Biombo de una fiesta en un jardín, Ciudad de México 1700

Biombo de una fiesta en un jardín, Ciudad de México 1700
Biombo de una fiesta en un jardín, Ciudad de México 1700

lunes, 4 de febrero de 2013

UNA ANTIGUA INSTITUCIÓN, LA MONARQUÍA Y EL MODELO DE NACIÓN PARA MÉXICO (1857-1867)


 

 Dra. Alejandra López Camacho


Si bien la historia política de México durante el siglo XIX está definida por las varias intervenciones extranjeras, por los distintos textos constitucionales que se elaboraron, por los constantes cambios de presidentes y por las diversas divisiones y pérdidas territoriales, a esto se unen los debates en torno a los modelos políticos de nación para México y con esto las diversas formas de gobierno que existieron. En esta ocasión, hemos de enfocarnos en un modelo político de nación y en una de las varias facciones que concurrieron a lo largo del siglo XIX. Cabe apuntar que dentro de este modelo de nación estuvieron presentes las tierras de occidente de raza latina y creencias católicas y las tierras norteamericanas de raza anglosajona y creencias protestantes, es decir, entre los territorios gobernados por una monarquía y los que se gobernaban por una República. 
Nos referimos así al modelo de nación que constituyeron los sistemas políticos europeos, en específico a la monarquía francesa y a la monarquía española y en conjunto con esto la posición del periódico La Sociedad de la ciudad de México, una de varias publicaciones que apoyaron la instalación del Segundo Imperio Mexicano durante los años de 1864 a 1867. El objetivo es mostrar la importancia que adquirió para este grupo conservador la existencia de una monarquía en México, a la par de exponer que el establecimiento de esta institución llegó a ser fundamental para la construcción de la legitimidad política de México.
Tenemos entonces que frente a este grupo conservador,  los Estados Unidos fueron rechazados por ser contrarios a la religión católica y a los hábitos monárquicos o virreinales de las naciones hispanoamericanas. Es importante distinguir que si bien los Estados Unidos no constituyeron un prototipo de nación durante los años de 1857 a 1867, esto no implicó un desconocimiento de su riqueza pública y su “material engrandecimiento”. Por el contrario, se advertían sus beneficios y se adjudican a varias causas: a la inmigración europea, a la libertad de que gozaba cada Estado respecto del centro, a las garantías individuales que ofrecía la ley y sobre todo a su Constitución que fijaba las condiciones políticas y los derechos como Estados independientes.
Para los periodistas impresores de La Sociedad como José María Andrade y Felipe Escalante, era un hecho que si los Estados Unidos habían alcanzado tal grado de abundancia e inmigración europea, que finalmente constituía mano de obra, esto se debía a la paz que existía en esa república. Paz inexistente en México, donde se sacrificaba la paz en aras de las teorías políticas y no las teorías políticas en aras de la paz practicada en los pueblos civilizados.[1] Sin embargo, a pesar de reconocer que los Estados Unidos se preocupaban por la propiedad y la riqueza, así como por la paz y las leyes que ofrecían garantías a los ciudadanos, también advertían el lado opuesto de la moneda.

...es indudable que las repúblicas democráticas son tanto más peligrosas y están tanto más expuestas, cuanto es mayor en ellas el predominio de la democracia o del pueblo. No se prueba esta aserción con nuestro único testimonio; se prueba también con la experiencia y con el testimonio de todas las repúblicas pasadas y presentes. Ahí está la Francia, ahí está la Inglaterra de Cromwell, ahí están la mayoría de todas las repúblicas modernas que existen o existieron, para certificar la barbarie de los representantes del pueblo a este se le dice: “¡Impera!” –La república anglo-americana, cuya decantada felicidad y cuya abundancia se han hecho  tan célebres, no se sostiene a pesar de todos sus favorables antecedentes, sino a fuerza de las perpetuas luchas. Todos los años se desbordan de los Estados del interior muchedumbre de familias acosadas por el hambre, que van a Nueva-York a pedir trabajo a las fábricas o talleres. Pocas familias logran su fin; y en 1857 se han visto en la metrópoli de los Estados-Unidos del Norte, cien mil hombres hambrientos y sin trabajo. Recientemente, algún Estado de aquella tierra tan celebrada, ha levantado el estandarte de la rebelión contra el gobierno general... ¡Meditad bien sobre esto![2]
  
En cambio las naciones europeas sí representaban el modelo de civilización indicado para las naciones hispanoamericanas. Sea por la legitimidad que les otorgaban sus raíces latinas, por el sistema de creencias transmitido por España, por las bases monárquicas y por todos los “hábitos y régimen sociales, religiosos y políticos, de la nación, posteriores y hasta cierto punto anteriores a la conquista.”[3] Es importante señalar que a ojos conservadores, el término “república” involucraba la democracia, la soberanía popular, la existencia de una Constitución y la presencia del federalismo.[4] Sin embargo, en el transcurso del año de 1858, los periodistas, aunque parezca contradictorio, defendieron un régimen republicano, pero ligado a la Providencia y no a la democracia, ni a la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma.

Pero ¿qué es hoy la República en las manos del gobierno actual? Es un cadáver despedazado con la  espada de las facciones. Es preciso resucitarle como a Lázaro a la voz de Jesucristo, y sólo está reservado este poder a la Omnipotencia; pero la Omnipotencia velará sobre la situación presente; la Omnipotencia será el escudo y el amparo de la justicia cuyo trono se pretende restablecer; la Omnipotencia, para quien no hay imposibles en el universo, suele prestar algo de su fuerza soberana a las criaturas que se levantan con la razón al gobierno de las naciones.[5]

Esta visión de los modelos de nación para México responde a dos planteamientos. El primero tiene relación con lo que identifican como “América española”, de raíces hispanas y católicas y la interpretación de “América del norte”, de raíces inglesas y con diversidad de sectas religiosas y de razas. El segundo responde a la visión retenida de los enemigos de la “regeneración futura de la sociedad”, que no solo fueron los demagogos, sino todos aquellos que se opusieran al establecimiento de un sistema de gobierno muy semejante al de Francia y España, es decir, los que apoyaban el establecimiento de un modelo europeo de nación. Y en esto interviene la existencia de una sociedad y la sigilosa demanda de una monarquía, que además de ser un sueño y un proyecto en el porvenir, era una medida para aliviar los males de México. Así, discutir sobre los modelos de nación, plantear a los lectores los beneficios de imitar un modelo europeo, debatir sobre la importancia de la historia como ejemplo para el porvenir, claramente refleja un mecanismo para exigir, sin exigir, el establecimiento de una monarquía en México. La monarquía había existido en el pasado, era parte de la historia y del presente, era sinónimo de orden, de justicia y de equilibrio de las leyes, elementos insuficientes del régimen republicano federal.
De este modo, las palabras “América española”, utilizadas para hacer referencia al pasado, forman parte de una asociación de América con la corona española, con una cultura monárquica, católica y de habla hispana, con una época virreinal, con una estratificación social, con un orden político jerarquizado, con un poder aceptado por tradición y por herencia y que en definitiva representa a una comunidad. No obstante, para 1858 los periodistas de La Sociedad consideraban que México era un territorio con una sociedad católica en peligro de extinción y con hábitos que rememoraban el pasado anterior a los ensayos republicanos.
Así llega a plantarse lo siguiente, lo que inquietaba a los conservadores que integraban La Sociedad, ¿era llegar a un estado de anarquía?, ¿a cambios violentos?, ¿a una república?, ¿al restablecimiento de la Constitución de 1857?, ¿a la tolerancia de cultos?, ¿a la separación de los poderes?, ¿a la política de los Estados Unidos? O, ¿era únicamente a la pérdida de sus privilegios? Aunque todos estos elementos están presentes, podríamos responder que en realidad lo que objetaban era la radicalidad en los cambios. Porque, aunque parezca contradictorio, acaso el Imperio francés ¿era de tendencia política conservadora?, ¿acaso se desconocía que Napoleón III era el sobrino de un hombre que como Iturbide se había proclamado emperador sin tener rango real? Así podríamos decir que los cambios se aceptaban y que si bien se estaba promoviendo un modelo de nación, finalmente lo que en México se proyectaba establecer era un modelo único de nación, ni república ni monarquía tradicional. Sin embargo los periodistas tendrían el objetivo de insistir en que...

Las naciones hispano-americanas, no obstante sus hábitos monárquicos o virreinales y su religión católica, cometen el lastimoso error de tomar por modelo a una nación excepcional del Norte, y siguen fascinadas a su presencia. En vez de imitar en política el ejemplo de los pueblos de donde toman su origen, de los pueblos europeos del mediodía, imitan el de una república cuya existencia moral es altamente sospechosa y equívoca, y cuya civilización no es la verdadera civilización cristiana. Las naciones de Europa son las que representan en cierto modo la civilización, y las que comunican a todos los pueblos que quieren recibirla. [6]

Emperador Maximiliano
            Aunque muchas preguntas y respuestas sobre el actuar de los conservadores respecto de su posición frente a Napoleón III y a Maximiliano, puedan parecer contradictorias, la realidad es que en este periodo se observa una considerable falta de comunicación. En este periodo, el intercambio de noticias con las tierras de occidente era muy lento, básicamente se dependía del traslado de información a través de barcos, así que quienes iban y venían sólo conocían aspectos de la política de Napoleón III y aspectos del comportamiento político de Maximiliano, así como aspectos de la vida política mexicana. De ahí que muy probablemente muchas cosas se desconocían, con esto no queremos decir que los conservadores que invitaron a Maximiliano a ocupar el trono mexicano fueran ingenuos, sino que pertenecían a una generación que retenía la imagen de un pasado mejor. Hemos de hablar de periodistas, políticos y miembros del clero que promediaban los cuarenta años en 1857 y que el pasado monárquico que pesaba sobre sus hombros respondía quizá a una tradición familiar. De ahí que quizá era más fuerte su deseo por instaurar un tipo de gobierno monárquico por tradición, que reparar en el tipo de gobierno que ya se veía venir. 
            Por otra parte, es indudable que el establecimiento del Imperio traería consigo cambios y que la monarquía sería un modelo único de nación por varias razones. En primer lugar porque, si seguimos la tradición, Maximiliano no sería un príncipe español ni mexicano. En segundo y tercer lugar, no vendrían virreyes a representar al monarca, porque Maximiliano sería el primer emperador extranjero que vendría a reinar en México. En cuarto y último lugar, no se trataría de una colonización, como había sucedido con España, ni de un hombre que como cualquier otro, caso de Iturbide, se proclamaría emperador. En consecuencia, el Segundo Imperio sería un modelo único de nación en el que habría contradicciones, sí,  pero al mismo tiempo la lógica de una tradición.
Emperador Agustín de Iturbide
Ahora, dentro de la concepción de América española está presente la idea de nacionalidad y es evidente que para este grupo conservador la nacionalidad, que no el modelo de nación, quedó sujeta en gran medida a España, pero a la España Antigua. Así, cuando se hace referencia a un régimen de gobierno republicano-demócrata, se habla de un poder político capaz de disolver una sociedad católica mexicana de raíces hispanas.
Frente a los Estados Unidos el problema radicó en la concepción que se tenía de México, de raíces hispanas y monárquicas. Así, a principios de 1858, la legitimidad política del gobierno mexicano quedó ligado a la recuperación de la sociedad católica, a la recuperación de los hábitos monárquicos o virreinales, a la búsqueda de un modelo político europeo, al establecimiento de la paz bajo la sombra protectora de una intervención, al progreso de la ciencia, al adelantamiento de las artes y de la satisfacción de las necesidades de la vida, tanto como al cumplimiento de las leyes que Dios y la patria imponían.[7] En otras palabras, en el deseo callado y disimulado de establecer un “imperio”, aunque manteniendo la independencia de México.

Admitiendo la incuestionable hipótesis de que hubiese vicios en la ciencia de la antigua organización social de las naciones hispano-americanas, no se podría seguir de aquí en buena lógica que la aplicación exabrupto de una teoría política fuese el más eficaz o el único remedio para corregir sus vicios. El tiempo y la experiencia traen pacíficamente las reformas a las sociedades sin necesidad de conmoverlas violentamente en sus fundamentos, ni mucho menos destruir su organización.[8]

Antes de 1864 el periódico La Sociedad no manifestó abiertamente su preferencia por un sistema de gobierno jerarquizado o aristocrático, en otras palabras, por un sistema de gobierno monárquico.[9] Fue en el transcurrir de los años y más exactamente durante el Segundo Imperio Mexicano, cuando el contenido de los editoriales reveló un sentimiento de regocijo por la monarquía entrante y por el nuevo orden de cosas. Hasta entonces fue manifiesto que durante los distintos gobiernos republicanos no se permitió debatir sobre la monarquía en México.

Llegaba la hora solemne de decidir la suerte del país. Los diversos partidos que anteriormente lo habían dominado, cuidaron siempre de sofocar toda idea favorable a la monarquía: quien se atrevía siquiera a proponer que la cuestión se examinase, incurría en crimen de lesa nación. Llegaba la hora solemne de decidir la suerte del país. Los diversos partidos que anteriormente lo habían dominado, cuidaron siempre de sofocar toda idea favorable a la monarquía: quien se atrevía siquiera a proponer que la cuestión se examinase, incurría en crimen de lesa nación. Y todos esos partidos que afectaban apoyarse en la voluntad nacional y decían derivar de ella el poder que asaltaban, caían en la extraña y maliciosa contradicción de anular esa soberanía del pueblo, encerrándola en un círculo de que no debía salir. Uno solo de nuestros innumerables pronunciamientos propuso la manifestación de la voluntad nacional sin límite ni valladar; creyose ver en esa frase un anuncio de monarquía, y aquella proposición racional y justa provocó tan terrible tempestad, que los autores mismos se vieron obligados a borrarla para lograr el triunfo de su motín. Los partidos todos conocían que la monarquía era la consolidación del orden y de la paz; mal avenidos con ambas cosas, y procurando sobre todo evitar la muerte de las aspiraciones al primer puesto, solo en una cosa marchaban acordes y unidos en medio de sus eternas y encarnizadas luchas; en proscribir por todos los medios posibles, buenos o malos, la idea monárquica. [10]


Dentro de este abogar por la monarquía sin mencionarla se encuentran ciertos términos provenientes del Antiguo Régimen y de la doctrina católica: “interés común”, “bien común”, “privilegios”, “distinciones”, “centro común” y “bienestar común”, entre otros. Este hablar del común y los privilegios fue perdiendo fuerza con la llegada del “individualismo” que ya demandaba el liberalismo de la primera mitad del siglo XIX. Así se entiende como los denominados “privilegios” o fueros heredados de la colonia y de las aprobaciones reales, luchaban por sobrevivir. Y es que en esto lo que se buscaba era el rescate del léxico tradicional utilizado para hacer política.
Cabe mencionar que el Plan de Tacubaya, que desconocía la Constitución de 1857 y que fue proclamado por Félix Zuloaga, representó en algún momento el remedio contra el mal causado por las legislaciones reformistas. Sin embargo para los periodistas de La Sociedad había un hecho... 

que debe mirarse frente a frente y examinarse bien porque lo dice todo: el movimiento de Tacubaya parece estacionado: lo que hubo desde el principio es lo que hay todavía: la línea que corre de México a Veracruz es lo que hay por parte del gobierno: las otras permanecen in statu quo: no lo hemos dicho bien; los Estados del interior protestan contra el centro, reasumen lo que no pueden tener, pero lo que puede causar una verdadera anarquía. ¿Porqué sucede esto? ¿Porqué el orden de cosas caído descansa en la voluntad de la nación? Esto fuera chancearse, y la cosa es demasiado seria para ocuparse en puntos ridículos. [11]

Ante aquella situación, los periodistas bien parecían negar la participación de la voluntad nacional, sin embargo lo que negaban era el principio de participación democrática. Jacqueline Covo, en su libro Las ideas de la Reforma en México, considera que los principios democráticos proclamados por los liberales durante el periodo de reforma, que fundamentalmente fueron heredados de la Revolución Francesa y de la Constitución norteamericana, como la soberanía del pueblo, el sufragio universal y el sistema representativo fundado sobre la libertad y la igualdad, eran, a mediados de siglo XIX, principios exóticos que no se habían aclimatado en México después de treinta años de independencia y de algunas tentativas por implantarlos.[12] Y para el caso del grupo conservador que integraba La Sociedad, la idea de “voluntad nacional”, estaba vinculada con la idea de voluntad divina, como se verá en el último capítulo.
En consecuencia, un medio de impedir la anarquía fue proyectar el establecimiento de una “política franca”, donde estuviera presente la consolidación de un gobierno, la restauración del orden y la justicia y la reincorporación del país en una carrera de esperanza en el porvenir. Esto fundamentalmente implicó la declaración del establecimiento de una monarquía y la exigencia del respeto a los hábitos de las naciones hispanoamericanas.




[1] F. V. Sánchez (Editor responsable), “Reflexiones sobre los gobiernos aplicados a la República”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 12, México, Miércoles 6 de enero de 1858, p. 1.
[2] Ibidem.
[3] Ibidem.
[4] La democracia, para el caso del grupo que integraba La Sociedad, va a representar la anarquía, el desorden, el predominio del pueblo o de las clases bajas sobre el resto de la sociedad.[5] Vera, Francisco (Editor responsable), “El porvenir. ¿Quién penetra en ese inmenso horizonte, en ese abismo sin fondo que se llama el porvenir?”, La Sociedad, Sección Editorial, T. 1, Núm. 35, México, miércoles 3 de febrero de 1858, p. 1.
[6] Ibidem.
[7] F. V. Sánchez (Editor responsable), “La sociedad mexicana”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 183, México, Viernes 2 de julio de 1858, p. 1.
[8] F. V. Sánchez (Editor responsable), “Reflexiones sobre los gobiernos aplicados a la República”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 12, México, Miércoles 6 de enero de 1858, p. 1.
[9] Sobre este abogar es importante señalar que, para este grupo conservador, uno de los abusos de los demagogos había sido, entre otras cosas, eternizar el imperio de la ley y acabar con las “distinciones y privilegios” adquiridos a lo largo de los años. Aquellas “distinciones”, que remiten al Antiguo Régimen, tenían relación con las libertades o privilegios reales. De este modo, cuando los liberales pretendieron terminar con aquellas situaciones, fueron apreciados por los conservadores como tiranos del poder, al pretender terminar con un pasado aún presente, ver: F. V. Sánchez (Editor responsable), “La sociedad mexicana”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 183, México, Viernes 2 de julio de 1858, p. 1.
[10] F. Escalante, (Autor editorial), “El Imperio”, La Sociedad, Sección Editorial, T. III, Núm. 359, México, Martes 14 de junio de 1864, pp. 1 y 2.
[11] F. V. Sánchez (Editor responsable), “Consideraciones sobre la situación. (Artículo 2°). Primera exigencia de ella”, La Sociedad, Sección Editorial, T. 1, Núm. 4, México, Martes 29 de diciembre de 1857, p. 1.
[12] Covo, Jacqueline. Las ideas de la Reforma en México (1855-1861), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1983, p. 113.