Biombo de una fiesta en un jardín, Ciudad de México 1700

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lunes, 20 de diciembre de 2010

LA JUSTICIA DIVINA Y LA MONARQUÍA. El periódico La Sociedad, 1857-1864


Alejandra López Camacho

  
La marcha es lenta en verdad, y nosotros, átomos imperceptibles arrebatados por el torbellino, juzgamos eternos los periodos de terrible prueba; pero el Supremo Regulador del universo contempla el desarrollo de su obra como reunido en un solo momento, sin que nuestra impaciencia pueda apresurarlo jamás. El tiempo no pasa para El: Patines, quia Aeternus.(1)





Durante el Segundo Imperio Mexicano y aun desde 1857, la noción de “justicia divina” mantuvo estrecha relación con los principios inviolables y eternos procedentes de las leyes divinas. Dentro de esos principios y para el caso de México, esa justicia persiguió el establecimiento y funcionamiento de un gobierno que superior a las intrigas y al predominio de los partidos, mirara los méritos y no las opiniones,(2) respondiera a castigos y también a perdones divinos, a periodos de violencia y revolución y a periodos de arrepentimiento. Esto fundamentalmente implicó una cuestión de normas, de educación, de tradición, de formación, pero sobre todo, de creencias religiosas.
Lo anterior quiere decir que la justicia divina también se encargó de repartir periodos de violencia como parte de una sanción. Ordenaba la muerte de hombres y mujeres y provocaba una guerra como castigo a una acción humana contraria a su voluntad. Pero así también ordenaba el establecimiento de una monarquía en México como premio a un periodo de penitencia que desde la independencia se padecía.
Ahora, ¿por qué un régimen de gobierno monárquico representaría lo contrario a un castigo para México? Esencialmente porque este tipo de gobierno, afirmaban los conservadores que integraban el periódico La Sociedad, tenía “más de providencial que de humano” (3) y porque además respondía a la Historia y a la voluntad nacional. Siendo así, ¿qué era eso “providencial” que tenía la monarquía que colmaba los requisitos de una justicia divina? A decir de los periodistas, Maximiliano era un enviado de Dios que con su benevolencia y...


cariño hacia México, de que tenemos inequívocas pruebas, no siendo la menor el hecho de abandonar una posición envidiable, en la cual acaso estuviese llamado a ceñirse la diadema de Carlos V, para empuñar un cetro que de pronto sólo pueden hacer brillar las virtudes del príncipe, y cuya fortaleza no ha de venirle desde luego, sino de la mano que lo sostenga: prepararle, decimos, un recibimiento cual cumple al país a cincuenta años de agitación y combates sangrientos no han podido despojar por entero de su riqueza ni de los instintos nobles y generosos debidos a las razas que fundaron nuestra actual sociedad; un recibimiento cual cumple al país que orillado por sus errores y pasiones a un abismo de que nada en lo humano parecía capaz de apartarle, cifra en el hombre que llega a su playas, conducido por la mano de la Providencia, su postrera y única esperanza de salvación.(4)


A partir de esta cita podemos observar que una parte de lo providencial que tenía la monarquía tenía relación con los méritos, con la bondad, con la fuerza y seguridad del príncipe que venía a encabezar la monarquía, otra parte de ese providencialismo lo constituía el antecedente de Maximiliano. Es decir, el rango real que hacían del “rey una persona “sagrada e inviolable”” (5). Estos hechos otorgaban legitimidad al gobierno y confianza en el porvenir. Bien que esa legitimidad y confianza se transformarían, al cabo de un tiempo, en inseguridad, en guerra y violencia. Así pues, este apartado tiene por objetivo, plantear la problemática que enfrentó el término “justicia divina” durante el Segundo Imperio Mexicano. Es decir, el dilema en el que se hallaron los conservadores que integraban La Sociedad: entre sostener un gobierno por medio de las armas extranjeras, que era resultado de la justicia divina y un gobierno que se desploma una vez que se van las tropas extranjeras y el país se ve invadido de violencia política y militar.
Es necesario considerar que el grupo conservador que integraba La Sociedad era gente ilustrada, empresaria y sobre todo, católica, lo que hizo que su interpretación de “justicia divina” respondiera a esa posición y lo que al mismo tiempo provocó esa vacilación sobre el Imperio de Maximiliano que, aunque nunca se rechazó ni se negó, sí se llegó a cuestionar. En consecuencia la “justicia divina”, además de mantener relación con la Providencia, mantuvo estrecha relación con el castigo que implicaba violencia, con la penitencia que envolvía el sufrimiento y la corrección, pero también con el perdón a un acto no agradable a la Providencia, es decir, a las reglas que el orden divino establecía.
Dios era el único ser capaz de impartir una recta justicia. Así, dentro del gobierno de los hombres, la justicia divina estuvo conectada con la rectitud de esos mismos gobiernos que en última instancia eran instrumentos de la Divina Providencia. Diríamos en ese sentido, que el proyecto de justo gobierno para México y los mexicanos quedó ligado a valores religiosos, a decretos divinos, pero además, a una forma de gobierno que involucraba castigos y bendiciones.
Pero, ¿por qué para La Sociedad la monarquía era algo legítimo y parte de la justicia divina? Como se ha dicho al principio, si la Providencia era la única que tenía capacidad de saber lo que era justo para los hombres, entonces la monarquía representaba la bendición de Dios. Era, de acuerdo a una visión teológica del asunto, la suma de repartir premios y castigos divinos. Y es que la monarquía al ser una bendición también era una legitimación de Dios por varias razones. Primero, la Providencia era la única que, a juicio de los periodistas, conocía el porvenir de los hombres y de las naciones, lo que le otorgaba autoridad. Segundo, la Providencia constituía el único ser que podía concluir un periodo de castigo, de purgatorio en la tierra y en su caso, de bendecir y premiar. Tercero, la Providencia era la única que sabía lo que representaba un castigo y la magnitud del mismo, así como las etapas de prueba y bendición.
De este modo, si la primera mitad del siglo XIX era considerada por los periodistas como una etapa de castigo y violencia al no existir paz y orden, la monarquía era la bendición de Dios, el premio a tantos padecimientos de guerra porque Maximiliano tendría la misión de pacificar al país. Así, aunque parezca contradictorio, a los hombres sólo les quedaba aceptar y respetar esa justicia divina.

La fe y la piedad de los Soberanos resolverán sabiamente las cuestiones religiosas. En ellas no se buscan intereses materiales y perecederos, sino principios inviolables y eternos. S. M. sabrá conciliar los derechos todos y dejar indemnes la paz del Estado y la autoridad de la Iglesia, la conveniencia pública y el imperio de la conciencia, el deber y la utilidad. El asunto no es imposible al príncipe que ha contemplado y estudiado en Europa las ruinas de la revolución religiosa y las tareas reparadoras de la civilización moderna.(6)

Durante la primera mitad del siglo XIX, México atravesó por varias etapas de inestabilidad política: entre el periodo de independencia, el Imperio de Iturbide, los sistemas republicanos, federales y centrales y siete constituciones, esto fue considerado por los periodistas, como una etapa de prueba, más aún, de condena divina. Y era así, decía La Sociedad, porque los mexicanos después de su independencia, necesitaban atravesar determinadas experiencias violentas y arbitrarias que les permitieran observar, al paso de los años, que finalmente la monarquía era resultado de una justicia y bendición divinas. Ante esto los periodistas consideraron que la Providencia había decidido poner fin a esa etapa de prueba y sanción.
La justicia divina se revelaría y manifestaría entonces a través de ciertos hombres como José María Gutiérrez de Estrada, principal cabeza que apoyó la instalación del Imperio y quien gozó del aprecio de los periodistas de La Sociedad. Éste sería uno de los elegidos de la Providencia (7). ¿Por qué? Fundamentalmente porque había sacrificado su vida y sus bienes en favor del establecimiento de una monarquía en México. Gutiérrez de Estrada, hombre que propuso la instalación de una monarquía en 1840, fue desterrado de México por la misma circunstancia. No obstante, en su destierro continuó su labor monarquista. Esta actitud le otorgó un carácter de mártir, pero al mismo tiempo de Mesías y en los discursos periodísticos de La Sociedad esa cualidad representó un sacrificio, un sufrimiento merecedor de agradecimiento hacia aquel que había sido instrumento de la Providencia e “instrumento de la salvación de su patria” (8). Así, finalmente se consagraba a la patria la vida de un hombre que había sido abnegado, desinteresado y puro de intenciones.   

Los hombres que la Providencia elige para llevar a acabo sus altos fines, no son en realidad sino instrumentos humildes de ella. Más no es pequeña honra la de haber sido hallado digno de esa elección, y haber recibido con preferencia a los demás las altas prendas, la energía, la constancia y todas las otras virtudes que en tanto grado  son necesarias para la ejecución de empresas graves y difíciles. Precisamente la reunión de esas cualidades; ese sello, digámoslo así, de la Providencia es lo que construye un grande hombre, le hace sobresalir entre sus semejantes, y le obtiene la admiración de los siglos.
Al contemplar el maravilloso cuadro de los sucesos que por tan extraños caminos han venido a terminar en el establecimiento del trono mexicano, es imposible olvidar el nombre de quien ha contribuido, más que nadie en el mundo, a la realización de tan espléndido resultado: el nombre del Sr. Gutiérrez de Estrada. Ha sido necesario el transcurso de un cuarto de siglo de horribles padecimientos y durísimos desengaños, para que los mexicanos hayan abierto los ojos a la luz y comprendido lo que esa clara inteligencia vio y anunció desde entonces; que la salvación del país sólo podía hallarse en el establecimiento de la monarquía. (9)
 
Cabe señalar que para los periodistas de La Sociedad, la monarquía, además de ser resultado de la justicia divina, era resultado de la voluntad nacional. Sobre esto último afirmaban que “Dios para sus grandes fines se digna de valerse de medios humanos; y manifiesta, por decirlo así, su respeto a la libre voluntad del hombre, asociándola a sus designios: guardémonos, pues, de contrariarlos” (10). Esto quiere decir que fundamentalmente era el dedo de Dios el que señalaba los caminos a seguir y los gobiernos de la tierra solo eran “pequeños resortes que obedecen al impulso secreto de la Providencia” (11).
En consecuencia, para la Providencia los hombres sólo eran sus instrumentos de justicia o de venganza, de sacrificio o de pureza, de violencia o abnegación, de castigo o de obediencia, algo así como sus marionetas con las cuales podía alegrarse o irritarse. Esta idea que había estado presente en momentos posteriores a la revolución de Ayutla, fue recuperada en 1864 con la llegada de los emperadores a México. Entonces se juzgó que la razón humana no había sido apta para penetrar en la misteriosa y benéfica oscuridad del porvenir. Y es que el porvenir lo determinaba la Providencia, ese “Árbitro infalible” que podía permitir el bien y el mal.

Jamás la Providencia queda inferior a sus medios: siempre los proporciona al fin que se propone. Si ha elegido a un hombre para salvar a un pueblo, no le negará su auxilio: iluminará su inteligencia y dará fuerza a su brazo. La admirable serie de sucesos que rápidamente hemos trazado, nos asegura de que la Providencia ha querido poner término a nuestros padecimientos. (12)

En principio la Providencia era la encargada del destino de la humanidad, la que determinaba los grandes acontecimientos y la que como un favor especial hacia los hombres, no había permitido el completo triunfo de la demagogia durante la primera mitad del siglo XIX. Aunque no por esto desde 1857 la demagogia había dejado de, “ultrajar el dogma católico, de mancillar la santidad de la Iglesia, de perseguir a la virtud, de barrenar las leyes divinas y humanas, de relajar la moral, de viciar los instintos generosos de nuestro pueblo, de abrir una pugna entre las potestades civil y eclesiástica, de poner en contradicción los intereses morales con los materiales, y de perturbar hasta la paz doméstica” (13).
La monarquía en consecuencia representó una proposición racional y justa porque consolidaba el orden, la paz y el establecimiento de una justicia por mucho tiempo olvidada. La mano de la Providencia intervenía para poner fin al padecimiento y castigo de muchos años y para premiar y hacer justicia entre los hombres.

...y que días más felices comienzan ya para nosotros. No volverá la discordia civil a ensangrentar nuestros campos y ciudades; no se escuchará ya el gemido de la inocencia oprimida y del honor ultrajado; el incendio y el robo no destruirán en un día el fruto de una vida entera de probidad y trabajo, y el gobierno no será como hasta aquí el mayor enemigo del Estado. La paz, ese bien, el primero de todos, que la infeliz generación actual no ha conocido, cicatrizará todas las heridas, enjugará todas las lágrimas, dejará oír la voz de la justicia tanto tiempo olvidada, y traerá consigo el orden, la abundancia, la moralidad, el progreso que inseparablemente la acompañan. (14)
           

Ahora, si durante los dos primeros años del imperio hubo paz y justicia, para 1866 las dudas sobre este gobierno se hicieron presentes. Hubo que justificar en aquel momento la intervención francesa y la partida del ejército francés, pero sobre todo, la política liberal que Maximiliano había adoptado, posiblemente con la finalidad de hacerse de más adeptos y de que el gobierno imperial no quedara solo. “La nación, decimos caminaba hacia el precipicio, por sus propias faltas y las ajenas. El gobierno imperial lo ha conocido y trata de evitarlo combinando de ruta. ¿Logrará salvar al país?”(15) Ante esta incertidumbre cabe plantearse lo siguiente, ¿dónde permanecía la justicia divina en el ocaso del Imperio? Podría responderse que en la fe que tenían los periodistas en el porvenir y en las acciones de los hombres ilustrados que elaborarían leyes justas.

Y aquí debemos hacer una confesión con la franqueza que nos es habitual. Cuando oímos decir que el Soberano llamaba a los conservadores a su gabinete, temimos, atendiendo a que muchos de ellos habían ocupado puestos públicos bajo la política anterior, que ciertamente no era la suya, y a que el Emperador ha demostrado profesar ideas contrarias a las que estaban en vísperas de ser adoptadas, que el cambio fuera simplemente nominal y sin más resultado que la nulificación de unas cuantas individualidades y el desprestigio de los principios representados por ellas. También temimos, ¿por qué no decirlo? Que del extremo llamado liberalismo, no por el carácter de los individuos nuevamente entrados al poder, sino por la fuerza de las circunstancias que en política imponen ordinariamente a los hombres la ley centrífuga del péndulo, que a la distancia a que ha llegado de un lado va del otro; que del extremo, repetimos, del llamado liberalismo, se fuese a dar a los confines de la arbitrariedad y la violencia, nocivas siempre y reprobadas de todo ciudadano honrado, sean cuales fueren sus pretextos. La atenta lectura del programa nos ha desengañado y tranquilizado bajo uno y otro respecto. El Soberano ha adoptado y pone en práctica el plan de los nuevos ministros, y el plan mismo, en vez de abrir la puerta a la arbitrariedad, tiende a extirparla apoyándose en la justicia y el respeto a las garantías sociales. Ese plan no es obra de un partido, ni de partidarios de tal o cual escuela política; es obra de hombres ilustrados y bien intencionados, y no podrá hallar adversarios sino en las filas de la anarquía, entre los enemigos de la independencia nacional. (16)

Así fue necesario fabricar un discurso de justificación de la política de Maximiliano y de la actuación política de los conservadores que le habían apoyado. Se trataba de proteger la acción política de los hombres ilustrados y bien intencionados que habían sido elegidos por Dios para salvar la independencia de México y la soberanía nacional. Para tal caso fue necesario construir un discurso que otorgara legitimidad política al Imperio y a las acciones de los conservadores.

...sea cual fuere el resultado de la nueva marcha, y aun cuando no se obtuviera con ella la salvación de México, ese resultado no sería estéril del todo ni para el país ni para la comunión política que profesa las ideas que van a ser puestas en práctica. El país hallará tregua en sus padecimientos con la aplicación de las reglas de la justicia y la cordura, cuya bondad no es relativa, sino absoluta, en todas épocas y circunstancias. En cuanto a los conservadores, si la situación se hubiera de hundir con ellos, sería por causas superiores a su voluntad y a su esfuerzo, y ellos siempre habrían aparecido ante la nación y ante el mundo, no con el carácter despótico, sanguinario y bárbaro que han querido suponerles sus enemigos, sino como ciudadanos ilustrados, exentos de odio, observantes y protectores de las garantías que constituyen la verdadera libertad, partidarios del bien público y de todo progreso que no consista en resolver y destruir, y patriotas en la medida del sacrificio de sus fortunas y personas y hasta del porvenir de sus familias. (17)


            Como puede apreciarse la actitud política de los conservadores y del establecimiento del Imperio nunca se desprendió de la Divina Providencia. Ahora, el carácter defensivo de los conservadores respondió sobre todo a sus buenas acciones, a practicar el bien público, a contribuir con una monarquía para el progreso de México, a ser, en pocas palabras los hombres seleccionados por una divinidad para establecer la paz y no la guerra. Y es que, por medio de los hombres que habían invitado a Maximiliano a gobernar los destinos de los mexicanos, la justicia divina se había hecho presente. Así llegamos a plantear lo siguiente, ¿los árbitros infalibles fueron los conservadores que planearon la empresa monárquica o fue la Divina Providencia? ¿Fue bueno o malo el establecimiento del Imperio en México?
            Si bien los planteamientos anteriores están envueltos en un dilema, puede sugerirse que para La Sociedad el imperio nunca fue algo negativo, ni irracional, sino algo que correspondía a la Historia y a los designios de un Ser Supremo. No obstante, cuando los conservadores observaron que las políticas de Maximiliano tendían hacia el liberalismo y no al conservadurismo, lo que intentaron fue conjugar una idea de monarquía en unidad del liberalismo y ya no una idea de una monarquía ligada exclusivamente a principios conservadores. Esto de alguna forma irrumpía con el pensamiento de que, monarquía no implicaba liberalismo en México, aunque sí en Europa. A lo cual, dice Edmundo O’Gorman, “en México, a la inversa de la Europa del siglo XIX, monarquía y liberalismo fueron, por motivos históricos insuperables, conceptos antitéticos irreductibles, y no debe sorprender la ceguera de un Napoleón III y de un Maximiliano respecto a esa contradicción.”(18)  
            Sobre este punto es importante enfatizar que durante la década de los cuarenta del siglo XIX los alegatos en torno a la instalación de un sistema de gobierno monárquico en México ya proponían la adopción de una monarquía constitucional, representativa y con príncipe extranjero. Entonces, en el periódico El Tiempo “se desató una bien organizada campaña  periodística inspirada por don Lucas Alamán y cuya finalidad era inclinar la opinión pública clara y decididamente en pro del régimen monárquico.”(19) Sin embargo la gran diferencia radicaba en que entonces la instalación de esa monarquía debía quedar sólo en manos mexicanas y sin intervención extranjera. Ahora ¿hasta dónde este proyecto de gobierno monárquico se diferenciaba del de Maximiliano? Primero, entonces no se deseaba una intervención, aunque sí la venida de un príncipe extranjero de sangre real. Segundo, no obstante que este proyecto de gobierno rompía con la tendencia conservadora que había propuesto años antes, por Gutiérrez de Estrada, la instalación de una monarquía, el proyecto quedó en el papel, debido a que no existió el suficiente apoyo económico y político. Y es que, de ser apoyada esa monarquía habría sido el primer intento de un proyecto monárquico liberal, sin embargo nunca se practicó. De ahí que los conservadores de la década de los 1860s pretendieran conjugar, en los hechos, la idea de una monarquía en unidad del liberalismo. 
En consecuencia la justicia divina fue asumida en función de un orden divino capaz de cambiar la faz de las naciones, aunque a su vez de un orden humano capaz de actuar, pero cuya razón resultaba débil para comprender los designios de la Providencia. Sin embargo, los periodistas consideraron que no todos los hombres concebían los actos humanos en función de una intervención divina, de ahí los periodos de castigo y de que pagaran justos por pecadores. “Ensorbecidos (sic) los hombres al contemplar lo que consideran como obra suya, no están dispuestos a comprender y confesar que esa obra no les pertenece; y que cuando se juzgan soberbiamente autores, no son más que instrumentos humildes de una Providencia altísima...”(20) Esto en definitiva hacía ver que los hombres sólo respondían a designios divinos.
Ante este panorama y desde la perspectiva política de este grupo conservador cabe preguntarse lo siguiente: ¿por qué la Providencia Divina espero hasta 1864 para hacer justicia?, ¿por qué permitió tantos años de castigo? Si bien las respuestas a estos planteamientos implican un dilema para el historiador que solo halla respuestas a partir de los actos de estos hombres y de otros que participaron en la empresa monárquica, probablemente este tipo de planteamientos también fueron un dilema para los mismos periodistas que intentaron justificar hechos humanos a partir de hechos divinos. Pues, que otra forma podría servir para justificar y legitimar política y socialmente el establecimiento de una monarquía, sino a partir de la Historia, de la tradición y de las creencias religiosas de las cuales la mayor parte de mexicanos admitía.
Así, finalmente preguntaríamos, ¿qué contradicciones enfrentaron los periodistas después de justificar el Imperio como justicia divina? En primer lugar, a la gran contradicción que involucra los designios divinos y la voluntad nacional. Es decir, la monarquía quedó encerrada entre el proyecto de nación de un grupo conservador, la justicia de Dios y lo que quería la voluntad nacional. Otra contradicción fue la justificación del Imperio a partir de una justicia divina, pues, ¿no acaso la empresa monárquica fue proyecto de un grupo conservador y de Napoleón III? Así concluimos diciendo que el Imperio sólo fue resultado de los intereses coyunturales de unos hombres que apoyados por Napoleón III hicieron realidad un proyecto de nación que relacionaron con una tradición, con una solución a los problemas de México, pero sobre todo, con una bendición divina.

 

 

CITAS


1.       ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.

  1. MONTERDE, 1864, p. 1.
  2. Ibidem.
  3. ROA, 1864, p. 1.
  4. O’GORMAN, 1969, p. 17.
  5. MONTERDE, 1864, p. 1.
7.       José María Gutiérrez de Estrada (1800-1867), “Entró al servicio exterior, fue senador y fue desterrado por la Ley el Caso. Federalista moderado, ocupó el Ministerio de Relaciones en 1835, pero renunció al cargo cuando se percató que los pronunciamientos que apoyaban el cambio de sistema, no eran resultado de “voto libre y espontáneo”, después de su renuncia partió a Europa y consternado por los acontecimientos de México, propone la monarquía en 1840, en VÁZQUEZ, 1999, pp.125-126.
8.       ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.
  1. Ibidem.
  2. Ibidem.

11.    VERA, 1858, p. 1.

  1. ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.
  2. VERA, 1857, p. 1.
  3. ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.
  4. ESCALANTE, 1866, p. 2 y 3.
  5. Ibidem.
  6. Ibidem.
  7. O’GORMAN, 1969, p. 83.
  8. Ibidem, p. 31.
  9. ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.

 

HEMEROGRAFÍA


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T. III, Núm. 359, pp. 1 y 2.
ESCALANTE, F. (Editor responsable)
1866 “Actualidades”, en La Sociedad, México, Martes 25 septiembre, Sección La
Sociedad, T. IV, Núm. 1170, p. 2 y 3.
MONTERDE, Sebastián
1864 “Cumpleaños de S. M. el Emperador”, en La Sociedad, México, miércoles 6
de julio, Sección Editorial, México, T. III, Número 381, p. 1.
ROA, Bárcena J. M. (Autor editorial)
1864 “La venida del soberano”, en La Sociedad, México, Domingo 21 de febrero,
Sección Editorial, T. II, Núm. 248, p. 1.

VERA Sánchez, Francisco (Editor responsable)

1858  “El porvenir. ¿Quién penetra en ese inmenso horizonte, en ese abismo sin

fondo que se llama el porvenir?”, en La Sociedad, México, miércoles 3 de febrero, Sección Editorial, T. 1, Núm. 35, p. 1.

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1857 “Segunda época de La Sociedad”, en La Sociedad, México, Sábado 26 de
diciembre, Sección Editorial, T. 1, Núm. 1, p. 1.


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