martes, 28 de junio de 2011

UN PASEO POR LA VIDA Y OBRA DE DIEGO RIVERA



(1886-1957)
Por Alejandra López Camacho

 Eran los años del arte impresionista, de aquel estilo de pintura que había surgido del realismo y del intento por captar la impresión momentánea de los reflejos de la luz sobre los objetos. Era la época en que se esfumaban los delicados detalles de la pintura tradicional y cuando el impresionismo levantaba polémicas en la vieja Europa. Eran, además, los días cuando existía indignación en la gente frente a un arte que resultaba grotesco en su afán por eliminar las particularidades e incluir pequeñas manchas de color sin contornos definidos.[1] Y mientras en los países europeos tenían lugar estos hechos culturales, en México, exactamente en la ciudad de Guanajuato, nacían los gemelos Diego María y Carlos María[2] Rivera un 8 de diciembre de 1886.


Dos años antes, cuando Porfirio Díaz ocupó la silla presidencial por segunda vez, se llevó a cabo la reforma a la Constitución de 1857 que concedía al presidente el poder de reelegirse indefinidamente. Si bien desde entonces el gobierno realizó grandes obras materiales como el tendido de líneas telegráficas, las vías férreas y la electrificación, fue también el periodo de aplastamiento de toda disidencia, unido a la rapaz labor de las compañías deslindadoras que despojaron a los pueblos de sus tierras comunales en beneficio de los hacendados y empresarios.[3]
            Cuenta la hermana de Diego, María del Pilar Rivera, que los gemelos nacieron en un día lluvioso y frío en una casita ubicada en la calle de Pocitos número 80 (hoy 78) propiedad de su padre, el profesor Diego de la Rivera y Acosta, quien entonces era Jefe Político de Guanajuato. Vivían en la casa, además de la madre, María del Pilar Barrientos Rodríguez, la hermana y tía de ésta, Cesárea Barrientos y Vicenta Rodríguez y de Valpuesta, dos sirvientas, el cochero y el encargado de los caballos.[4] Cuando los gemelos nacieron la madre no pudo amamantarlos debido a su grave estado de salud, por esa razón los hermanitos fueron criados por dos nodrizas indígenas: Bernarda y Antonia. En fin, Diego nació en el seno de una familia acomodada económicamente y al cuidado de una nodriza indígena, Antonia, situación que lo marcaría el resto de su vida. 

            Desde pequeño el ambiente ideológico y político que impregnó su hogar estuvo rodeado de las ideas liberales y demócratas de su padre, quien entre otras cosas, decidió quitarle a su apellido el “de la” por considerarlo de abolengo y distinto a sus ideas democráticas. El padre de Diego, además de ser vástago de criollos, gustó de la literatura  y el periodismo, oficio que le sirvió de bandera política para sus ideas de libertad e igualdad social. Por otra parte, la madre de Diego, igualmente hija de criollos, también se distinguió como maestra y más tarde, cuando murió el gemelo de Diego, se graduó en obstetricia. Si bien dentro del seno familiar coexistieron las creencias católicas de su madre y el ateismo de su padre, importa decir que predominó la influencia del padre sobre el hijo.[5]
            Los primeros años escolares de Diego transitaron en la ciudad de México, lugar donde la familia Rivera Barrientos fue a radicar en el año de 1893 a consecuencia del derrocamiento de la facción política que apoyaba el padre y de que las riñas entre partidos se habían acrecentado en Guanajuato. De este modo, su educación primaria la realizó en el Liceo Hispano-Mexicano Católico, dirigido por padres jesuitas y, más tarde, cuando contaba con diez años y después de terminar aquel ciclo escolar, ingresó a la escuela preparatoria y al mismo tiempo inició sus estudios nocturnos de dibujo, acuarela y pastel en la Academia de San Carlos. Ahí tendría como primeros maestros a Santiago Rebull, José María Velasco y a Félix Parra.[6] Salta a la vista el nombre de J. M. Velasco, quien entre otras cosas fue integrante del grupo de los “científicos” que colaboraron con el gobierno de Porfirio Díaz.
            Terminada la preparatoria y cursando el tercer año de pintura, su padre lo inscribió en el Colegio Militar; su deseo era tener un hijo cadete, no un pintor. Sin embargo, para Diego la enseñanza militar iba en contra de su vocación artística y pacifista, así que a las dos semanas de haber permanecido en la fortaleza de Chapultepec decidió salir definitivamente y buscar el apoyo de familiares, en especial el de su tío, don José Natividad Macías, cuñado de su padre y secretario de Instrucción Pública. Pronto la familia convenció al padre para que le permitiera ingresar a la Academia de San Carlos al turno diurno y regularizara sus estudios de pintura.[7]
            Tiempo después, en 1904, un compañero de la Academia que había regresado de Europa, Gerardo Murillo, mejor conocido como el Dr. Atl, decidió en compañía de Diego, separarse de las aulas de San Carlos debido a los problemas académicos que habían surgido con el director de origen catalán, Antonio Farías. El objetivo era que el ministro de Instrucción Pública, don Justo Sierra, retirara al mencionado director. Y mientras esto sucedía, Diego y el Dr. Atl instalaron una escuela provisional donde los maestros de la Academia pudieran dar clases hasta que las autoridades cumplieran con su solicitud. Cuando Farías fue removido Diego y sus compañeros montaron una exposición en la Academia. Resultado de esto fue el otorgamiento de una beca por sesenta pesos mensuales por la importancia de sus pinturas, entre las que destacan: Muchacha vendedora de frutas.[8]
En ese mismo año, el Dr. Atl y Diego discutieron la posibilidad de pintar murales en México como una forma de manifestar su inconformidad por la enseñanza de la Academia  y el poco estímulo recibido por los alumnos. Así, en 1906 se unieron al grupo de jóvenes literatos, Diego López y Alfonso Reyes, quienes habían formado la revista Savia Moderna[9] con la finalidad de ilustrar la publicación junto con Roberto Montenegro, Saturnino Herrán, Jesús Carrión y Francisco Zulueta. Esta revista introdujo el modernismo literario y fue, entre otras cosas, el punto de partida para la fundación del Ateneo de la Juventud, grupo que logró la formación cultural y política de varios de los precursores de la Revolución de 1910.[10]



Por aquel entonces Diego también conoció a José Guadalupe Posada, quien influyó definitivamente en su obra y de quien aprendería a convivir con la gente que frecuentaba los mercados, las pulquerías y las calles. Luego de su estancia por cuatro años (1907-1910) en Europa con motivo de la beca otorgada por Teodoro Dehesa, gobernador de Veracruz,  Diego se encontró con la inestabilidad política de México. Sabía que la última reelección había aumentado el descontento popular y que no todos eran admitidos en los cargos del gobierno. No obstante, el 20 de noviembre expuso las pinturas que había realizado en Europa en los salones de la Academia de San Carlos. Y mientras la señora Carmen Romero Rubio de Díaz inauguraba la exposición, en Puebla los hermanos Serdán eran atacados en el local del club Antirreeleccionista.[11]
Debido al éxito de la exposición y a las buenas ventas de las pinturas como las adquiridas por doña Carmelita, El picador y La barca de Pedro, entre otras,  pudo regresar a Europa, no sin antes comprometerse ideológicamente con su maestro Félix Parra en la política revolucionaria y en las perspectivas nacionalistas. Sin embargo, para Diego, “sus amigos los asilados rusos eran quienes preparaban el cambio hacia la nueva sociedad”.[12] Pronto reconoció que en Europa debía continuar su aprendizaje como pintor. El viejo continente le permitiría desarrollar su propio estilo, entre el cubismo y el neorrealismo y al mismo tiempo crear su propia escuela de pintura mexicana. Ya en París se incorporó al grupo de pintores de izquierda, y de sus relaciones con los rusos y con Lenin emergió una ideología que fue una mezcla del pensamiento revolucionario mexicano, del marxismo y del anarquismo.
De 1911 a 1921 permaneció en Europa y al mediar el año 1911 se casó con la pintora Angelina Beloff en matrimonio morganático: ella pertenecía a la Iglesia ortodoxa y Diego era ateo. Entre idas y venidas a Madrid, París, Barcelona y Toledo, desarrolló su propio cubismo extraído de la conjunción Serurat-Cézanne, El Greco y Picasso. Entonces dominó en su pintura la influencia del Greco, muestra de ello es el retrato realizado a su amigo Ángel Zárraga. Ya en Madrid se encontró con un amigo y compatriota, Alfonso Reyes, quien además de brindarle ayuda en sus penurias económicas se convirtió en su consejero. Los años de 1912 y 1913 fueron de formación y cambio, Diego tenía gran interés por México y por la lucha revolucionaria, no obstante, a juicio de Martín Luis Guzmán,[13] en ese tiempo pintaba como un hombre enraizado en la burguesía, sin conflictos ideológicos y unido aun al clasicismo y a las tradiciones religiosas. Muestra de lo anterior es La adoración de la Virgen con el Niño (1912), primera pintura cubista que refleja la influencia de Cézanne y El Greco.
La Primera Guerra Mundial y la Revolución Mexicana provocaron que Diego Rivera incorporara el arte a la política y lo pusiera al servicio del pueblo, en especial del proletario; era importante que la lucha revolucionaria contara con su propia expresión artística. De esta forma el arte le permitió crear y difundir ideas que en aquel momento le sirvieron para apoyar la Revolución y la transformación. Las carencias económicas, la muerte de su primer hijo -Diego Miguel Ángel Rivera y Beloff-, su separación de Angelina, además de su amorío con Marievna y la problemática relación con su madre -doña María-, hicieron que Diego renunciara al modernismo y se preparara como muralista en Italia.[14]
De vuelta en México a mediados de 1921, y siendo José Vasconcelos secretario de Educación, nombrado por el presidente Álvaro Obregón, recibió el encargo de pintar los murales de la Escuela Nacional Preparatoria, obra que en conjunto constituye una alegoría de La Creación. En aquel mural trabajó al lado de Jorge Enciso, Gerardo Murillo, Roberto Montenegro, David Alfaro Siqueiros, Pablo O’Higgins y Rufino Tamayo, entre otros. Al término de esa obra pintaron al fresco los muros de los corredores del edificio de la Secretaría de Educación Pública (1923-1928).[15] Los murales, desde entonces, servirían como un medio de difusión de la ideología revolucionaria del nuevo gobierno.
La década de los años veinte estaría determinada por dos hechos trascendentales: por una lado, la muerte de sus padres y por otro, su enlace matrimonial con Lupe Marín y el nacimiento de sus dos hijas, Guadalupe y Ruth Rivera Marín. Al lado de su esposa viajaría por varias partes de la República por orden de Vasconcelos y con apoyo de Obregón; el cometido sería invadirse de la temática nacional, además de conocer a los habitantes de las diversas regiones del país y sus formas de vida, tenía el propósito de mostrar los logros de la Revolución, tanto como llevar la educación a las masas a través del muralismo.[16]
En la época en que Diego pintó los murales de la Escuela Nacional Preparatoria, fundó, junto con otros pintores como José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, el  Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores e ingresó al Partido Comunista Mexicano, del que dimitió en 1925 y volvió a ser aceptado al año siguiente. En 1926, cuando Plutarco Elías Calles era presidente de México y apoyaba la política anticatólica, Rivera inició la decoración de los muros del Salón de Actos de la Escuela Nacional de Agricultura, antigua capilla de la ex hacienda de Chapingo, estado de México. Por entonces conoció a Tina Modotti, quien en breve tiempo se convirtió en su modelo y amante. Poco después, cuando nació su segunda hija y se separó de su esposa Lupe Marín, fue invitado a la Unión Soviética para participar en el décimo aniversario de la Revolución de Octubre, país que abandonó en 1928 después de ser expulsado.[17]  
Terminada la obra de la Secretaría de Educación Pública, Diego Rivera se dedicó a la política y ayudó a organizar la campaña presidencial del candidato comunista, Rodríguez Triana, quien fue un relevante participante en la lucha por la dirección del bloque de campesinos y obreros. Durante esa época, asimismo, fue uno de los líderes de la organización comunista, Liga Antiimperialista de las Américas, que se oponía a la política de los Estados Unidos y apoyaba el levantamiento de Nicaragua dirigido por Augusto César Sandino. El año de 1929 estaría definido, además, por varios hechos: su nombramiento como director de la Academia de San Carlos, su casamiento con una joven militante comunista, -Frida Kahlo-, su expulsión del Partido Comunista y su traslado a Cuernavaca para realizar por encargo del embajador de los Estados Unidos, D. W. Morrow, la decoración de una logia del Palacio de Cortés[18]. En este mural se desarrollaron algunos aspectos de la conquista y se enaltecieron las figuras de Morelos y Zapata. A juicio de Patrick Marnham el mural fue un regalo del pueblo de Estados Unidos al estado de Morelos.
            En los siguientes años elaboró una serie de murales en los que destacó su intento por crear una identidad mexicana. Importa decir que en 1930 renunció a su cargo de director de San Carlos y se marchó a San Francisco con la intención de pintar dos murales: Alegoría de California, en la Bolsa del Pacífico y La realización de un fresco, en la Escuela de Bellas Artes de la ciudad. Luego de una breve estancia en México, Diego y Frida regresaron a los Estados Unidos (1931-1933), en específico a Nueva York y Detroit. Rivera creía que su trabajo artístico en aquel país debía servir para transmitir a la población norteamericana sus ideas políticas comunistas y por esa  razón el mural de Nueva York fue destruido en 1934, pues en éste aparecía Lenin.[19]

Tras una larga estancia en los Estados Unidos, Rivera ya no deseaba regresar a México. Creía que después de lo ocurrido en Nueva York su retorno significaría una derrota, sin embargo, volvió y esto implicó una profunda depresión. No obstante, la realización de los murales en Palacio de Bellas Artes y en el Hotel Reforma, así como la reanudación de la decoración en Palacio Nacional y el fresco del Hotel Alameda, dieron motivo para retomar el tema de la realidad política mexicana. Bien que la frase “Dios no existe” incluida en el mural Sueño de una tarde de domingo en la Alameda, le valió que su obra estuviera oculta por nueve años, hasta que la retiró poco antes de morir en 1957.[20]  


Diego Rivera fue un hombre que plasmó sus creencias morales, políticas y revolucionarias en su arte, un hombre que mezcló el arte con la política, un artista que convenció a Lázaro Cárdenas para que le dieran asilo político a León Trotski, un trabajador que ingresó al Partido Comunista y a la IV Internacional, un hombre que amó a las mujeres, pero, sobre todo, una persona que creyó en la democracia y en la libertad.  

  
LOS MURALES DE DIEGO RIVERA
(1923-1948)

Los murales de Diego Rivera forman parte de un contexto histórico revolucionario que intentaba cambiar no sólo las formas de apreciación del arte, sino también las formas de percibir una realidad mexicana que se asimilaba dentro de un estado de transformación política y social. En conjunto, su obra es el preámbulo de un estilo que se enfrentó al rechazo de una sociedad burguesa que no aceptaba la representación visual de los aspectos más atrasados y primitivos del país. Sus murales atrapan la vida mexicana, pero no del opresor o del burgués, sino del hombre común, el obrero, el indio y el campesino. Los frescos fueron el instrumento para enfrentar los cambios y la realidad política mexicana, además de que representaron su propio método de interpretación de la historia del México nacionalista, tradicionalista y progresista. A través de la pintura mural, Diego Rivera pretendió educar al pueblo en torno de las ideas revolucionarias, comunistas y marxistas y esto no sólo en México sino también en los Estados Unidos, en aquel país que se decía democrático y que, sin embargo, destruyó el mural del Rockefeller Center por contener el retrato de Lenin.[21] 


 Dadas las circunstancias por las que atravesó México desde el siglo diecinueve, ligado a la caída de Porfirio Díaz, a la toma del poder de Francisco I. Madero y a las constantes rebeliones, huelgas y disturbios rurales que se desencadenaron a consecuencia de las pretendidas reformas económicas, políticas y sociales que se exigían, fue prioridad de los posteriores gobiernos establecer el orden y promover una ideología nacionalista de la Revolución Mexicana a través de la alfabetización. Diego Rivera fue uno de los primeros artistas que se encargaron de representar, a través de la pintura mural, las transformaciones que habían tenido lugar en México antes y después de la Revolución. Para esta labor José Vasconcelos y Álvaro Obregón jugaron un papel definitivo.
En 1921, cuando Vasconcelos estuvo al frente del ministerio de educación por nombramiento de Obregón, se le encargó por primera vez a Diego Rivera pintar los corredores y el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria. La idea era compartir el arte con el pueblo y capturar la esencia de México, para lo cual fue importante que Diego viajara por el país con la intención de conocer las formas de vida de la gente común. Los murales de la Secretaría de Educación Pública contienen escenas de la vida cotidiana en el trapiche, la mina, la fundición, y una maestra rural, entre otras, que en conjunto pretendieron capturar las costumbres nacionales y los avances revolucionarios, bien que esto fortaleció la fe laica de Rivera.[22]   
La lucha por la sucesión presidencial en el año de 1923 desató una creciente violencia política, esto hizo que Vasconcelos suspendiera el programa muralista, luego que los artistas dedicados a éste recibieron constantes ataques por parte de la prensa y de los estudiantes. A los murales se les concebía como la caricatura de México y a Rivera se le acusó de hacer que los mexicanos “parecieran monos”. De ahí que si Plutarco Elías Calles accedía al poder, Rivera tendría que borrar sus “monos de las paredes”.[23]  Sin embargo, el pintor continuó con sus murales y compromiso con las luchas sociales y revolucionarias. Vendrían otros tiempos, otras presidencias y otros frescos, pero Rivera seguiría firme en su idea de representar la vida del pueblo y de la ciudad, del campesino y del obrero y en su constante crítica a los opresores, militares, burgueses y curas.   
La obra Sueño de una tarde dominical en la Alameda (1947-1948) resume la historia de México y al mismo tiempo constituye su autobiografía. Aquí sobresalen los personajes principales de los diversos hechos ocurridos desde la Conquista hasta la Revolución de 1910 y vuelve a estar presente la justicia social y el humor. Y si bien la frase “Dios no existe” le valió el ocultamiento del mural, este hecho sacó a relucir la sobrevivencia de una sociedad mexicana tradicionalista y católica que aun conservaba viejas formas de apreciar el mundo. Finalmente, los cambios revolucionarios serían lentos y a largo plazo. 


Bibliografía

AZUELA, Alicia, Diego Rivera en Detroit, México, Universidad Nacional Autónoma de
México, 1985.
BARR, Alfred H., “¿Qué es la pintura moderna?”, en: Saber ver. Lo contemporáneo del
arte, Año 1, Número 1, México, Fundación Cultural Televisa, noviembre-diciembre
1991.
CORTÉS Gutiérrez, Laura (Investigación y coordinación). Diego Rivera ilustrador,
México, Secretaría de Educación Pública, 1986.
ESPINOSA Altamirano, Horacio. El inconmesurable, inaudito, inverosímil e inusitado
Diego Rivera, México, EDAMEX, 1985.
LÓPEZ Rangel, Rafael. Diego Rivera y la arquitectura mexicana, México, Secretaría de
Educación Pública, 1986.
MARNHAM, Patrick. Soñar con los ojos abiertos. Una vida de Diego Rivera,  España,
Plaza & Janés Editores, 1999.
RAMOS, Samuel. Diego Rivera, México, Universidad Nacional Autónoma de México,
1986.
RIVERA, Diego. Mi arte, mi vida. Una autobiografía hecha con la colaboración de Gladis
March, México, Editorial Herrero, 1963.
RIVERA, Diego. Textos de arte (reunidos y presentados por Xavier Moyssén), México,
Universidad Nacional Autónoma de México, 1986.
RIVERA, María del Pilar. Mi hermano Diego, México, Secretaría de Educación
Pública/Gobierno del Estado de Guanajuato, 1986.
RIVERA Marín, Guadalupe. Un río, dos riveras. Vida de Diego Rivera, 1886-1929,
México, Memorias Alianza Editorial Mexicana, 1989.
WOLFE, Bertram D. Diego Rivera. Su vida, su obra y su época, Santiago de Chile,
Ediciones Ercilla, 1941.

Fuentes electrónicas

http://www2.kenyon.edu/depts/mll/spanish/projects/trejo-zacarias/
http:www.diegorivera.com
http:www.geocities.com/litografias/diegorivera.html





[1] Alfred H. Barr, “¿Qué es la pintura moderna?”, en: Saber ver. Lo contemporáneo del arte, Año 1, Número 1, México, Fundación Cultural Televisa, noviembre-diciembre 1991, pp. 20-21.
[2] Carlos María Rivera fue el hermano gemelo de Diego, éste vivió casi dos años y murió de conjuntivitis, ver:  Guadalupe Rivera Marín, Un río, dos riveras. Vida de Diego Rivera, 1886-1929, México, Alianza Editorial Mexicana, 1989, p. 22.
[3] Humberto Musacchio, Diccionario enciclopédico de México, T. I, México, Andrés León Editor, 1990, p. 500.
[4] María del Pilar Rivera, Mi hermano Diego, México, Secretaría de Educación Pública/Gobierno del Estado de Guanajuato, 1986, p.  15.
[5] Ibidem, pp. 17-58.
[6] Ibid., pp. 79-94.
[7] Guadalupe Rivera Marín, op. cit., pp. 34-35.
[8] María del Pilar Rivera, op.cit., pp. 104-105.
[9] Savia Moderna fue una revista mensual que surgió en 1906. Fue fundada por Alfonso Cravioto y Luis Castillo Ledón e inspirada en la Revista Moderna de Amado Nervo y Jesús Valenzuela, en: Guadalupe Rivera, op .cit., p. 39.
[10] Ibidem, pp. 37-38.
[11] Diego Rivera, Mi arte, mi vida, México, Editorial Herrero, 1963, pp. 69-72.
[12] Guadalupe Rivera Marín, op. cit., p. 50.
[13] Ibidem., pp. 75-89.
[14] D. Rivera, op. cit., pp. 92-97.
[15] Guadalupe Rivera Marín, op. cit., pp. 125-129.
[16] Ibidem, pp. 127-149.
[17] Patrick Marnham, Soñar con los ojos abiertos. Una vida de Diego Rivera, España, Plaza & Janés Editores, 1999, pp. 236-251.
[18] Ibidem, pp. 256-278 y Diego Rivera, op. cit., pp. 124-126.
[19] Patrick Marnahm, op. cit., pp. 285-325.
[20] Ibidem, p. 391.
[21] Este mural, encargado por Nelson Rockefeller en 1932, iba a adornar el piso principal del nuevo R. C. A. Building Radio City. El tema giró en torno de un trabajador en el puesto de control de una gran máquina pero, debido a que en el mural se pintó una escena de la vida socialista y  a que en ella aparecía la figura de Lenin, sumado a la entrevista que Rivera otorgó a un periodista de The World Telegram de Nueva York, en la que le hizo saber que debía establecerse una alianza entre los soviéticos y los americanos, esto se tomó como un acto revolucionario, lo que le valió la destrucción del mismo en 1934, “así se honró la libertad de expresión en los Estados Unidos”, en: Diego Rivera, op. cit., pp. 159-163.
[22] Patrick Marnham, op. cit., pp. 209-220.
[23] Ibidem, p. 222.

domingo, 29 de mayo de 2011


Timbre postal de la Fragata Novara, 1867. Representación del navío utilizado por Maximiliano de Habsburgo.

lunes, 28 de marzo de 2011

La legitimidad política en México y en España. Estudio comparado de sus textos constitucionales, 1833-1868.

Revista Retos Internacionales, Tecnológico de Monterrey/ Campus Querétaro, Febrero-Septiembre de 2011, pp. 60-91.

domingo, 6 de marzo de 2011

LA IDEA LIBERAL de Puebla, periódico del siglo XIX (1864-1866)


LA IDEA LIBERAL DE PUEBLA
1864-1866

Alejandra López Camacho

A mediados de 1864 Puebla era una ciudad dominada políticamente por el régimen monárquico francés de Napoleón III y disponía de ciertas bases en las que se podía asegurar la prolongación del antiguo régimen monárquico de política autoritaria. Con la llegada de Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica a México, como cabezas del Segundo Imperio Mexicano, la prensa que se dijo liberal como La Idea Liberal de Puebla, evidenció algunas polémicas en torno al Imperio. La angustia por la sobrevivencia de la República y la curiosidad que causaba la Monarquía, provocaron que el periódico manifestara tendencias políticas de conciliación y reacción al mismo tiempo. Este sería un periodo en el cual la prensa angelina tendría un matiz mayoritariamente político y de intermediarismo entre los grupos de poder político y el resto de la población.
Ya desde 1863, con la intervención francesa, la situación para el medio periodístico de la ciudad mostró una aparente inmovilidad que cambio a partir del 25 de junio cuando el mariscal Forey por orden del Ministro del Emperador, A. de Saligny, aplicó a la prensa mexicana el régimen establecido en Francia, el de una libertad razonable. Y aunque esa legislación otorgaba a la prensa la libertad y no el libertinaje, la misión de la prensa se redujo a ser siervo del gobierno y propagar “...las buenas ideas entre las masas, haciendo la guerra  a las utopías que las corrompen”.(1) Más tarde, con el establecimiento del gobierno imperial en junio de 1864, el archiduque dispuso, según las bases del nuevo orden político y en relación a la prensa, la emisión libre de las opiniones sobre los actos oficiales y el cese a la censura previa. Situación que cambiaría a partir del 10 de abril de 1865 cuando en el  Diario del Imperio se publicara el Decreto de Prensa del Estatuto de la Orden Imperial del Águila Mexicana.
Si bien por aquel decreto nadie podía ser molestado por sus opiniones y se permitía su impresión y circulación, este derecho se abolía cuando la ley prohibía atacar al Soberano y a los miembros del Imperio. Además, consideraba un abuso de libertad de imprenta, atacar la religión del Estado, incitar a la gente a la rebelión y provocar la desunión y desobediencia de leyes establecidas.(2) No obstante, pese a la adopción de ese sistema en las zonas controladas por el ejército imperial, nuevas y antiguas publicaciones arrancaron y continuaron su impresión y circulación en la ciudad y el resto del país.
En el transcurso del Imperio, la ciudad de Puebla saludó con interés aproximadamente ocho periódicos de matices oficiales, políticos y religiosos. De la mayor parte se tiene referencia a través de libros y periódicos de la época. La cantidad exacta de publicaciones que circularon durante aquel periodo se desconoce, sin embargo, tener conocimiento de la existencia de ese número de periódicos nos permite suponer la presencia de diversos canales de información. Las condiciones bajo las cuales trabajaron los periodistas, no fueron de absoluta libertad de imprenta, tampoco fue un contexto excepcional, pero sí revela que fueron esas mismas condiciones políticas las que provocaron su participación. Pues, desde la llegada de los emperadores a la ciudad de Veracruz, la crítica de la prensa hacia los actos del gobierno, se haría presente. Entonces la prensa habría señalado el frío recibimiento recibido por los emperadores y también habría dado “....cuenta de los gastos que se hicieron en los arcos y en los carros alegóricos...”(3)
Maximiliano pues, se hallaba en México y acogió en sus brazos un país cuya realidad política era un peso muy grande. Benito Juárez por otra parte, deambulaba en territorio mexicano y cargaba a hombros la subsistencia de un gobierno y una República. Los dos representaban autoridades liberales, los dos deseaban transformar la sociedad, los dos querían la reorganización del gobierno y los dos su civilización. Sólo que, uno lo deseaba bajo un régimen monárquico y el otro bajo un régimen republicano, pero ambos con doctrinas políticas liberales reformistas.
Ese contexto habría provocado que los periodistas de La Idea Liberal de Puebla como Manuel López y Rafael J. García, quien fuera gobernador del Estado de Puebla en varias ocasiones, adoptaran ciertas posturas políticas de anexión y rechazo a la monarquía, a la par de motivar los debates en torno a lo que resultaba conveniente al país.

El periódico

La Idea Liberal fue un periódico bisemanal de corte político y literario. Se publicaba todos los miércoles y sábados, en el taller litográfico y tipográfico del señor José María Osorio, ubicado en la Calle de Morados número 15 (hoy 7 oriente, entre las calles 2 sur y 16 de septiembre). Entonces la ciudad de Puebla era un sitio que no llegaba a más de 21 calles urbanizadas de oriente a poniente y 14 a lo largo de la parte norte-sur. Tan sólo disponía de 21 edificios y establecimientos públicos y de algunos barrios y ranchos. Sin embargo que existían 53 Iglesias y conventos, así como templos con sus colegios.  Esto nos permite suponer que el ambiente que rodeaba a la producción de La Idea Liberal un año después, fue muy tradicional y relativamente urbano.
A dos calles de la Plaza de Armas y a una de la Catedral, se localizaba el taller litográfico y tipográfico donde se realizaba el periódico. Este se encontraba aproximadamente a 150 metros hacia el oriente del río San Francisco, debido probablemente a que algunas de las prensas se movían con vapor y requerían de mucha agua para su función. Durante aquellos años, la población citadina se surtía de agua potable “...de una manantial situado a una legua (4190 metros) al Norte de la Ciudad y de otro cerca de San Francisco”.(4) Este último corría por la parte Nororiente de la ciudad.
Una de las calles donde existieron la mayor parte de las imprentas y que a la fecha existen, fue la calle antiguamente denominada de “Morados”.(5) La calle se ubica hacia el sur entre las calles del Hospitalito (hoy 2 sur) y de la Sacristía de la Concepción (hoy 16 de septiembre) y hacia el oriente sobre la de Morados (hoy 7 oriente) y paralela a las del Colegio de San Juan (hoy 5 oriente) y la Sacristía de las Capuchinas (hoy 9 oriente). 
Aunque del taller donde se redactaba e imprimía el periódico no se tienen referencias, la novela El Cuarto Poder de Emilio Rabasa nos permite suponer el ambiente que rodeó a los periodistas:

En el piso bajo de la casa en que el director vivía ocupaba la redacción un cuarto con ventana a la calle, desde el cual oíamos el ruido monótono de la prensa, que sonaba a intervalos regulares en una pieza interior (...) Dividía el cuarto una mesa grande y tosca colocada en el centro, sobre la cual muchos tinteros se habían volcado, según estaba la carpeta de emborronada y sucia; sin faltar, hacia los bordes, largas y angostas quemaduras, como de cigarrillos que se dejaban a un lado mientras se escribe, y arden olvidados hasta consumirse. La mesa era una confusión de periódicos, cuáles enteros, cuáles recortados por listas tijeras en momentos de apuro; los unos abiertos, los otros con fajilla intacta; cuartillas emborronadas, volando éstas al soplar el viento de la ventana, pegadas aquellas a la carpeta por un chorro de estearina de la noche anterior; y en medio de todo, como un señor absoluto y malhumorado un diccionario desencuadernado y con los cantos mugrientos (...) Media docena de sillas y un viejo estante de torcidos anaqueles, dormían pegados a la pared y llenos de polvo que nadie cuidaba de sacudir...(6)

Junto con los redactores también trabajaban en el taller, los gacetilleros, encargados de escribir la Gacetilla; los cajistas o formadores, quienes alineaban a mano en una caja los tipos de metal o de madera para su impresión, una vez que estaba escrita la cuartilla; el corrector de pruebas, precisaba los datos sueltos dejados por los redactores; el regente o administrador, vigilaba el proceso de producción; los prensistas, eran los encargados del tiro del periódico y los dobladores o enfajilladores, realizaban los dobleces del periódico y les ponían sus fajillas para repartirlos.(7) Fuera del taller, los voceadores desempeñaron una labor importante. Probablemente como en la actualidad sucede, éstos voceaban por las calles y esquinas la venta del periódico. Pregonando quizá  el encabezado del editorial o alguna noticia que permitiera atraer la atención del público.
Ya desde el año de 1862, el taller litográfico y tipográfico del señor José María Osorio hacía las veces de una imprenta, librería y papelería. Su dueño ofrecía desempeñar, “...toda clase de obras que se le confíen concernientes a dicho ramo, especialmente Tarjetas, Esquelas de difuntos, Anuncios de teatros, etc. Igualmente se hallarían, “...un buen surtido de libros elementales, papel pautado, estampas de todas clases, viñetas, cubiertas grandes y chicas, papel inglés azul y blanco, idem de música, de jaspe y de otras varias clases.”(8)

Al acercarse el fin de año, en el taller se imprimían calendarios arreglados al meridiano de Puebla. En La Idea Liberal se anunció la publicación y venta del segundo calendario para el año de 1865, en momentos que el redactor en jefe del bisemanario editaba un artículo en el que se exigía la validez de la Leyes de Reforma.(9) La imprenta también hizo las veces de un expendio para la  venta de otros periódicos y de sitio de suscripción de publicaciones de otros Departamentos, tal fue el caso de El Ultimo Mohicano de Zacatecas.(10)
Tres semanas antes de la publicación del decreto de prensa expedido por Maximiliano, el taller mudó de domicilio. El 18 de marzo de 1865 apareció en el bisemanario su nueva dirección, Santa Clara número 6 (hoy calle 2 norte, entre las calles 4 y 6 oriente). El nuevo taller se localizaba hacia el norte de la ciudad, a seis calles del primer taller, aproximadamente a 270 metros. Ver mapa 4 de la ciudad de Puebla. Si bien se desconoce la razón del cambio de domicilio, se tiene referencia que en el transcurso de cinco años (1862-1866), la imprenta tuvo tres oficinas. (11) Posiblemente el taller del señor Osorio llegó a tener éxito con su imprenta y hubo necesidad de buscar lugares más amplios, que le permitieran funcionar adecuadamente.
El uso de la litografía o grabado en plano que el señor Osorio ofrecía en su taller, respondía a una práctica común que se utilizaba en varios de los talleres de impresión del país durante el siglo XIX. Esta técnica se utilizaba para ilustrar los periódicos, libros, carteles, tarjetas, folletos y anuncios, entre otras cosas y en muchas ocasiones se incluían paisajes, caricaturas, retratos, flores y una gran cantidad de dibujos.
El uso de la técnica litográfica ayudó en la rapidez de las ilustraciones. Por medio de un lápiz graso -mezcla de cera, jabón, sebo y negro de humo- se pasaba por la superficie de la piedra una solución de ácido clorhídrico en agua gomosa. Esto hacía insoluble al dibujo, lo fijaba y al impregnar todos los lugares de la piedra litográfica recubiertas por el trazo lápiz, los inmunizaba a la acción de otros cuerpos grasos como la tinta de imprenta. Al esparcir ésta sobre la piedra, sólo se adhería a los rasgos del lápiz graso, el resto de la piedra embebida en agua la rechazaba. Finalmente, se aplicaba una hoja de papel y se pasaba bajo la prensa para tener la reproducción deseada. (12) De modo que los talleres litográficos y tipográficos, fueron negocios redituables que ofrecían sus servicios comerciales a otros periódicos, a más de imprimir libros de todo tipo, muy aparte de la filiación política del impresor.

Citas

1. SALIGNY, A. de, “Decreto sobre la prensa”, México 15 de junio de 1863, Boletín Oficial de la Prefectura Política del Estado de Puebla, T. I, Núm.1, Primera Sección, jueves 25 de junio de 1863, p.1.
2. Maximiliano, Diario del Imperio, Núm.86, T. I., Sección Parte Oficial, México, Lunes 10 de abril de 1865, p.1 (HyB-IDJMLM).
3. ACEVEDO, Esther, “La creación de un proyecto imperial”, en Testimonios artísticos de un Episodio Fugaz (1864-1867); México, Museo Nacional de Arte, Instituto Nacional de Bellas Artes, 1996, p.49.
4. TRONCOSO, Francisco P., Diario de las operaciones militares del sitio de Puebla en 1863, t.4, Puebla-México, Biblioteca Angelopolitana, Gobierno del Estado de Puebla, Secretaría de Cultura, 1988, p.16.
5. La calle de Morados recibió ese nombre en el siglo XVII, debido al vestuario todo morado que distinguía a los ocho mejores estudiantes de cada año que habían cursado en el Colegio de San Juan y habitaban en la casa localizada sobre la avenida 7 oriente, en LEICHT, Hugo. Las Calles de Puebla, Puebla-México, Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material del Municipio de Puebla, 1980, p.254.
6. RABASA, Emilio, El cuarto poder y Moneda falsa, México, Ed. Porrúa, 1985, pp.59-60.
7. TOUSSAINT Alcaraz, Florence. Escenario de la prensa en el Porfiriato, México, Universidad de Colima-Fundación Manuel Buendía, 1989, pp.60-61.
8. Boletín Oficial del Gobierno del Estado de Puebla, Núm..28, Sección Avisos, Puebla, 2 de julio de 1862, p.4 (AMHAP).
9. La Idea Liberal, Núm..3, Sección Avisos, Puebla, miércoles 9 de noviembre de 1864, p.4 (HJNT-BUAP).
10. La Idea Liberal, Núm..29, Sección Gacetilla, Puebla, sábado 11 de febrero de 1865, p.4 (HJNT-BUAP).
11. La primera dirección del taller litográfico de que se tiene conocimiento, fue la de Santa Domingo # 2 (hoy 5 de mayo entre las calles 4 y 6 oriente), en Boletín Oficial del Gobierno del Estado de Puebla, Núm..28, Sección Avisos, Puebla, 2 de julio de 1862, p.4 (AMHAP).
12. FINO, Frederick J. y HOURCADE, Luis A., Tratado de bibliología. Historia y técnica de producción de los documentos, Argentina, Castelvi, s.f.

lunes, 20 de diciembre de 2010

LA JUSTICIA DIVINA Y LA MONARQUÍA. El periódico La Sociedad, 1857-1864


Alejandra López Camacho

  
La marcha es lenta en verdad, y nosotros, átomos imperceptibles arrebatados por el torbellino, juzgamos eternos los periodos de terrible prueba; pero el Supremo Regulador del universo contempla el desarrollo de su obra como reunido en un solo momento, sin que nuestra impaciencia pueda apresurarlo jamás. El tiempo no pasa para El: Patines, quia Aeternus.(1)





Durante el Segundo Imperio Mexicano y aun desde 1857, la noción de “justicia divina” mantuvo estrecha relación con los principios inviolables y eternos procedentes de las leyes divinas. Dentro de esos principios y para el caso de México, esa justicia persiguió el establecimiento y funcionamiento de un gobierno que superior a las intrigas y al predominio de los partidos, mirara los méritos y no las opiniones,(2) respondiera a castigos y también a perdones divinos, a periodos de violencia y revolución y a periodos de arrepentimiento. Esto fundamentalmente implicó una cuestión de normas, de educación, de tradición, de formación, pero sobre todo, de creencias religiosas.
Lo anterior quiere decir que la justicia divina también se encargó de repartir periodos de violencia como parte de una sanción. Ordenaba la muerte de hombres y mujeres y provocaba una guerra como castigo a una acción humana contraria a su voluntad. Pero así también ordenaba el establecimiento de una monarquía en México como premio a un periodo de penitencia que desde la independencia se padecía.
Ahora, ¿por qué un régimen de gobierno monárquico representaría lo contrario a un castigo para México? Esencialmente porque este tipo de gobierno, afirmaban los conservadores que integraban el periódico La Sociedad, tenía “más de providencial que de humano” (3) y porque además respondía a la Historia y a la voluntad nacional. Siendo así, ¿qué era eso “providencial” que tenía la monarquía que colmaba los requisitos de una justicia divina? A decir de los periodistas, Maximiliano era un enviado de Dios que con su benevolencia y...


cariño hacia México, de que tenemos inequívocas pruebas, no siendo la menor el hecho de abandonar una posición envidiable, en la cual acaso estuviese llamado a ceñirse la diadema de Carlos V, para empuñar un cetro que de pronto sólo pueden hacer brillar las virtudes del príncipe, y cuya fortaleza no ha de venirle desde luego, sino de la mano que lo sostenga: prepararle, decimos, un recibimiento cual cumple al país a cincuenta años de agitación y combates sangrientos no han podido despojar por entero de su riqueza ni de los instintos nobles y generosos debidos a las razas que fundaron nuestra actual sociedad; un recibimiento cual cumple al país que orillado por sus errores y pasiones a un abismo de que nada en lo humano parecía capaz de apartarle, cifra en el hombre que llega a su playas, conducido por la mano de la Providencia, su postrera y única esperanza de salvación.(4)


A partir de esta cita podemos observar que una parte de lo providencial que tenía la monarquía tenía relación con los méritos, con la bondad, con la fuerza y seguridad del príncipe que venía a encabezar la monarquía, otra parte de ese providencialismo lo constituía el antecedente de Maximiliano. Es decir, el rango real que hacían del “rey una persona “sagrada e inviolable”” (5). Estos hechos otorgaban legitimidad al gobierno y confianza en el porvenir. Bien que esa legitimidad y confianza se transformarían, al cabo de un tiempo, en inseguridad, en guerra y violencia. Así pues, este apartado tiene por objetivo, plantear la problemática que enfrentó el término “justicia divina” durante el Segundo Imperio Mexicano. Es decir, el dilema en el que se hallaron los conservadores que integraban La Sociedad: entre sostener un gobierno por medio de las armas extranjeras, que era resultado de la justicia divina y un gobierno que se desploma una vez que se van las tropas extranjeras y el país se ve invadido de violencia política y militar.
Es necesario considerar que el grupo conservador que integraba La Sociedad era gente ilustrada, empresaria y sobre todo, católica, lo que hizo que su interpretación de “justicia divina” respondiera a esa posición y lo que al mismo tiempo provocó esa vacilación sobre el Imperio de Maximiliano que, aunque nunca se rechazó ni se negó, sí se llegó a cuestionar. En consecuencia la “justicia divina”, además de mantener relación con la Providencia, mantuvo estrecha relación con el castigo que implicaba violencia, con la penitencia que envolvía el sufrimiento y la corrección, pero también con el perdón a un acto no agradable a la Providencia, es decir, a las reglas que el orden divino establecía.
Dios era el único ser capaz de impartir una recta justicia. Así, dentro del gobierno de los hombres, la justicia divina estuvo conectada con la rectitud de esos mismos gobiernos que en última instancia eran instrumentos de la Divina Providencia. Diríamos en ese sentido, que el proyecto de justo gobierno para México y los mexicanos quedó ligado a valores religiosos, a decretos divinos, pero además, a una forma de gobierno que involucraba castigos y bendiciones.
Pero, ¿por qué para La Sociedad la monarquía era algo legítimo y parte de la justicia divina? Como se ha dicho al principio, si la Providencia era la única que tenía capacidad de saber lo que era justo para los hombres, entonces la monarquía representaba la bendición de Dios. Era, de acuerdo a una visión teológica del asunto, la suma de repartir premios y castigos divinos. Y es que la monarquía al ser una bendición también era una legitimación de Dios por varias razones. Primero, la Providencia era la única que, a juicio de los periodistas, conocía el porvenir de los hombres y de las naciones, lo que le otorgaba autoridad. Segundo, la Providencia constituía el único ser que podía concluir un periodo de castigo, de purgatorio en la tierra y en su caso, de bendecir y premiar. Tercero, la Providencia era la única que sabía lo que representaba un castigo y la magnitud del mismo, así como las etapas de prueba y bendición.
De este modo, si la primera mitad del siglo XIX era considerada por los periodistas como una etapa de castigo y violencia al no existir paz y orden, la monarquía era la bendición de Dios, el premio a tantos padecimientos de guerra porque Maximiliano tendría la misión de pacificar al país. Así, aunque parezca contradictorio, a los hombres sólo les quedaba aceptar y respetar esa justicia divina.

La fe y la piedad de los Soberanos resolverán sabiamente las cuestiones religiosas. En ellas no se buscan intereses materiales y perecederos, sino principios inviolables y eternos. S. M. sabrá conciliar los derechos todos y dejar indemnes la paz del Estado y la autoridad de la Iglesia, la conveniencia pública y el imperio de la conciencia, el deber y la utilidad. El asunto no es imposible al príncipe que ha contemplado y estudiado en Europa las ruinas de la revolución religiosa y las tareas reparadoras de la civilización moderna.(6)

Durante la primera mitad del siglo XIX, México atravesó por varias etapas de inestabilidad política: entre el periodo de independencia, el Imperio de Iturbide, los sistemas republicanos, federales y centrales y siete constituciones, esto fue considerado por los periodistas, como una etapa de prueba, más aún, de condena divina. Y era así, decía La Sociedad, porque los mexicanos después de su independencia, necesitaban atravesar determinadas experiencias violentas y arbitrarias que les permitieran observar, al paso de los años, que finalmente la monarquía era resultado de una justicia y bendición divinas. Ante esto los periodistas consideraron que la Providencia había decidido poner fin a esa etapa de prueba y sanción.
La justicia divina se revelaría y manifestaría entonces a través de ciertos hombres como José María Gutiérrez de Estrada, principal cabeza que apoyó la instalación del Imperio y quien gozó del aprecio de los periodistas de La Sociedad. Éste sería uno de los elegidos de la Providencia (7). ¿Por qué? Fundamentalmente porque había sacrificado su vida y sus bienes en favor del establecimiento de una monarquía en México. Gutiérrez de Estrada, hombre que propuso la instalación de una monarquía en 1840, fue desterrado de México por la misma circunstancia. No obstante, en su destierro continuó su labor monarquista. Esta actitud le otorgó un carácter de mártir, pero al mismo tiempo de Mesías y en los discursos periodísticos de La Sociedad esa cualidad representó un sacrificio, un sufrimiento merecedor de agradecimiento hacia aquel que había sido instrumento de la Providencia e “instrumento de la salvación de su patria” (8). Así, finalmente se consagraba a la patria la vida de un hombre que había sido abnegado, desinteresado y puro de intenciones.   

Los hombres que la Providencia elige para llevar a acabo sus altos fines, no son en realidad sino instrumentos humildes de ella. Más no es pequeña honra la de haber sido hallado digno de esa elección, y haber recibido con preferencia a los demás las altas prendas, la energía, la constancia y todas las otras virtudes que en tanto grado  son necesarias para la ejecución de empresas graves y difíciles. Precisamente la reunión de esas cualidades; ese sello, digámoslo así, de la Providencia es lo que construye un grande hombre, le hace sobresalir entre sus semejantes, y le obtiene la admiración de los siglos.
Al contemplar el maravilloso cuadro de los sucesos que por tan extraños caminos han venido a terminar en el establecimiento del trono mexicano, es imposible olvidar el nombre de quien ha contribuido, más que nadie en el mundo, a la realización de tan espléndido resultado: el nombre del Sr. Gutiérrez de Estrada. Ha sido necesario el transcurso de un cuarto de siglo de horribles padecimientos y durísimos desengaños, para que los mexicanos hayan abierto los ojos a la luz y comprendido lo que esa clara inteligencia vio y anunció desde entonces; que la salvación del país sólo podía hallarse en el establecimiento de la monarquía. (9)
 
Cabe señalar que para los periodistas de La Sociedad, la monarquía, además de ser resultado de la justicia divina, era resultado de la voluntad nacional. Sobre esto último afirmaban que “Dios para sus grandes fines se digna de valerse de medios humanos; y manifiesta, por decirlo así, su respeto a la libre voluntad del hombre, asociándola a sus designios: guardémonos, pues, de contrariarlos” (10). Esto quiere decir que fundamentalmente era el dedo de Dios el que señalaba los caminos a seguir y los gobiernos de la tierra solo eran “pequeños resortes que obedecen al impulso secreto de la Providencia” (11).
En consecuencia, para la Providencia los hombres sólo eran sus instrumentos de justicia o de venganza, de sacrificio o de pureza, de violencia o abnegación, de castigo o de obediencia, algo así como sus marionetas con las cuales podía alegrarse o irritarse. Esta idea que había estado presente en momentos posteriores a la revolución de Ayutla, fue recuperada en 1864 con la llegada de los emperadores a México. Entonces se juzgó que la razón humana no había sido apta para penetrar en la misteriosa y benéfica oscuridad del porvenir. Y es que el porvenir lo determinaba la Providencia, ese “Árbitro infalible” que podía permitir el bien y el mal.

Jamás la Providencia queda inferior a sus medios: siempre los proporciona al fin que se propone. Si ha elegido a un hombre para salvar a un pueblo, no le negará su auxilio: iluminará su inteligencia y dará fuerza a su brazo. La admirable serie de sucesos que rápidamente hemos trazado, nos asegura de que la Providencia ha querido poner término a nuestros padecimientos. (12)

En principio la Providencia era la encargada del destino de la humanidad, la que determinaba los grandes acontecimientos y la que como un favor especial hacia los hombres, no había permitido el completo triunfo de la demagogia durante la primera mitad del siglo XIX. Aunque no por esto desde 1857 la demagogia había dejado de, “ultrajar el dogma católico, de mancillar la santidad de la Iglesia, de perseguir a la virtud, de barrenar las leyes divinas y humanas, de relajar la moral, de viciar los instintos generosos de nuestro pueblo, de abrir una pugna entre las potestades civil y eclesiástica, de poner en contradicción los intereses morales con los materiales, y de perturbar hasta la paz doméstica” (13).
La monarquía en consecuencia representó una proposición racional y justa porque consolidaba el orden, la paz y el establecimiento de una justicia por mucho tiempo olvidada. La mano de la Providencia intervenía para poner fin al padecimiento y castigo de muchos años y para premiar y hacer justicia entre los hombres.

...y que días más felices comienzan ya para nosotros. No volverá la discordia civil a ensangrentar nuestros campos y ciudades; no se escuchará ya el gemido de la inocencia oprimida y del honor ultrajado; el incendio y el robo no destruirán en un día el fruto de una vida entera de probidad y trabajo, y el gobierno no será como hasta aquí el mayor enemigo del Estado. La paz, ese bien, el primero de todos, que la infeliz generación actual no ha conocido, cicatrizará todas las heridas, enjugará todas las lágrimas, dejará oír la voz de la justicia tanto tiempo olvidada, y traerá consigo el orden, la abundancia, la moralidad, el progreso que inseparablemente la acompañan. (14)
           

Ahora, si durante los dos primeros años del imperio hubo paz y justicia, para 1866 las dudas sobre este gobierno se hicieron presentes. Hubo que justificar en aquel momento la intervención francesa y la partida del ejército francés, pero sobre todo, la política liberal que Maximiliano había adoptado, posiblemente con la finalidad de hacerse de más adeptos y de que el gobierno imperial no quedara solo. “La nación, decimos caminaba hacia el precipicio, por sus propias faltas y las ajenas. El gobierno imperial lo ha conocido y trata de evitarlo combinando de ruta. ¿Logrará salvar al país?”(15) Ante esta incertidumbre cabe plantearse lo siguiente, ¿dónde permanecía la justicia divina en el ocaso del Imperio? Podría responderse que en la fe que tenían los periodistas en el porvenir y en las acciones de los hombres ilustrados que elaborarían leyes justas.

Y aquí debemos hacer una confesión con la franqueza que nos es habitual. Cuando oímos decir que el Soberano llamaba a los conservadores a su gabinete, temimos, atendiendo a que muchos de ellos habían ocupado puestos públicos bajo la política anterior, que ciertamente no era la suya, y a que el Emperador ha demostrado profesar ideas contrarias a las que estaban en vísperas de ser adoptadas, que el cambio fuera simplemente nominal y sin más resultado que la nulificación de unas cuantas individualidades y el desprestigio de los principios representados por ellas. También temimos, ¿por qué no decirlo? Que del extremo llamado liberalismo, no por el carácter de los individuos nuevamente entrados al poder, sino por la fuerza de las circunstancias que en política imponen ordinariamente a los hombres la ley centrífuga del péndulo, que a la distancia a que ha llegado de un lado va del otro; que del extremo, repetimos, del llamado liberalismo, se fuese a dar a los confines de la arbitrariedad y la violencia, nocivas siempre y reprobadas de todo ciudadano honrado, sean cuales fueren sus pretextos. La atenta lectura del programa nos ha desengañado y tranquilizado bajo uno y otro respecto. El Soberano ha adoptado y pone en práctica el plan de los nuevos ministros, y el plan mismo, en vez de abrir la puerta a la arbitrariedad, tiende a extirparla apoyándose en la justicia y el respeto a las garantías sociales. Ese plan no es obra de un partido, ni de partidarios de tal o cual escuela política; es obra de hombres ilustrados y bien intencionados, y no podrá hallar adversarios sino en las filas de la anarquía, entre los enemigos de la independencia nacional. (16)

Así fue necesario fabricar un discurso de justificación de la política de Maximiliano y de la actuación política de los conservadores que le habían apoyado. Se trataba de proteger la acción política de los hombres ilustrados y bien intencionados que habían sido elegidos por Dios para salvar la independencia de México y la soberanía nacional. Para tal caso fue necesario construir un discurso que otorgara legitimidad política al Imperio y a las acciones de los conservadores.

...sea cual fuere el resultado de la nueva marcha, y aun cuando no se obtuviera con ella la salvación de México, ese resultado no sería estéril del todo ni para el país ni para la comunión política que profesa las ideas que van a ser puestas en práctica. El país hallará tregua en sus padecimientos con la aplicación de las reglas de la justicia y la cordura, cuya bondad no es relativa, sino absoluta, en todas épocas y circunstancias. En cuanto a los conservadores, si la situación se hubiera de hundir con ellos, sería por causas superiores a su voluntad y a su esfuerzo, y ellos siempre habrían aparecido ante la nación y ante el mundo, no con el carácter despótico, sanguinario y bárbaro que han querido suponerles sus enemigos, sino como ciudadanos ilustrados, exentos de odio, observantes y protectores de las garantías que constituyen la verdadera libertad, partidarios del bien público y de todo progreso que no consista en resolver y destruir, y patriotas en la medida del sacrificio de sus fortunas y personas y hasta del porvenir de sus familias. (17)


            Como puede apreciarse la actitud política de los conservadores y del establecimiento del Imperio nunca se desprendió de la Divina Providencia. Ahora, el carácter defensivo de los conservadores respondió sobre todo a sus buenas acciones, a practicar el bien público, a contribuir con una monarquía para el progreso de México, a ser, en pocas palabras los hombres seleccionados por una divinidad para establecer la paz y no la guerra. Y es que, por medio de los hombres que habían invitado a Maximiliano a gobernar los destinos de los mexicanos, la justicia divina se había hecho presente. Así llegamos a plantear lo siguiente, ¿los árbitros infalibles fueron los conservadores que planearon la empresa monárquica o fue la Divina Providencia? ¿Fue bueno o malo el establecimiento del Imperio en México?
            Si bien los planteamientos anteriores están envueltos en un dilema, puede sugerirse que para La Sociedad el imperio nunca fue algo negativo, ni irracional, sino algo que correspondía a la Historia y a los designios de un Ser Supremo. No obstante, cuando los conservadores observaron que las políticas de Maximiliano tendían hacia el liberalismo y no al conservadurismo, lo que intentaron fue conjugar una idea de monarquía en unidad del liberalismo y ya no una idea de una monarquía ligada exclusivamente a principios conservadores. Esto de alguna forma irrumpía con el pensamiento de que, monarquía no implicaba liberalismo en México, aunque sí en Europa. A lo cual, dice Edmundo O’Gorman, “en México, a la inversa de la Europa del siglo XIX, monarquía y liberalismo fueron, por motivos históricos insuperables, conceptos antitéticos irreductibles, y no debe sorprender la ceguera de un Napoleón III y de un Maximiliano respecto a esa contradicción.”(18)  
            Sobre este punto es importante enfatizar que durante la década de los cuarenta del siglo XIX los alegatos en torno a la instalación de un sistema de gobierno monárquico en México ya proponían la adopción de una monarquía constitucional, representativa y con príncipe extranjero. Entonces, en el periódico El Tiempo “se desató una bien organizada campaña  periodística inspirada por don Lucas Alamán y cuya finalidad era inclinar la opinión pública clara y decididamente en pro del régimen monárquico.”(19) Sin embargo la gran diferencia radicaba en que entonces la instalación de esa monarquía debía quedar sólo en manos mexicanas y sin intervención extranjera. Ahora ¿hasta dónde este proyecto de gobierno monárquico se diferenciaba del de Maximiliano? Primero, entonces no se deseaba una intervención, aunque sí la venida de un príncipe extranjero de sangre real. Segundo, no obstante que este proyecto de gobierno rompía con la tendencia conservadora que había propuesto años antes, por Gutiérrez de Estrada, la instalación de una monarquía, el proyecto quedó en el papel, debido a que no existió el suficiente apoyo económico y político. Y es que, de ser apoyada esa monarquía habría sido el primer intento de un proyecto monárquico liberal, sin embargo nunca se practicó. De ahí que los conservadores de la década de los 1860s pretendieran conjugar, en los hechos, la idea de una monarquía en unidad del liberalismo. 
En consecuencia la justicia divina fue asumida en función de un orden divino capaz de cambiar la faz de las naciones, aunque a su vez de un orden humano capaz de actuar, pero cuya razón resultaba débil para comprender los designios de la Providencia. Sin embargo, los periodistas consideraron que no todos los hombres concebían los actos humanos en función de una intervención divina, de ahí los periodos de castigo y de que pagaran justos por pecadores. “Ensorbecidos (sic) los hombres al contemplar lo que consideran como obra suya, no están dispuestos a comprender y confesar que esa obra no les pertenece; y que cuando se juzgan soberbiamente autores, no son más que instrumentos humildes de una Providencia altísima...”(20) Esto en definitiva hacía ver que los hombres sólo respondían a designios divinos.
Ante este panorama y desde la perspectiva política de este grupo conservador cabe preguntarse lo siguiente: ¿por qué la Providencia Divina espero hasta 1864 para hacer justicia?, ¿por qué permitió tantos años de castigo? Si bien las respuestas a estos planteamientos implican un dilema para el historiador que solo halla respuestas a partir de los actos de estos hombres y de otros que participaron en la empresa monárquica, probablemente este tipo de planteamientos también fueron un dilema para los mismos periodistas que intentaron justificar hechos humanos a partir de hechos divinos. Pues, que otra forma podría servir para justificar y legitimar política y socialmente el establecimiento de una monarquía, sino a partir de la Historia, de la tradición y de las creencias religiosas de las cuales la mayor parte de mexicanos admitía.
Así, finalmente preguntaríamos, ¿qué contradicciones enfrentaron los periodistas después de justificar el Imperio como justicia divina? En primer lugar, a la gran contradicción que involucra los designios divinos y la voluntad nacional. Es decir, la monarquía quedó encerrada entre el proyecto de nación de un grupo conservador, la justicia de Dios y lo que quería la voluntad nacional. Otra contradicción fue la justificación del Imperio a partir de una justicia divina, pues, ¿no acaso la empresa monárquica fue proyecto de un grupo conservador y de Napoleón III? Así concluimos diciendo que el Imperio sólo fue resultado de los intereses coyunturales de unos hombres que apoyados por Napoleón III hicieron realidad un proyecto de nación que relacionaron con una tradición, con una solución a los problemas de México, pero sobre todo, con una bendición divina.

 

 

CITAS


1.       ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.

  1. MONTERDE, 1864, p. 1.
  2. Ibidem.
  3. ROA, 1864, p. 1.
  4. O’GORMAN, 1969, p. 17.
  5. MONTERDE, 1864, p. 1.
7.       José María Gutiérrez de Estrada (1800-1867), “Entró al servicio exterior, fue senador y fue desterrado por la Ley el Caso. Federalista moderado, ocupó el Ministerio de Relaciones en 1835, pero renunció al cargo cuando se percató que los pronunciamientos que apoyaban el cambio de sistema, no eran resultado de “voto libre y espontáneo”, después de su renuncia partió a Europa y consternado por los acontecimientos de México, propone la monarquía en 1840, en VÁZQUEZ, 1999, pp.125-126.
8.       ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.
  1. Ibidem.
  2. Ibidem.

11.    VERA, 1858, p. 1.

  1. ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.
  2. VERA, 1857, p. 1.
  3. ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.
  4. ESCALANTE, 1866, p. 2 y 3.
  5. Ibidem.
  6. Ibidem.
  7. O’GORMAN, 1969, p. 83.
  8. Ibidem, p. 31.
  9. ESCALANTE, 1864, pp. 1 y 2.

 

HEMEROGRAFÍA


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1866 “Actualidades”, en La Sociedad, México, Martes 25 septiembre, Sección La
Sociedad, T. IV, Núm. 1170, p. 2 y 3.
MONTERDE, Sebastián
1864 “Cumpleaños de S. M. el Emperador”, en La Sociedad, México, miércoles 6
de julio, Sección Editorial, México, T. III, Número 381, p. 1.
ROA, Bárcena J. M. (Autor editorial)
1864 “La venida del soberano”, en La Sociedad, México, Domingo 21 de febrero,
Sección Editorial, T. II, Núm. 248, p. 1.

VERA Sánchez, Francisco (Editor responsable)

1858  “El porvenir. ¿Quién penetra en ese inmenso horizonte, en ese abismo sin

fondo que se llama el porvenir?”, en La Sociedad, México, miércoles 3 de febrero, Sección Editorial, T. 1, Núm. 35, p. 1.

VERA Sánchez, Francisco
1857 “Segunda época de La Sociedad”, en La Sociedad, México, Sábado 26 de
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