era el principio de participación democrática. Jacqueline Covo, en su libro Las ideas de la Reforma en México, considera que los principios democráticos proclamados por los liberales durante el periodo de reforma, que fundamentalmente fueron heredados de la Revolución Francesa y de la Constitución norteamericana, como la soberanía del pueblo, el sufragio universal y el sistema representativo fundado sobre la libertad y la igualdad, eran, a mediados de siglo XIX, principios exóticos que no se habían aclimatado en México después de treinta años de independencia y de algunas tentativas por implantarlos.[12] Y para el caso del grupo conservador que integraba La Sociedad, la idea de “voluntad nacional”, estaba vinculada con la idea de voluntad divina, como se verá en el último capítulo.
En consecuencia, un medio de impedir la anarquía fue proyectar el establecimiento de una “política franca”, donde estuviera presente la consolidación de un gobierno, la restauración del orden y la justicia y la reincorporación del país en una carrera de esperanza en el porvenir. Esto fundamentalmente implicó la declaración del establecimiento de una monarquía y la exigencia del respeto a los hábitos de las naciones hispanoamericanas.




[1] F. V. Sánchez (Editor responsable), “Reflexiones sobre los gobiernos aplicados a la República”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 12, México, Miércoles 6 de enero de 1858, p. 1.
[2] Ibidem.
[3] Ibidem.
[4] La democracia, para el caso del grupo que integraba La Sociedad, va a representar la anarquía, el desorden, el predominio del pueblo o de las clases bajas sobre el resto de la sociedad.[5] Vera, Francisco (Editor responsable), “El porvenir. ¿Quién penetra en ese inmenso horizonte, en ese abismo sin fondo que se llama el porvenir?”, La Sociedad, Sección Editorial, T. 1, Núm. 35, México, miércoles 3 de febrero de 1858, p. 1.
[6] Ibidem.
[7] F. V. Sánchez (Editor responsable), “La sociedad mexicana”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 183, México, Viernes 2 de julio de 1858, p. 1.
[8] F. V. Sánchez (Editor responsable), “Reflexiones sobre los gobiernos aplicados a la República”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 12, México, Miércoles 6 de enero de 1858, p. 1.
[9] Sobre este abogar es importante señalar que, para este grupo conservador, uno de los abusos de los demagogos había sido, entre otras cosas, eternizar el imperio de la ley y acabar con las “distinciones y privilegios” adquiridos a lo largo de los años. Aquellas “distinciones”, que remiten al Antiguo Régimen, tenían relación con las libertades o privilegios reales. De este modo, cuando los liberales pretendieron terminar con aquellas situaciones, fueron apreciados por los conservadores como tiranos del poder, al pretender terminar con un pasado aún presente, ver: F. V. Sánchez (Editor responsable), “La sociedad mexicana”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 183, México, Viernes 2 de julio de 1858, p. 1.
[10] F. Escalante, (Autor editorial), “El Imperio”, La Sociedad, Sección Editorial, T. III, Núm. 359, México, Martes 14 de junio de 1864, pp. 1 y 2.
[11] F. V. Sánchez (Editor responsable), “Consideraciones sobre la situación. (Artículo 2°). Primera exigencia de ella”, La Sociedad, Sección Editorial, T. 1, Núm. 4, México, Martes 29 de diciembre de 1857, p. 1.
[12] Covo, Jacqueline. Las ideas de la Reforma en México (1855-1861), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1983, p. 113.

domingo, 18 de noviembre de 2012

¿Es posible crear una perfecta sociedad?


Saint-Simon y su concepción de la perfecta sociedad 

Alejandra López Camacho


El desarrollo de las ciencias orientadas al conocimiento de lo humano y de las estructuras sociales ha pasado por distintas etapas a lo largo de la historia. Durante los siglos XVIII y XIX, las teorías generales de Claude-Henri de Rouvroy, Conde de Saint-Simon, acerca del estudio de las organizaciones sociales, se presentaron en la Francia posrevolucionaria como una etapa del conocimiento de lo humano enfocado al propósito de encontrar leyes que vaticinaran el futuro de las sociedades. Saint-Simon, el aristócrata arruinado, el oficial de la guerra americana, el especulador de propiedades inmobiliarias y el periodista, fue un escritor y pensador que incitado por los avances científicos y los avatares de las revoluciones, americana y francesa, pretendió comprender el desarrollo de las sociedades y establecer reglas que la organizaran. Pero si bien existió una preocupación por reorganizar las sociedades transformadas por las revoluciones, también existió el objetivo de estudiar la Historia de las civilizaciones con la finalidad de establecer tablas del comportamiento político, económico y social y leyes que pronosticaran el futuro.
Saint-Simon
Este personaje que inició sus escritos a los 43 años, debido a que no tuvo una verdadera formación académica anterior, se valió de su experiencia, y de sus estudios de fisiología, sicología e historia para observar y estudiar los problemas que las sociedades posrevolucionarias atravesaban. Así llegó a advirtir ciertos desordenes sociales arrastrados a través de los años como la presencia de ciertos grupos sociales, en específico, la nobleza, el clero, la milicia y los legisladores, que sin desarrollar ningún trabajo productivo, vivían a costa de otros que si producían  como los agricultores, artesanos y negociantes. Saint-Simon también reparó en los avances científicos obtenidos por las culturas y a su vez en la necesidad del trabajo en grupo y en la relación entre los niveles de conocimiento, religión y estructura social. Con lo cual llegó a afirmar que “los momentos más felices de la especie humana han sido aquellos en los cuales “el poder espiritual y el temporal se equilibraban mejor”” (Gurvitch 54).
De lo anterior se desprende que para Saint-Simon, el principio rector del progreso social lo constituía el esfuerzo humano colectivo, de ahí que considerara a la sociedad como un ser que sólo en conjunto y en unidad, podría funcionar como una verdadera máquina organizada. Razón demás para proponer la unidad de las ciencias, porque finalmente éstas provenían del esfuerzo humano colectivo, tanto espiritual como material, es decir, de los avances en el conocimiento como en la producción, lo que en último término llevaría a las sociedades a un estado positivo o de actividad.  No obstante, salta a la vista que para este hombre, la unidad de las ciencias naturales y humanas equivalía a decir que los hombres en sociedad podrían estudiarse de acuerdo a la aplicación de ciertas leyes de comportamiento ligado a la necesidad de destruir los gobiernos encabezados por los legisladores, quienes en definitiva habían llevado a las sociedades al desorden.  
En 1803, cuando publicó su obra Letters d’ un habitant de Genéve á ses contemporains, Saint-Simon se propuso “reorganizar la sociedad sobre bases científicas”, ahí llegó a especificar que la sociedad debía “...estar gobernada por científicos y artistas...” (Saint-Simon 15). Los primeros procurarían el bienestar material y los segundos el desarrollo mental. Para Saint-Simon, el avance de la actividad científica dependía de dos premisas: de la condición experimental aplicable al desarrollo de la actividad social y del establecimiento de leyes sobre la misma sociedad. De ahí su particular interés por el conocimiento de la historia, “...el estudio de la historia conduce, a mi modo de ver, a la convicción de que todos los acontecimientos importantes tienden hacia la misma meta -la civilización de la humanidad-” (Ionescu 24).
A ojos saintsimonianos cabría plantear si lo antes expuesto equivalía a decir que existía la posibilidad de establecer tablas de comportamiento social que entrañaran respuestas a las acciones humanas a través del tiempo y en las cuales la observación de las conductas pasadas fueran sustanciales para el establecimiento de datos estadísticos. De ser así, ¿hasta dónde Saint-Simon percibió que las sociedades americanas y europeas tendrían patrones de comportamiento similares? Y ¿hasta dónde existió en Saint-Simon una preocupación por el estudio de la naturaleza de las sociedades donde intervienen la intencionalidad de los hombres que pueden alterar el curso de la historia? ¿Fueron las teorías de Saint-Simon la inspiración del modelo deductivo-nomológico de Carl Hempel?  
Después de la Revolución Francesa, las corrientes posrevolucionarias del pensamiento francés, giraron en torno de una rehabilitación intelectual y social. En aquel momento se pretendieron establecer leyes del movimiento de la civilización, así como Isaac Newton había instituido los principios de la física “...era newtoniano todo lo que trata de sistema de leyes...” (Ilya y Stenger 32) Saint-Simon fue uno de los tres pensadores que dijeron haber encontrado las leyes del desarrollo social con el propósito de remodelar la sociedad sobre principios científicos generales. Los otros dos pensadores que dijeron haber encontrado las leyes del desarrollo social fueron: Charles Fourier, en cuya ley de Atracción Pasional planteaba que las pasiones humanas habían sido causa de las desgracias y por lo tanto había que convertirlas en fuente de felicidad y, A. Comte, quien estableció la ley de los tres estadios, estadio teológico, metafísico y positivo o científico. (Bury 252-263)
Ahora, ¿cuáles eran esas leyes del desarrollo? Pues nada menos que una especie de modelo deductivo-nomológico. Es decir, que en base a las vivencias pasadas y situaciones presentes ocurridas, se asumiría que acontecería un determinado futuro.
“Sí ... entonces”
No obstante, si algo destaca en este modelo es que estuvo pensada en función de una sociedad gobernada por industriales y científicos, esto nos dice que no se trataba de cualquier tipo de sociedad. 
La ley propuesta por el Conde, que además respondía a lo promovido por Napoleón sobre el balance del progreso de la ciencia desde 1789, consideraba dos épocas en la historia: “las épocas críticas (necesarias para eliminar las “fosilizaciones” sociales) y las épocas orgánicas” o de construcción. (Ferrater 2915) Saint-Simon vio en la historia los factores determinantes para la comprensión de las sociedades y sus cambios con el paso del tiempo. La historia estaba considerada en función del desarrollo industrial y la industria no era sino producción, por lo tanto, todo cambio social implicaría un cambio en los sistemas de propiedad.
A juicio de Saint-Simon, la sociedad y en específico el hombre debía tener la capacidad de dominar la naturaleza y una vez dominada, llegar a un estado positivo, entendiendo lo positivo como el estado activo, inmanente y autónomo. (Gurvitch 39) En otras palabras, lo que este hombre pretendía era observar como las sociedades se habían comportado en el pasado, para luego comparar su comportamiento presente ante los fenómenos que ocurrían y sobre esas observaciones elaborar un estudio de las sociedades en acción. Es decir, Saint-Simon estaba buscando una ciencia enfocada a la sociedad activa, buscaba una sociología que pudiera establecer parámetros de comportamiento de los hombres en sociedad, todo con la finalidad de vaticinar el futuro, donde entre otras cosas intervenía el factor económico.
Debido a que la revolución industrial y la revolución política de 1789 trastornaron el sistema institucional existente en la sociedad europea, Saint-Simon se enfrentó a las crisis que atravesaba la sociedad y con ello a la dificultad de llevar a cabo una reorganización social. Básicamente durante este período los hombres pasaron por una metamorfosis política, social y técnica como resultado de las distintas etapas transcurridas, desde formas de vida feudal, hasta las revoluciones políticas y luego las sociedades industriales. Las instituciones anteriores a la Revolución, resultaban anticuadas y destructivas porque no promovían el crecimiento industrial, de ahí la necesidad por hacer una reestructuración social que promoviera el desarrollo humano bajo una ley común, una ley universal, la de la demostración y predicción y que por supuesto privilegiaba a la administración de las cosas más que el gobierno de los hombres.
Si reparamos en esa observación saintsimoniana nos daremos cuenta que esta forma de pensar no estuvo muy lejos de la política mexicana del siglo XIX y en especial del gobierno de Porfirio Díaz, cuando la corriente positivista hizo acto de presencia y cuando se aseveraba que en México era más conveniente la administración que la política.
El modelo político de la nueva sociedad industrial de Saint-Simon, estaría basado en la industria y sobre todo en los industriales o productores o gente trabajadora, quienes ocuparían el primer lugar dentro del rango funcional. Ellos se encargarían de dirigir la fortuna pública, además de ser los sustitutos del gobierno de los hombres. A juicio de Saint-Simon, eran industriales los agricultores, herreros, carreteros, cerrajeros, fabricantes de calzado, etc., y eran zánganos o inútiles la nobleza, los militares, el clero y la gente no trabajadora. (Droz 340) Esta clase industrial sería finalmente la que asumiría el poder político y la que trabajaría por la prosperidad general, mientras que los sabios o los estudiosos asumirían el poder espiritual o el de la demostración.

...porque en una sociedad ilustrada la fuerza de las leyes y la de los militares para hacer obedecer la ley no deben ser empleadas mas que contra aquellos que pretendiesen trastornar la administración. (Saint-Simon  86)

Los siguientes niveles de acuerdo a las tres Cámaras políticas previstas eran: Cámara de invención, integrada por ingenieros, poetas, escritores y artistas encargados de los proyectos de trabajo anuales y las fiestas públicas; Cámara de examen, formada por los fisiólogos, físicos y matemáticos; Cámara de ejecución, integrada por los dirigentes de las empresas industriales, agrícolas y bancarias. Las clases inferiores estarían a disposición de los industriales. A lo cual, surge la pregunta, ¿fue bajo esta visión de la sociedad que Aldous Huxley se inspiró para escribir su novela, Mundo feliz, donde se describe una sociedad perfectamente planeada al grado de convertirse en una sociedad monótona e insensible?
Tal modelo de sociedad moderna elevaría a posiciones de autoridad a los expertos profesionales, en otras palabras a los que disponían de riqueza y que más adelante se identificarían como capitalistas. Saint-Simon previó una sociedad futura con clases, en la que supuso una estratificación social. Pero si algo es importante, es que Saint-Simon realizó sus teorías a partir del estudio de la historia de las civilizaciones, es decir de la observación de los diversos estados por los cuales habían pasado los hombres, las ciencias y las metodologías de éstas y en función de ello Saint-Simon pronosticó que lo conveniente para las sociedades era priorizar la industria. Para este hombre, la historia de las civilizaciones era la historia de la vida de la especie humana, situación que llegó a comparar con la fisiología de las civilizaciones en sus distintas edades. (Gurvitch  44)
Ahora, porque es relevante la visión saintsimoniana de la sociedad y de la historia, principalmente porque es precursor del capitalismo, del conocimiento positivista y de la cientificidad de las ciencias, será la inspiración de Carl Marx y de August Comte. Será también uno de los que precisen el estudio de las sociedades del siglo XIX a partir de una división de clases y uno de los que inicien el estudio de las sociedades en acción, esto es, la sociología.
Para Saint-Simon, el industrialismo sería causa de la armonía entre las clases bajo la concepción general del bien social. En esa sociedad, todos los hombres ocuparían una posición en la clase productora y en esa sociedad a su vez no cabría la miseria, la desocupación, ni la violencia, así lo demostró en el Catecismo político de los industriales (1823-1824).

...y cuando se obtenga este resultado, la tranquilidad quedará completamente asegurada, la prosperidad pública avanzar con toda la rapidez posible, y la sociedad disfrutar de toda la felicidad individual y colectiva a la que la naturaleza humana pueda aspirar. (Gurvitch  84)

Saint-Simon se proclamó ateo y materialista, razón para no involucrar en las ciencias físicas y en la ciencia de la producción o verdadera política, la idea de Dios. Esa política resultaría sagrada y se inculcaría en los hombres desde su infancia como un nuevo cristianismo. La nueva religión o nueva ciencia elaborada por el Conde, se encargaría de dirigir a la sociedad hacia un objetivo: mejorar la situación de los más desprovistos, organizar a la sociedad, asegurar el trabajo y desarrollar la inteligencia. Bajo tales fundamentos creó su obra El nuevo cristianismo (1824), donde sostuvo como único principio básico del cristianismo, la hermandad entre los hombres.
En esta nueva religión los hombres serían guiados por los pensadores más sabios de la sociedad, los científicos y los artistas y no por teólogos. Ellos se encargarían de formular y difundir las creencias importantes y de aprovechar los avances científicos e industriales en beneficio de la sociedad moderna. El nuevo cristianismo saintsimoniano, tomaba en cuenta tres grandes aspectos de la actividad social: en primer término la religión o la moral (la política), en segundo la teología o la ciencia (los avances en el saber humano) y en tercero el culto o la industria (rectora de la sociedad por su capacidad de acción). (Droz  348)
Quedaba establecido entonces que el modelo social del Conde de Saint-Simon se basaba en los progresos industriales porque sólo a través del trabajo productivo se accedería a la felicidad común. Por otra parte, los avances en el saber humano o los avances científicos servirían de mejora en la calidad de vida de todos los hombres. El pasado, dentro de la organización social quedaría como experiencia; el presente, de aplicación de los conocimientos adquiridos, de transición y el futuro serviría a las generaciones industriales posteriores de mejora en la administración de la riqueza pública. De esta forma parecía que para Saint-Simon lo único que contaría en las sociedades futuras sería aquello que aprobara las leyes del comportamiento humano basado en modelos industriales y a su vez, aquello de lo cual se estuviera absolutamente seguro acontecería.
Ahora, puede verse que si algo fallaba dentro del modelo propuesto por el Conde es seguro que no se incluiría como un comportamiento científico. Es decir, el conocimiento de lo humano se explicaría a partir de leyes científicas y sólo a través de ellas se progresaría en las civilizaciones futuras. Sin embargo, ¿qué pasaría con esa clase de hombres o de ociosos que se dedicaban a legislar y a predicar las religiones?, ¿en dónde tendrían cabida? Y, ¿en esa nueva sociedad no se formaría acaso una lucha entre dominados y dominadores?
Años después de su muerte en 1825, los seguidores de Saint-Simon retomaron sus ideas y formaron la Escuela de Saint-Simon o saintsimoniana, vieron en el Nuevo Cristianismo el testamento de su maestro. El saintimonismo fue presentado como una filosofía, una ciencia y una nueva religión, cuya misión era unir al mundo mediante el trabajo; deber y función de cada hombre. Tras convertirse la Escuela en Iglesia, sus tres seguidores: Olinde Rodriguez (1796-1864), Saint-Amand Bazard (1791-1832) y Prosper Enfatin (1796-1864), intentaron llevar a cabo el modelo social, pero ésta no prosperó.
Aunque en este trabajo únicamente se hace mención del saintsimonismo, es necesario aclarar que los integrantes de estas sectas atacaron “la propiedad (la herencia), de defender el amor libre (rechazan el matrimonio cristiano y algunos de ellos eran partidarios de uniones que terminasen a voluntad) y de ser conspiradores políticos inclinados a derrocar el gobierno”. (Cole 61) Problemas que estuvieron presentes a lo largo del siglo XIX no solamente en Europa sino también en otros países como México.

Para concluir

Saint-Simon nunca propuso un anarquismo, fascismo, comunismo, ni socialismo. Su obra no es considerada una ciencia sociológica o política. El Conde de Saint-Simon propuso un modelo y unas leyes, pero no realizó un análisis científico y una investigación empírica debido a que no podía practicar y experimentar aquel modelo de sociedad todavía no formado. Lo que guarda mayor importancia es que proyectó un modelo político de sociedad futura y que tras de él se formularon una serie de ideologías y teorías propuestas por otros pensadores que retomaron ideas del sistema saintsimoniano, al igual que Saint-Simon retomó de otros.
Fue del interés de Saint-Simon la aplicación de sus conocimientos a determinadas ciencias como la fisiología, para la organización de la sociedad. Y así como esta ciencia se dedica al estudio de las funciones de cada uno de los órganos de los seres vivos, así también se pretendía estudiar cada parte de la sociedad. El propósito de Saint-Simon fue desarrollar una ciencia de la humanidad mediante el análisis de la relación de la sociedad y el sistema industrial, pretendió además comprender su realidad moderna y futura transformada bajo este sistema.
Para interpretar la obra en general de Saint-Simon es necesario conocer el momento histórico en el que fue escrita. El siglo XIX fue una época orgánica, de transición, de cambios. Y necesario fue en Saint-Simon moldear ese período bajo condiciones científicas, pero sobre la experiencia anterior. El desarrollo de la sociedad durante el siglo XIX, debió marchar a la par de los descubrimientos científicos, de ahí que mejorar la calidad de vida de los hombres, expandir el intelecto y buscar siempre la felicidad común a través del buen funcionamiento de la sociedad, fue una de las premisas de Saint-Simon.


 MODELO POLÍTICO DE LA NUEVA
SOCIEDAD INDUSTRIAL DE SAINT-SIMON

INDUSTRIALES
--------------
Rectores de la sociedad, por su capacidad de acción
y sustitutos del gobierno de los hombres


Cámara de invención
---------------------
Ingenieros  -  Poetas  -  Escritores  -  Artistas
encargados de los proyectos anuales de los grandes
trabajos y las grandes fiestas públicas


Cámara de examen
-------------------
Fisiólogos  -  Físicos  -  Matemáticos
encargados del desarrollo científico y saber humano


Cámara de ejecución
----------------------
Dirigentes de empresas industriales, agrícolas y bancarias
encargados de asegurar los planes aprobados
por las otras dos Cámaras


Clases inferiores
--------------------
Proletariados
trabajan a disposición de los industriales


Clase no productiva, los parásitos
------------------------------------
Militares  -  Juristas  -  Propietarios Privados  -  Nobleza

     Esta organización social estaría sometida a:
a) La ley común o ley universal de épocas críticas y épocas orgánicas.
b) La nueva religión que tendría por objeto formular y difundir creencias importantes para una sociedad capaz de aprovechar las fuerzas de la ciencia y la industria.


Bibliografía

Bury, John L. La idea de progreso, Madrid, Alianza Editorial, 1971 (1ª ed.1932).

Cole, G.D.H. Historia del pensamiento socialista. Los precursores 1789-1850. México, Fondo de Cultura Económica, 1975, pp.44-68.

Droz, Jacques (Dir.). Historia general del socialismo. Vol. 1, De los orígenes a 1875, Barcelona, Ediciones Destino, 1976, pp.337-350.

The New Encyclopaedia Britannica v.10, U.S.A., Encyclopaedia Britannica, 1994.

Enciclopedia Hispánica, Estados Unidos de América, Encyclopaedia Británica Publishers, 1995.

Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana T. LII, Bilbao, Espasa-Calpe.

Ferrater Mora, José. Diccionario de filosofía T. 4, España, Alianza Editorial, 1981.

Gurvitch Georges. Los fundadores franceses de la sociología contemporánea: Saint-Simon y
Proudhon, Argentina, Nueva Visión, 1970.

Hurtado Bautista, Mariano Prólogo, en, Saint-Simon, Catecismo político de los industriales,
             Traducción de Luis David de los Arcos, Argentina, Ed. Aguilar, 1964.

Ilya Prigogine e Isabelle Stenger. “El proyecto de la Ciencia Moderna”. La nueva alianza.
             Metamorfosis de la ciencia, España, Alianza Editorial, 1993, pp. 30-59.

Ionescu, Ghita. El pensamiento político de Saint-Simon, México, Fondo de Cultura Económica, 983.

Miller, David (Dir.). Enciclopedia del pensamiento político, Versión española de Ma. Teresa 
Casado Rodríguez, España, Alianza Editorial.

Saint-Simon. Catecismo político de los industriales, Prólogo de Mariano Hurtado Bautista,
             Traducción de Luis David de los Arcos, Argentina, Ed. Aguilar, 1964.

The New Encyclopaedia Britannica, V.10, U.S.A., Encyclopaedia Britannica, 1994, pp.334-335.