sábado, 14 de septiembre de 2013

La idea de independencia y el orden divino. El periódico La Sociedad de la ciudad de México, 1864-1867.


 por Alejandra López Camacho

Artículo publicado en la revista Letras Históricas de la Universidad de Guadalajara.  

Resulta interesante y a la vez revelador, analizar la idea de independencia a través de una publicación que favoreció el establecimiento de una monarquía en México en 1864, sobre todo por mano de un ejército invasor y en una época donde la situación política del país se debatía entre dos formas de gobierno.
Así, empezamos este trabajo diciendo que la Independencia y su consumación, conmemoradas el 16 de septiembre por orden del gobierno imperial, era un grato recuerdo de entusiasmo y júbilo para los periodistas de La Sociedad. [1] Desde la aparición del diario asomaron en sus páginas constantes votos por su aniversario. Esta era una fecha memorable y embrollaba un hecho azaroso cuando la metrópoli pareció “llamada a elevados y gloriosos destinos.”[2]
Acercarse a la interpretación de la idea de independencia manifestada en el diario y en los años que van de 1864 a 1867 representa recapacitar en el tipo de personas que escribían en la publicación. Representa además, reflexionar sobre los principios conservadores y monarquistas que sostenían la publicación y desde luego, reparar en que las creencias católicas y el poder religioso no estaban desprendidas de la política mexicana.
Sobre la vigencia del monarquismo en México durante el siglo XIX, es importante hacer un paréntesis de lo ocurrido entre 1821 y la época en que circuló La Sociedad. Esto nos permitirá explicar el monarquismo defendido por los periodistas como opción política.

Una antigua institución, la monarquía.

Tras la independencia de lo que hoy llamamos México, esto es, a principios del siglo XIX, los grupos políticos se encontraban divididos en dos posibilidades o proyectos de construcción del Estado-nación. De una parte se hallaban los grupos que apoyaban un sistema de gobierno republicano y de otra los que apoyaban la monarquía. Es decir, en el ambiente político permanecían dos ideas o imágenes de la políticas a seguir: la de las modernas facciones inclinadas hacia el federalismo y el republicanismo y la de las facciones tradicionalistas legadas por la colonia que si bien aceptaban las ideas liberales y el sistema republicano, también se veían inclinadas hacia la tradición política española. Veamos la naturaleza de estas dos posibilidades.
En un trabajo de hace algunos años, Edmundo O’Gorman consideraba que tras la consumación de la independencia de México, la gran diversidad de tendencias políticas: entre liberalismo radical y tradicionalismo, republicanismo y monarquismo, sus extremos y grados, existían como referencia política dos proyectos. Esta bifurcación de posibilidades, asegura O’Gorman, partían del Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana sancionada en Apatzingán el 22 de octubre de 1814, conocida como Constitución de Apatzingán  y del Plan de Iguala de 1821.
La Constitución de 1814 abría las puertas a la modernización política hacia una forma de gobierno que si bien no se manifestaba como república, si lo hacía como Supremo Congreso Mexicano. Aunque este texto constitucional no entraría en vigor, sí delinearía la futura forma de gobierno con una división de poderes basada en tres funciones: el poder Legislativo representado por el Supremo Congreso, poder Ejecutivo encabezado por el Supremo Gobierno y el poder Judicial representado por Supremo Tribunal de Justicia. Esto es, habría delimitado las bases del programa republicano.
Ahora, las dos posibilidades políticas planteadas por O’Gorman claramente se distinguen en este primer periodo del siglo XIX, sin embargo ¿qué pasaba con los sectores políticos partidarios de la preservación del Antiguo Régimen que se percibían distantes del liberalismo? Si bien los absolutistas mexicanos aprobaron el establecimiento de Agustín de Iturbide, esto fue una medida para desconocer el gobierno constitucional de España y para formar un gobierno absolutista con príncipe español, aunque utilizando un príncipe americano de apariencia. De ahí que, dice Manuel Calvillo, es una hipótesis muy aventurada sostener que Iturbide obró conforme su sólo juicio.[3] Es decir, que los realistas, principalmente europeos que apoyaban la instauración del Imperio de Iturbide, respondían a la posición absolutista de Fernando VII, más aun cuando decreta la nulidad de la Constitución de 1812.  “El real decreto se publicó en México, parcialmente, en la Gaceta del 13 de agosto de 1814 e íntegro en la del día 17.”[4]

Para el rey (Fernando VII) [...], el delito y culpa mayores de los diputados y liberales, y el agravio más profundo que le habían inferido, era el haberlo despojado de su soberanía. Su concepto de la soberanía no era por cierto anacrónico, al menos no tanto como la idílica restauración de las leyes fundamentales de la monarquía y las Cortes que ofrecía convocar de acuerdo con ellas.[5]

Lo anterior es importante señalarlo en la medida que permite observar la reacción de aquellos independentistas que apoyaban un sistema político moderno y constitucional, y la de aquellos que apoyaban la independencia, pero bajo un anticonstitucionalismo y con miras a instalar un régimen de gobierno monárquico. Esta situación política abriría brechas hacia el republicanismo y el monarquismo, el federalismo y el centralismo, liberales y conservadores y sus medias tintas. Fisuras que a su vez darían paso al sostenimiento de una legitimidad afianzada en valores tradicionales, que no a la permanencia, y otra que se fortalecía con la renovación política.
Sin embargo, la jura de la Constitución de Cádiz por Fernando VII en el año de 1820, hizo que en México, las tendencias antiliberales apoyaran el establecimiento del Imperio encabezado por Iturbide, para evitar la implantación en México del constitucionalismo español. Cabe señalar, utilizando palabras de Calvillo, que “los antiliberales y los independentistas coincidían en separarse del gobierno constitucional de España, incluso los diputados mexicanos a las Cortes de Madrid, confiaran o no en Iturbide, y aprobaran o desaprobaran su proyecto.”[6] Es decir, más que plantear la posibilidad de un gobierno republicano o monarquista, la prioridad en ese momento era la independencia de España y, en concreto, de un gobierno constitucional español que resultaba contrario a los proyectos políticos perseguidos por ambos sectores para la nueva nación independiente.
El Plan de Iguala enunciado el 24 de febrero de 1821, proclamaba en primer lugar el cuidado de la religión católica, luego la independencia y, finalmente, el establecimiento de un gobierno monárquico encabezado, por Fernando VII o en su caso algún descendiente de la dinastía. Se solicitaba además, un monarca ya hecho y de antecedente real, pero mientras esto se resolvía una Junta o Regencia mandaría a nombre de la Nación y un Ejército de las Tres Garantías cuidaría que se cumplieran los artículos propuestos por el Plan de Iguala. Iturbide aparecía como primer jefe de este ejército, sin embargo, ¿quién encabezaría la Junta que gobernaría a nombre de la Nación?, ¿por qué Fernando VII gobernaría estas tierras?, ¿qué tipo de independencia resultaba de esto?
Si bien el Tratado de Córdoba de 25 de septiembre de 1821 sería más claro y ya mencionaría la independencia del Imperio Mexicano, nuevamente se llamaba a reinar a Fernando VII o a alguno de la [7] Bien que una vez instalado el imperio aparecería de nueva cuenta la tentativa del gobierno republicano.
dinastía, no obstante quedaba lugar a que las Cortes designaran a otra persona en caso de que alguno de éstos renunciaran. El Tratado sería rechazado por España y esto aniquilaría la posibilidad de la venida de un “monarca ya hecho”. Sin embargo esto mismo abrió las puertas a Iturbide y a la consumación de la independencia, pues en caso de que Fernando VII o alguno de la dinastía no aceptara el trono de México, “el congreso mexicano designaría a la persona del emperador, aunque no fuera un individuo de casa reinante, situación que se ha querido interpretar  a favor de la posible coronación de Iturbide.”
El imperio de Agustín de Iturbide respondía a una tradición política, aunque también a un rechazo del constitucionalismo español y a una actitud de España que forzó las circunstancias. En última instancia el Imperio implicó “el reconocimiento de la independencia mexicana por parte de la máxima autoridad española en la Nueva España y, en ese sentido, supuso un instrumento jurídico útil para apagar la resistencia de las autoridades realistas de la ciudad de México y permitir la entrega pacífica del mando a las autoridades mexicanas.”[8] Pese a esto, pronto salió a relucir que el imperio de Iturbide sería considerado ilegítimo por amplios sectores de la sociedad mexicana debido a varias razones: su gobierno carecía de consenso; existía arbitrariedad en la elección; Iturbide carecía del rango real, y, finalmente, el emperador no podía reducirse a la autodesignación.[9]
Cabe señalar, sin embargo, que el Congreso se reservó para sí la soberanía nacional, sancionaría las Bases Constitucionales del Imperio de 1822 e intentó quitarle a Iturbide el poder que detentaba, lo que provocó un enfrentamiento entre poderes. De ahí que cuando Iturbide abdica el 20 de marzo de 1823, tras multiplicarse las revueltas en su contra, el Congreso nombra un Ejecutivo provisional, el Triunvirato o Supremo Poder Ejecutivo integrado por Pedro Celestino Negrete, Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo, cuyo propósito fue negar la abdicación de Iturbide y decretar nula su coronación, “puesto que la existencia toda del Imperio era producto de la fuerza y por tanto ilegitimo.”[10] Con la sanción de las Bases de 1822...

se pretendió evitar la existencia de un monarca absoluto, pero el Congreso al desconocerlos dio lugar a un Congreso Absoluto. Las dificultades aumentaron al sumarse a la vida política mexicana, por ese tiempo, agentes extranjeros promotores de conspiraciones republicanas como Miguel Santa María o los diputados mexicanos que regresaron de España, como Miguel Ramos Arizpe y Mariano Michelena, quienes organizaron o ingresaron en las logias del rito escocés, principales centros de oposición a Iturbide.[11]

Aquella nulidad, ligada al establecimiento de las logias del rito yorkino en las provincias del norte como medida de oposición del Imperio,[12] más el decreto que declaró que la nación estaba “en absoluta libertad para constituirse como le acomode”,[13] permitieron la puesta en marcha de la Primera República Federal encabezada por Guadalupe Victoria en el año de 1824 y cuyo célebre ejemplo lo constituían los Estados Unidos. Las tendencias republicanas asumieron que ese sistema atendería una necesidad primordial del país: la gran diversidad de intereses regionales. El federalismo ayudaría a establecer la libertad legislativa necesaria para cada territorio, además de cubrir con los requisitos legales necesarios para proporcionar toda la legitimidad al gobierno. ¿En qué sentido? Fundamentalmente en el reconocimiento de un gobierno que era producto de la soberanía nacional y con el establecimiento de una Constitución que reconoce la existencia de un conjunto de poderes estatales y de un poder federal, entre otras cosas. Aunque a decir de Silvestre Villegas, el federalismo “en la realidad fue utilizado por diversos individuos interesados en fortalecer su autonomía de acción frente a las autoridades de la capital, excusándose en lo negativa que había sido la influencia cultural y política que siempre ejerció el centro del país respecto a las diversas provincias.”[14]
Pese a esto las tendencias tradicionalistas y monarquistas insistirían en el establecimiento de un régimen de gobierno monárquico en aras de otorgar un sistema político con legitimidad. Es decir, un gobierno que respondiera a la historia, al pasado, a lo conocido y a esa tradición monárquica que había gozado de la suficiente aceptabilidad y respeto por más de cuatrocientos años. Bien que en ese objetivo estaban fincados los intereses económicos, políticos y culturales de estas tendencias. Baste subrayar que a lo largo del siglo XIX existieron varias tentativas monárquicas.[15] Ahora, ¿por qué para estas tendencias la monarquía y no la república proporcionaría la legitimidad política en México? Principalmente porque lo republicano y, en particular, el federalismo invitaban a la democracia y...

 “democracia” remitía a la anarquía, a los cambios violentos, a la división, a la sangre, al desorden, a la falta de autoridad y en definitiva, a la ruina y establecimiento de un elemento confuso en la marcha del gobierno y de la sociedad.[16]    

Los años venideros, hasta 1846, donde están presentes los ensayos republicanos y centrales, la elaboración de los textos constitucionales de 1836 y 1843, la pérdida de Texas y su anexión a los Estados Unidos, además de la ambición del vecino país del norte que con pretextos de una guerra absurda, pretendía aprovecharse de la debilidad del gobierno mexicano y hacerse de la Alta California, Arizona y Nuevo México, hicieron que ciertos partidarios del establecimiento de una monarquía en México, como José María Gutiérrez de Estrada, José Manuel Hidalgo y el padre Francisco Javier Miranda, entre otros, promovieran con mayor insistencia el proyecto monárquico en México como medio de establecer el orden y salvar al país del peligro que representaba su inestabilidad política. [17]
Cabe señalar que ya desde 1846 el partido conservador había anunciado su ideario político en el periódico El Tiempo.[18] Entonces Lucas Alamán expuso el proyecto conservador y diría que México requería del establecimiento de una monarquía con príncipe extranjero y de estirpe real, aunque sin intervención, como medio de frenar el expansionismo norteamericano. Plantearía además la teoría de que la república implicaba intervención extranjera y división, mientras que la monarquía constituía la unidad, el orden, la conservación de la religión católica, las tradiciones y la presencia de una aristocracia de mérito personal. Ahora, entre 1847 y 1848 el federalismo enfrentó la invasión norteamericana y la pérdida de territorio mexicano, lo que sirvió de ofensiva por parte de los conservadores para llevar a cabo una embestida monárquica. Y para tal efecto el periódico El Universal fue la bandera de aquellos ideales. 
Desde la mirada conservadora, la patria se encontraba en caso de vida o muerte, de ahí que México precisara de un régimen fuerte con capacidad de salvarle de la tiranía norteamericana. Así se llegó a considerar en la década de los cincuenta que el establecimiento de una dictadura salvaría al país y quien mejor para encabezarla que Antonio López de Santa Anna. Lucas Alamán (conservador) y Miguel Lerdo de Tejada (liberal) escribirían en tal caso sus respectivas propuestas a Santa Anna tras ser electo presidente por el término de un año según el Plan Arroyo Zarco de 20 de octubre de 1852.[19] Alamán solicitaría el cese del federalismo, la conservación de la religión católica, el establecimiento de una nueva división territorial que borrara la forma de estados y el fortalecimiento de escuelas de Artes y Oficios. Lerdo de Tejada por otra parte demandaría  la continuación del sistema federal, la formación de un buen ejército, la instrucción para el pueblo y la corrección de los abusos del clero.[20]
Vemos pues que a lo largo del siglo XIX y hasta la década de los años 60, la lucha política entre las diferentes facciones se concentraría alrededor del establecimiento de un sistema federal y un sistema central. Sin embargo, el monarquismo mexicano no dejaría de estar presente como una corriente política que constituyó una opción política, pero que, a partir de 1846, se adjudicaría a una corriente política conservadora.

La idea de independencia y el orden divino.

Si bien los años de 1864 a 1867 representan el periodo cuando Maximiliano de Habsburgo se encuentra en México al frente del gobierno monárquico, es igualmente el periodo cuando Benito Juárez deambula por varios estados tratando de defender y establecer el gobierno constitucional republicano. En sí los años anteriores al establecimiento del Segundo Imperio fueron años donde el sistema político mexicano atravesó por varios procesos de inestabilidad política. Desde la promulgación de la Constitución de 1857, la serie de polémicas en torno a la misma y que coronaron en la aparición del Plan de Tacubaya que desconoció aquella legislación, la guerra de Tres Años y el periodo cuando estarían en el poder Benito Juárez, Félix Zuloaga y Miguel Miramón. Y en el transcurso de ese tiempo, periódicos de tendencia conservadora como La Sociedad aparecieron con un propósito: contribuir en la construcción de la legitimidad política de México, para cortar el mal hecho por la demagogia que había aplaudido la Constitución y había arrastrado a la nación a una guerra social, según determinaron los periodistas el 27 de diciembre de 1857, fecha de reaparición del periódico.[21]   
La Sociedad, cuyo subtítulo era Periódico político y literario, fue una publicación conservadora, según dijo El Monitor Republicano, aunque a su vez, de ideas rancias y fanáticas, anunció José María Iglesias en Las Revistas históricas sobre la intervención francesa.[22] La Sociedad, como uno de tantos diarios de la época, no es una ventana a realidades objetivas, por el contrario, es un medio de acceso a la cultura del diálogo político, a las ideas, palabras y conceptos que definieron una época y una tendencia política monárquica y conservadora. Expresa las particulares realidades versátiles de los hombres que integraron este órgano de difusión y enuncia las formas de concebir el porvenir, ligado a ciertos principios de autoridad y moralidad que funcionaron como ejes de esas realidades.
Sus impresores, José María Andrade y F. Escalante fueron destacados personajes que estuvieron relacionados con los libros y los diarios de la época. A ellos se debe la impresión de algunas obras como la Obra poética de don Manuel Carpio (1860), el Diccionario Universal de Historia y de Geografía (1853-1856) coordinado por Manuel Orozco y Berra y la impresión del periódico La Cruz (1855), publicación de religión y política, entre otras cosas.
Así tenemos que las páginas del diario manifiestan una preocupación política de la época y de la prensa conservadora: conciliar la armonía entre la Iglesia y el poder temporal; entre los representantes de Dios en la tierra y los hombres que legislaban; entre lo divino y lo humano, la sociedad y los gobiernos. Si bien los editoriales manifiestan una postura conservadora y partidaria del establecimiento de un gobierno bajo el amparo de la Providencia, es importante enfatizar que durante este periodo, el deseo de legitimar un sistema político y unas creencias religiosas no fueron exclusivas de La Sociedad, también intervienen otros periódicos conservadores de la época como El Pájaro Verde y La Cruz.
Durante las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo XIX, la lucha política, en torno a la definición de una forma de gobierno, entrañó a su vez una lucha por la significación de los conceptos y términos utilizados por los diferentes partidos políticos. Los mecanismos discursivos utilizados por unos y otros reclamaban su esclarecimiento. Esto no solo fue importante para quienes integraban un partido político, también para quienes escribían y daban vida a una publicación. Sin embargo, debe tenerse claro para los periodistas conservadores que laboraban en el periódico La Sociedad, tan significativo fue aclarar los conceptos utilizados por ellos mismos como significativo resultó hacer ver al opuesto su error en el asunto interpretativo.

...se ha visto en Europa que si hay una prensa desmoralizada que ataca y destruye, hay otra también que defiende y repara los estragos que aquella causa en las creencias y en las costumbres, cubriendo las brechas que abre en los fundamentos de la sociedad. En esa lucha de la verdad contra el error, de los deberes contra las pasiones, lucha tenaz y encarnizada, el triunfo completo de la primera, aunque un poco se retarde, no puede ser dudoso.
Entre nosotros también, que nos hemos contagiado del espíritu de los falsos sistemas y de la corrupción de las ideas, la prensa inmoral y desorganizadora ha ejercido últimamente el privilegio exclusivo, bajo el reinado de la demagogia, de minar las bases de la sociedad, de la moral pública y privada y de la religión. Pero se han levantado también algunas voces al principio tímidas y después bastante enérgicas en defensa de los intereses legítimos y permanentes de la sociedad y de aquellos eternos principios en que descansa el orden público y a cuyo abrigo fecundan y florecen la paz y la dicha de las naciones y de las familias. En este reñido combate la prensa religiosa y conservadora ha obtenido los más hermosos y nobles laureles.[23]
           
Esta cita se traduce en lo siguiente, debido a que el discurso demagógico era ilegítimo y había ganando terreno en las interpretaciones, de acuerdo al punto de vista conservador de La Sociedad, era indispensable armar un discurso legítimo y de oposición. De esta forma “su” interpretación de la realidad a través de los conceptos conservadores no estaría sujeta a duda, sería la resultante de la tradición. Y sería legítima y permanente porque esa interpretación estaría adecuada a su contexto histórico. Ésta sería la resultante de la historia, del pasado, de la salud de las ideas y del adecuado ordenamiento político, social y religioso. En consecuencia la interpretación proporcionada por sus opuestos políticos se estimaría deformada y alterada, además de ser irreverente al pertenecer a ideas demagógicas e inmorales.
¿Cómo fue interpretado entonces el término independencia en las páginas de La Sociedad?
Un gran número de editoriales nos hablan de una celebración que remite a la lucha iniciada en Dolores por Miguel Hidalgo y Costilla el 16 de septiembre de 1810. Aunque también nos hablan de un glorioso aniversario que cuarenta y cinco años atrás había sido elevada a rango nacional por Agustín de Iturbide al ser consumada el 27 de septiembre de 1821. La interpretación del término “independencia”, respondía sobre todo a una necesidad de rescatar la imagen de una España protectora. Aunque también a una idea de libertad en sentido de desprendimiento de una nación. Claro que ese desprendimiento no implicaba la enemistad con España, pues, a juicio La Sociedad, España era la progenitora de México. De ahí que en esa lucha por la conservación o transformación de los conceptos, el término independencia, revelara la necesidad de legitimar un hecho pasado. Aunque también la lucha por la legitimidad de un lenguaje político ligado a un orden divino.
Sobre esto es importante reparar brevemente en dos obras editadas durante el siglo XIX que tuvieron como objetivo construir una historia nacional y que partían de esa dicotomía de la lucha de independencia iniciada en 1808 por Hidalgo y la consumación de la misma por Iturbide en 1821. Esto nos permitirá conocer y comparar las observaciones realizadas por La Sociedad y la opinión que existía a principios de siglo sobre los puntos relevantes en relación a la búsqueda del origen y la independencia de México. Así tenemos que para Lucas Alamán, de quien hemos hecho mención anteriormente, en sus Disertaciones sobre la historia de México (1844), va a resaltar la conquista y la llegada de Hernán Cortés como punto de partida de la historia nacional. En primer lugar porque la conquista representaba una guerra santa al tener la misión de instaurar la religión católica, en segundo porque Hernán Cortés se apreciaba como una figura que venerar, una especie de héroe de la conquista. Ligado a esto, en su obra denominada: Historia de México (1849), la independencia e Iturbide resultaban los grandes acontecimientos de la historia. Se trataba del desprendimiento de México (como hijo) de España y no de un atentado contra ésta. Bien que para Lorenzo de Zavala, liberal republicano que defendía la república norteamericana como modelo de nación, en su Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830 (París, 1831), la historia interesante de México comenzaba a partir de 1808 con la independencia, cuando, consideraba, iniciaba el camino hacia la libertad de la opresión colonial. Zavala atacaría la visión paternalista de la conquista y de la evangelización y al tiempo que se lanzaría contra el gobierno colonial, también diría que éste se fundaba en la ignorancia, en la religión católica y en el terror.[24]
A decir de Edmundo O’Gorman, quien escribiría un ensayo (1967) que habría sido el epílogo de libro A cien años del triunfo de la República, México como nación independiente, habría surgido de la Nueva España y habría pasado por tres entidades históricas distintas y al mismo tiempo vinculadas: el Imperio Mexica, el virreinato de la Nueva España y la nación mexicana. Sin embargo, aseguraba, en la historia de las ideas políticas de México existen dos tesis paralelas y opuestas: primera, que el México actual no es sino el mismo que encontraron los españoles en 1492; segunda, que este México es producto de la Nueva España, el cual ha llegado a su madurez y mayoría de edad. No obstante, asegura O’Gorman, la actual República de México no es el Imperio de Moctezuma, ni el Virreinato de la Nueva España, es, sobre todo, un ente distinto que ha surgido de ese virreinato y éste a su vez del Imperio de Moctezuma.[25] 
Con esto vemos que el debate en torno a la consideración de un origen para México, donde también participa la idea de independencia, ha sido una discusión constante dentro de la historiografía mexicana.
Así pues, la idea de independencia, que transfiere también a la idea de libertad, remite a su vez a medios de control, autoridad y obediencia. De ahí que es importante reparar en los beneficios que La Sociedad encontró en un régimen de gobierno que gozara de la suficiente libertad y autoridad para hacer obedecer las leyes, tanto divinas como humanas. Así tenemos que durante los años que van de 1864 a 1867, la noción de estado independiente manifestada en La Sociedad, comprendió el establecimiento de un Imperio Mexicano, además de una intervención extranjera. Si bien esto constituía una obra complicada y difícil, también reconocían que en ello había “más de providencial que de humano.”[26] A ojos conservadores, la Providencia desempeñaba un papel de suma importancia, hechos históricos y designios divinos permanecían unidos. Ellos pertenecían a una sociedad donde el mundo religioso era inseparable del mundo de la práctica humana. “...los políticos no deben olvidar sus cálculos el orden y acción continuos de la Providencia.”[27]
De manera que para los periodistas de La Sociedad, el mundo giraba sobre dos órdenes: el moral y el físico.[28] El primero sujeto a unas leyes inmutables y eternas que recaían en la tradición. El segundo, perteneciente a los hombres, estaba ligado a unas leyes que si bien eran eternas, también respondían a periodos de agitación y prueba. De los dos órdenes derivaba el orden público, la justicia y la autoridad y de ellos la legitimidad política de un gobierno.
La idea de independencia en consecuencia, era asumida por los periodistas en función de un orden divino capaz de cambiar la faz de las naciones, aunque a su vez de un orden humano capaz de actuar, pero cuya razón resultaba débil para comprender los designios de la Providencia. Sin embargo, consideraban que no todos los hombres concebían los actos humanos en función de una intervención divina. “Ensordecidos (sic) los hombres al contemplar lo que consideran como obra suya, no están dispuestos a comprender y confesar que esa obra no les pertenece; y que cuando se juzgan soberbiamente autores, no son más que instrumentos humildes de una Providencia altísima...”[29] Esto en definitiva, decían los periodistas, hacía creer a los hombres que los acontecimientos eran resultado de sus esfuerzos.
De ahí que, desde la mirada conservadora, la idea de independencia o el hecho de asumir un desprendimiento de una nación para emprender una marcha como nueva nación, debía contener en su núcleo el factor divino que a su vez retiene la tradición, como expresión de algo permanente. Pero si esa correspondencia entre divinidad y tradición, donde interviene la religión, la unidad y la justicia, se fracturaba y no mantenía un reconocimiento por la nación de la cual había emergido y por la fraternidad entre los habitantes, entonces la idea de independencia se volvía confusa y fracasaba.
Analizar la idea de independencia con respecto a España, a partir de los editoriales de La Sociedad, requiere considerar las nociones de independencia de 1810 y 1821 del grupo conservador que integraba la publicación. Esto es necesario en la medida que permite comparar más ampliamente una idea que durante el Segundo Imperio Mexicano se consideró en su completa y gloriosa realización.
Inicialmente la noción retenida por los periodistas sobre la revolución de 1810 representó el desorden de un movimiento que no pudo triunfar por varias razones,

...la primera porque renegó del pueblo que formó nuestro pueblo; porque renegó de nuestros padres; porque renegó de la España Antigua, cuando la Antigua y la Nueva España se amaban, como se aman el alma y el cuerpo; segunda, porque el elemento popular obraba sólo en ella y entrañaba la democracia sola: la colonia ni quería odiar a la España, ni admitir el exclusivismo de la democracia.

Y tenía razón: en ello había hidalguía de sentimientos, y conveniencia social: todo corazón bien puesto debe amar a su padre: todo pueblo que no respeta sus tradiciones y costumbres, sucumbe, muere: las tradiciones y las costumbres de esta sociedad, eran contrarias a la democracia: su organización era opuesta a la democracia.[30]

De manera que, aunque La Sociedad reconocía que la Independencia había iniciado en 1810, también aceptaba que la revolución de Dolores había fracasado por ser obra de la democracia[31] y del desorden que ésta acarreaba “...pues los plebeyos de todos los órdenes sociales fueron sus autores, sus defensores y sus apóstoles: podemos decir que la primera época de la guerra de Independencia, fue esencialmente popular y democrática; perteneció al pueblo y a la idea democrática.”[32] Resultado de esto era que la revolución de Dolores había muerto en su momento de aparecer porque contenía el elemento popular, contrario a las tradiciones y costumbres heredadas de la colonia. En consecuencia, este grupo conservador reconocería una idea de independencia acorde con los requerimientos de la antigua colonia.
Entra aquí la interpretación de independencia de 1821 detentada por Agustín de Iturbide. En La Sociedad queda manifiesto que a Iturbide se le consideraba un hombre inspirado por Dios, un hombre que había luchado por su patria y había combinado todos los intereses requeridos por la sociedad colonial. Es evidente por tanto que la independencia de 1821 fue interpretada en su consumación, porque se había realizado bajo la lógica y el orden necesarios para superar el desorden causado en 1810. Pero sobre todo, porque se había llevado a cabo por un hombre que había aprovechado los errores de los anteriores revolucionarios y, no obstante, los había superado.

Pero se sentía la necesidad de un hombre que volviese a presentar la Independencia, y que la presentara pura y limpia, sin los nubarrones que la habían oscurecido en Dolores: de un hombre que tuviese el valor necesario para alzarse de nuevo contra un poder, robustecido más que nunca por su reciente triunfo; que tuviese la prudencia necesaria para combinar todos los intereses, y sobre todo, el genio que es indispensable para dirigir bien los acontecimientos y para dominarlos. Ese hombre no asomaba.
Un día ¡día eterno! ¡mi corazón late con fuerza al recordarlo! En otro pueblo oscuro, en Iguala, aparece un soldado: este soldado salía de la casa de Dios, donde había ido a orar por su patria y a ser inspirado por Dios: se puso a la cabeza de un cuerpo de tropas que combatía contra los restos de la antigua insurgencia, contra Guerrero, habla, persuade, se apodera del corazón de esas tropas, y a su frente proclama a la faz del mundo que sostendría con su sangre un plan salvador. Ese soldado, es Iturbide: ese plan, es el de Iguala. [33]


A partir de esta cita se rescatan dos puntos medulares. Primero, la relación entre independencia y elemento “democrático” que recae en pluralidad, violencia y confusión. Segundo, la relación entre independencia e Imperio de Iturbide con el elemento “tradición” que respeta la permanencia, los designios divinos, los cambios moderados y la unidad. Sobre esto puede decirse que para este grupo conservador, la mezcla de clases sociales en la revolución de 1810 y en específico de las clases bajas, donde interviene el bajo clero, la clase baja del ejército y el bajo pueblo, dio por resultado el desorden social al carecer de la fortaleza económica que sí disponía la clase aristocrática. De ahí que si bien reconocían la revolución de Dolores como el inicio del desprendimiento de España, ésta se refutaba al contener el elemento democrático, esto es, la clase baja de los tres órdenes: los plebeyos.[34]
Así vemos que un elemento medular de la noción de independencia era la religión católica y la legitimidad que ésta otorgaba a la independencia. Pese a que la revolución de Dolores había gritado “Viva la América” y “Viva la Virgen de Guadalupe”, asimismo había vociferado, “mueran los gachupines”, esto hacía confusa la idea de independencia porque no daba opción a los españoles europeos dentro de este reordenamiento social que empezaba a gestarse.  Por tanto, la independencia de 1821 era acertada porque había colocado en primer plano a la religión, en segundo a la independencia y en tercero a la unión de clases y razas, respetando el orden social que guardaba la colonia. Esto impedía el paso a las ideas democráticas. El Plan de Iguala, decían los periodistas...

Contenía tres bases fundamentales; primera, la religión: segunda, la independencia: tercera la unión de españoles europeos, españoles americanos y de los indios; es decir, la unión de los conquistadores, de los descendientes de estos conquistadores y de los descendientes del pueblo conquistado.
Esas tres bases encerraban todas las exigencias de la época: combinaban todas las opiniones, ligaban y adunaban todos los intereses.

La religión había tomado asiento y arraigo en nuestra sociedad: desde la conquista, que fue el origen de esta sociedad: la conquista fue una obra de propaganda: los guerreros y los sacerdotes la consumaron juntos: los unos con la espada, los otros con la cruz: los soldados del orden temporal y los soldados del orden espiritual: así el ejército, y el clero que es también un ejército, figuraron en primer término en aquel drama, en aquella obra gigante de nuestros abuelos: el orden sacerdotal y el orden militar, fueron así predominantes en la organización de esta sociedad. Iturbide al frente de sus guerreros, fue lógico con nuestras tradiciones y con nuestra costumbres, dando a la religión la principal parte en el nuevo acaecimiento en la Independencia. [35]


Como puede verse, el Plan de Iguala no contenía un estado de animadversión con los españoles y el mismo, al hacer mención de los conquistadores y del pueblo conquistado como parte de una unión, legitimaba el poder detentado por España sobre Nueva España, legitimaba el poder la religión y legitimaba igualmente a una sociedad que veía su origen en la conquista. Así que en opinión de los periodistas, el Plan de Iguala con sus tres garantías conjugaba los intereses requeridos por la sociedad de 1821. La religión, representaba la base de esa sociedad; la unión, la exigencia que daría fuerza a la nueva nación independiente; la independencia, el desprendimiento de España que daba origen a una nueva nación: México. Cabe señalar que para este grupo conservador, la “Independencia no era el odio a España: era un acontecimiento obligado y consecuente con la historia de todas las naciones.”[36] 
En ese sentido, si durante el Segundo Imperio Mexicano La Sociedad asumía una idea de independencia de 1821 como un movimiento maduro que había gozado del orden y la prudencia necesaria para sacar adelante a una nación que deseaba un desprendimiento de España, es necesario considerar que en esa actitud estaba presente el rechazo y temor de  las ideas liberales de 1820, además del elemento democrático de 1810. Pero en 1864, la interpretación de independencia de 1810 y 1821, protegía de alguna forma la monarquía de Maximiliano y protegía además la independencia de México dentro de una intervención francesa.
En La Sociedad por tanto queda registrado que a Iturbide se le consideró razonable por varias razones. Primero, constituía la lógica con las tradiciones y las costumbres de una sociedad que no acababa por desprenderse del Antiguo Régimen. Segundo, hacía de México un Imperio y tomaba en cuenta la religión de los conquistadores. Tercero, contaba con el apoyo de la aristocracia y era protegido por la riqueza y la propiedad territorial. Cuarto, demandaba la unidad de razas y clases, que no la igualdad social. Y, finalmente, reconocía que la sociedad mexicana había emergido a partir de un acto de conquista y de una causa divina.

A manera de conclusión

Invariablemente que si en La Sociedad la interpretación de independencia de 1810 y 1821 arrastraba consigo la noción de un desprendimiento de España, en los años que van de 1864 a 1867 esta idea equivalía a la defensa de ese mismo desprendimiento. Correspondía a su vez al sostenimiento de una nación con libertad de expresión y libertad de elección de una forma de gobierno. Tomando en cuenta lo anterior y que en 1864-1867 se vivía bajo el cobijo de un Imperio aclamado por la voluntad nacional, en las páginas del diario se muestra que la independencia representaba la libre voluntad de elegir un sistema de gobierno y ésta indudablemente quedaba ligaba a una tradición monárquica y a una tradición católica. Y era sí porque, al constituirse México nuevamente como Imperio respondía a la historia, a una antigua institución y a una tradición católica que otorgaba legitimidad política a una sociedad que no acababa por desprenderse de sus añejas nociones de autoridad.
El restablecimiento de la monarquía simbolizaba la seguridad para la marcha de una sociedad civilizada y de una nación independiente. La monarquía defendía la independencia de una nación como México frente a la amenaza de las ideas expansionistas, liberales y protestantes de los Estados Unidos. De manera que el régimen monárquico representaba los principios conservadores propios de un grupo político que había luchado por el establecimiento de un régimen de gobierno protector de sus intereses.    

Ajeno (el soberano) a todos los partidos, libre de las pasiones y los rencores que nos han dividido, contempla con elevado sosiego y dignidad el cuadro lastimoso que por culpa nuestra presenta el país, se apresta a aplicar el remedio, y nos invita a auxiliarle para alcanzar nuestro propio bien. ¿Quién no hará el sacrificio de sus ideas o preocupaciones, para ayudar a tan grandioso fin? ¿Quién no se encuentra realzado a sus propios ojos, al verse invitado a tomar parte en la obra de la reparación de tantos errores? Y por lo mismo, ¿quién podrá rehusarse a ese llamamiento? Ningún interés legítimo tiene nada que temer: todos caben, y todos, sin duda, serán satisfechos a su vez bajo la sombra y el amparo del trono: solo las pasiones perversas, las aspiraciones ilegítimas, las pretensiones criminales, rehúsan, y con razón, contribuir a la obra que ha de destruirlas. Invocan hipócritamente grandes nombres que jamás debieran atreverse a pronunciar. La Independencia no quiere por defensores a los que la venden: ha puesto su estandarte en manos firmes que sabrán llevarlo con honor y defenderlo de todos sus enemigos: la Libertad vendrá con el Imperio, y por primera vez la conoceremos: la Religión nada puede temer de un príncipe que apenas proclamado se apresura a ir él mismo a pedir para sí y para su pueblo la bendición del Vicario de Jesucristo...[37]

¿En qué radicó por tanto la unidad demandada por los periodistas en los años de 1864 a 1867 como parte de la interpretación de independencia? Puede concluirse que en el reconocimiento de un soberano, en la obediencia de unas mismas leyes que no atacaran las tradiciones y costumbres, en el reconocimiento de un idioma, en la unión fraternal de las diversas razas que habitaban el país, pero sobre todo, en la práctica de la religión católica. A su juicio, “sin la unión que produce la paz no puede haber fuerza propia, y sin fuerza propia no existe la independencia.”[38] Esto quiere decir que si no existía unidad en la opinión y juicio sobre la forma de gobierno que debía regir al país, así como en la libertad de elección y de expresión, la interpretación de independencia fracasaba.  
Lo anterior nos remite a un planteamiento: ¿desde la mirada conservadora de La Sociedad había existido libertad de opinión durante los distintos regímenes republicanos para expresarse a favor del establecimiento de un régimen monárquico? A esto podríamos ofrecer una respuesta negativa. Esto nos conduce a considerar que La Sociedad veía imposición, falta de independencia y sobre todo, falta de libertad de opinión en el transcurso de esos gobiernos republicanos. Pues, a su juicio, en los momentos cuando se debía decidir la forma de gobierno, durante la primera mitad del siglo XIX, los diversos partidos que dominaban la escena política acallaban toda idea favorable a la monarquía, “...quien se atrevía siquiera a proponer que la cuestión se examinase, incurría en crimen de lesa nación.”[39]
¿En qué radicó por tanto la interpretación de independencia que otorgaba legitimidad política a un país? ¿En el reconocimiento de una autoridad, en la libre elección, en la moderación de las determinaciones, en tomar en cuenta a la religión? O, ¿tan solo en el desprendimiento de España? Para los periodistas de La Sociedad, la independencia, aparte de constituir esa separación de España, representaba la conservación de la causa de Dios, el origen de una nueva nación, la civilización, el predominio de la razón, la paz, la conservación de las tradiciones y costumbres y, la existencia de la voluntad nacional, que no la democracia. Elementos que, a ojos de La Sociedad, conjugaba el Segundo Imperio Mexicano y no los distintos regímenes republicanos. Así básicamente podemos decir que la significación de la idea de  independencia dependió en gran medida de la interpretación que los distintos partidos políticos codiciaron atribuirle. Pero además, de la distinta conjunción de elementos propios de una sociedad que no se concebía desprendida de ciertas ideas políticas, tradiciones y creencias religiosas.

Es que las sociedades aman los principios conservadores de su organización, y que cuando éstos se atacan bruscamente, se conmuevan y enfurecen.
La libertad para existir necesita obrar con moderación y templanza, necesita de la autoridad y de la obediencia; y es más difícil tener templanza, autoridad y obediencia en la democracia, que en cualquiera otra clase de gobierno.
                El olvido de estos principios, nos condujo a la revolución, a las facciones y a la ruina.
He aquí la verdad; la verdad que reconoce y profesa todo hombre de buen sentido, llámese liberal o conservador.[40]

Finalmente diremos que no hay presente sin pasado, no hay comienzo sin tradición, no hay viejos lenguajes que no hayan servido de trampolín para nuevas formas de expresar la realidad. Toda experiencia ha pasado por la inexperiencia, toda palabra ha sido antes una ausencia. De ahí que las culturas no emergen de la nada, de ahí que las tradiciones, los hábitos y las creencias responden a experiencias, a lo conocido, a lo acreditado y desacreditado. En consecuencia, las prácticas discursivas decimonónicas responden a un pasado y a un presente, pero también, a nuevas formas de discutir, de debatir, de polemizar. Y, para el caso de La Sociedad, responden a tradiciones que sobre todo son la consecuencia de un viejo orden de cosas, aunque a su vez de un nuevo orden de cosas que trataba de imponerse. Esa tradición y ese viejo orden de cosas legitimaban la existencia de una sociedad, legitimaban también la autoridad política de unas leyes, de un gobernante, de unas creencias religiosas, de unos hábitos y en fin, de la marcha hacia un porvenir con restablecimiento de la paz y la concordia entre los mexicanos, según señalaron los periodistas en la despedida del periódico.

Hemerografía

La Sociedad. Periódico político y literario. México, Imprenta de Andrade y Escalante, 1864-1867.
Bibliografía

Alamán, Lucas, “La Profesión de los Conservadores” en, González y  González,
Luis, Galería de la Reforma, México, Secretaría de  Educación Pública, 1986, pp.125-131.
Arenal Fenochio, Jaime del, Agustín de Iturbide, México, Planeta, 2002.

Calvillo, Manuel. La República Federal Mexicana. Gestación y Nacimiento, México, El

Colegio de México, 2003.

Castro, Miguel Ángel  y Curiel, Guadalupe (Coords.) Publicaciones periódicas
mexicanas del siglo XIX: 1856-1876, (Parte I), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003.
González Navarro, Moisés. Anatomía del poder en México (1848-1853), México, El
Colegio de México, 1977.
López Camacho, Alejandra, Entre leyes divinas y humanas. El periódico La Sociedad,
1857-1867, Tesis de Maestría en Historia, Puebla- México, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades/ Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2006.
O' Gorman, Edmundo. La supervivencia política novo-hispana. Reflexiones sobre el
monarquismo mexicano, México, Fundación Cultural CONDUMEX, Centro de Estudios de Historia de México, 1969.
Ortega y Medina, Juan A. y Camelo, Rosa (Coord.). Historiografía Mexicana, V. III,
México, 1997. 
Vázquez Josefina Zoraida, “Los primeros tropiezos”, Historia general de México, t. 2,
México, el Colegio de México, 1996.
Villegas Revueltas, Silvestre. El liberalismo moderado, 1852-1864, México, UNAM,
1997.





[1] “...el gobierno imperial ha reunido en la fiesta nacional del 16, la conmemoración, así del grito de Dolores como de la consumación de la independencia.”, ver: J. M. Roa Bárcena (Por redacción e inserciones), “Actualidades”, La Sociedad, T. IV, Núm. 1172, Sección La Sociedad, México, Jueves 27 de septiembre de 1866, p. 2.
[2] F. Escalante (Editor responsable), “Actualidades”, La Sociedad, Sección La Sociedad, T. V, Núm. 815, México, Viernes 15 de septiembre de 1865, p. 2.
[3] Calvillo, Manuel. La República Federal Mexicana. Gestación y Nacimiento, México, El Colegio de México, 2003, p. 36.
[4] Ibidem, p. 53.
[5] Ibidem, p. 55.
[6] Ibid, p. 82.
[7] Arenal Fenochio, Jaime del, Agustín de Iturbide, México, Planeta, 2002, p. 66.
[8] Ibidem, p. 67.
[9] A decir de O’Gorman, el imperio de Iturbide mostró un grave problema: la carencia del prestigio personal que requiere un rey y sobre todo la legitimidad dinástica que es el natural fundamento de esa investidura. Ver: O’Gorman, Edmundo. La supervivencia política novo-hispana. Reflexiones sobre el monarquismo mexicano, Fundación Cultural CONDUMEX, Centro de Estudios de Historia de México, México, 1969, pp.15-17.
[10] Vázquez Josefina Zoraida, “Los primeros tropiezos”, Historia general de México, t. 2, México, el Colegio de México, 1996, p. 747-748.
[11] Arenal Fenochio, Jaime del, op. cit, p. 93.
[12] En relación a la logia yorkina, Del Arenal Fenochio sostiene que el gobierno de los Estados Unidos, “(atemorizado por las dimensiones geográficas del naciente imperio, las cuales le cerraban el control del Caribe, del golfo y su expansión hacia la costa del Pacífico) vio al nuevo país sin el apoyo de la corona española y continuó su presión para apropiarse de más territorio. Primero mandó grupos de gente para instalarse en las despobladas provincias del norte; en segundo lugar, por medio del agente y espía Joel R. Poinsett, quien al fracasar en su intento de obtener territorio a costa de México, apoyara la instalación de un gobierno republicano en lugar de la monarquía por medio del establecimiento de logias del rito yorkino.” Ver: Ibidem, pp. 93-94.
[13] O’Gorman. La supervivencia política novo-hispana., op. cit., p. 20.
[14] Villegas Revueltas, Silvestre. El liberalismo moderado, 1852-1864, México, UNAM, 1997, p. 11.
[15] Los intentos monárquicos anteriores a 1864-1867, periodo cuando se establece la monarquía de Maximiliano en México, fueron los siguientes:
1)       1821, con el Imperio de Iturbide y el Plan de Iguala.
2)       1840, con príncipe extranjero y sin intervención armada, propuesta hecha por José María Gutiérrez de Estrada en una carta de dirigida al presidente Anastasio Bustamante el 25 de agosto y publicada el 28 de septiembre.
3)       1846, cuando Mariano Paredes y Arrillaga asume la presidencia de México, la tendencia tradicionalista intentó implantar una monarquía con príncipe extranjero sin intervención armada. Lucas Alamán organiza entonces una campaña periodística en El Tiempo el 12 de febrero, para favorecer el régimen monárquico.
4)       1853, cuando se intenta proclamar un Imperio con príncipe mexicano, con intervención no armada y con Santa Anna a la cabeza. Ver: O’Gorman. La supervivencia política novo-hispana., op. cit., pp. 15-46.
[16] Sobre este tema, ver: López Camacho, Alejandra, Entre leyes divinas y humanas. El periódico La Sociedad, 1857-1867, Tesis de Maestría en Historia, Puebla- México, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades/ Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2006, p. 173.
[17] La nueva división territorial de México quedó establecida en el Tratado de Guadalupe firmado entre México y los Estados Unidos el 2 de febrero de 1848, en Vázquez, Josefina Zoraida, “Los primeros tropiezos”, op. cit., p. 818.
[18] Alamán, Lucas, “La Profesión de los Conservadores” en, González y  González, Luis, Galería de la Reforma, México, Secretaría de  Educación Pública, 1986, pp.129-130.
[19]  Vázquez, Josefina Zoraida, “Los primeros tropiezos”, op. cit., p. 810.
[20] González Navarro, Moisés. Anatomía del poder en México (1848-1853), México, El Colegio de México, 1977, pp.362-373.
[21] Vera Sánchez, Francisco, “Segunda época de La Sociedad”, La Sociedad, T. 1, Núm. 1, México, sábado 26 de diciembre de 1857, p. 1.
[22] El periódico La Sociedad, apareció por primera vez el primero de diciembre de 1855, tres meses después de finalizar la Revolución de Ayutla y posterior a la expedición de la Ley Juárez del 23 noviembre de 1855. En su primera etapa desapareció el 8 de agosto de 1856 y reapareció el 26 de diciembre de 1857, del 17 al 21 de enero de 1858 Ignacio Comonfort volvió a prohibir su aparición. Durante la guerra de Tres Años nuevamente cesó sus trabajos el 24 de diciembre de 1860, por la entrada de las tropas liberales a la ciudad de México y reinició labores el 10 de junio de 1863, al arribo del Ejército francés. Del 12 al 20 de junio de 1863, nuevamente suspendió labores, para después reaparecer y continuar hasta el 13 de julio de 1866, cuando avisó que dejaría de publicarse por un mes. El 14 de julio de 1866 nuevamente cesó sus trabajos y los reinició el día 31 hasta el 31 de marzo de 1867. En La Sociedad participaron, además de los trabajadores cuyos nombres no aparecen o sólo se mencionan esporádicamente como los corresponsales, los editores: Félix Ruiz, Francisco Vera Sánchez, F. Escalante y José María Roa Bárcena y los impresores: José María Andrade y Felipe Escalante y Miguel María Barroeta. Cuenta con textos de José María Esteva, Juan Nepomuceno Almonte, Manuel Orozco y Berra y del propio emperador Maximiliano I, entre otros, ver: Sánchez Mora, José Luis. Maximiliano y la prensa conservadora: el diario La Sociedad. Crónica periodística de una desilusión, junio de 1864 – mayo de 1865. México, Universidad Nacional Autónoma de México- Facultad de Filosofía y Letras, 1985, varias páginas, en: Castro, Miguel Ángel y Curiel, Guadalupe. Publicaciones periódicas mexicanas del siglo XIX: 1856-1876 (Parte I), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003, p. 554-556.
[23] F. V. Sánchez (editor responsable), “Libertad de prensa”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 43, México, Jueves 11 de febrero de 1858, p. 1.
[24] Ortega y Medina, Juan A. y Camelo, Rosa (Coord.). Historiografía Mexicana, V. III, México, 1997.  
[25] O' Gorman, op.cit., pp. 7-9.
[26] Sebastián Monterde, “Cumpleaños de S. M. el Emperador”, La Sociedad, Sección Editorial, México, T. III, Número 381, México, miércoles 6 de julio de 1864, p. 1.
[27] Ibíd.  
[28] F. Escalante, (Autor editorial), “El Imperio”, La Sociedad, Sección Editorial, T. III, Núm. 359, México, Martes 14 de junio de 1864, pp. 1 y 2.
[29] F. Escalante, (Autor editorial), “El Imperio”, La Sociedad, Sección Editorial, T. III, Núm. 359, México, Martes 14 de junio de 1864, pp. 1 y 2.
[30] Discurso cívico del Sr. D. José Ignacio Esteva, reproducido y comentado por J. M. Roa Bárcena, “Actualidades”, La Sociedad, Sección La Sociedad, T. IV, Núm. 1161, México, Domingo 16 de septiembre de 1866, p. 2.
[31] La democracia, para el caso del grupo que integraba La Sociedad, representaba la anarquía, el desorden, el predominio del pueblo o de las clases bajas sobre el resto de la sociedad.
[32] Discurso cívico del Sr. D. José Ignacio Esteva, reproducido y comentado por J. M. Roa Bárcena, “Actualidades”, La Sociedad, Sección La Sociedad, T. IV, Núm. 1161, México, Domingo 16 de septiembre de 1866, p. 2.
[33] Ibíd.
[34] Ibíd.
[35] Ibíd.
[36] Ibíd.
[37] F. Escalante, (Autor editorial), “El Imperio”, La Sociedad, Sección Editorial, T. III, Núm. 359, México, Martes 14 de junio de 1864, pp. 1 y 2.
[38] F. Escalante (Editor responsable), “Actualidades”, La Sociedad, Sección La Sociedad, T. V, Núm. 815, México, Viernes 15 de septiembre de 1865, p. 2.
[39] F. Escalante, (Autor editorial), “El Imperio”, La Sociedad, Sección Editorial, T. III, Núm. 359, México, Martes 14 de junio de 1864, pp. 1 y 2.
[40] Discurso cívico del Sr. D. José Ignacio Esteva, reproducido y comentado por J. M. Roa Bárcena, “Actualidades”, La Sociedad, Sección La Sociedad, T. IV, Núm. 1161, México, Domingo 16 de septiembre de 1866, p. 2.

sábado, 29 de junio de 2013

CRÍTICA DE LA PELÍCULA EL PRISIONERO 13


Alejandra López Camacho


El prisionero 13, película incluida dentro del género de dramas de la Revolución Mexicana, fue realizada en el año de 1933, un año antes de que finalizara el periodo presidencial de Abelardo L. Rodríguez y del periodo conocido como “El Maximato”. La cinta, que tiene una duración de 109 minutos y que estuvo dirigida por Fernando de Fuentes[1], maneja tres aspectos dentro del tema de la trama: primero, la marcada falta de libertad de expresión que se dio durante la última etapa del gobierno de Porfirio Díaz; segundo, la práctica de fusilamientos sin más razón que la de cumplir órdenes y silenciar a los opositores de la reelección; y tercero, las ironías que llega a jugar la vida y en las cuales pueden involucrarse los lazos familiares.


Por otra parte, es de mencionarse que la cinta elaborada en blanco y negro tiene un tipo de recursos 
técnicos que para la época, se considera, fueron singulares y probablemente estuvieron adelantados.
Un año antes de la llegada de Lázaro Cárdenas a la presidencia de México y en tiempos en que se vivía la gran depresión de 1929-1933 y cuando Abelardo L. Rodríguez estableció los salarios mínimos, se estrenó la película, El prisionero 13.[2] Esta cinta que bien podría responder al dicho de “Haz el bien sin mirar a quien”, y más aún si se trata de tu familia, es una película contextualizada en el año de 1911, aquel año fue cuando Francisco y Madero ocupó la presidencia y cuando Díaz abandonó el poder. La película inicia por 1890, en ese lapso de tiempo en que don Porfirio anunció, el 27 de diciembre, que el artículo 78 constitucional se enmendaría para permitir la reelección indefinida del presidente.[3]

Pero si por una parte el tema central de la película es la desintegración de una familia, cuando Julián Gallardo, personaje principal de la trama y quien se caracteriza por ser un militar alcohólico y violento, se queda solo al huir de su lado tanto su esposa como su pequeño hijo. Por otra parte, el tema de la cinta evidencia que en tiempos de don Porfirio las cosas se arreglaban por medio de la corrupción y a balazos. Un tercer punto que destaca en la cinta y que prevalecía en el tiempo en que fue estrenada (1933): la falta de solidaridad que existía con la mujer y el hecho de que a ésta se le veía como a un objeto del que se podía abusar y dominar.
Resulta de particular interés observar la forma como el director maneja la primera escena de la cinta donde aparecen dos amigos jugando a las cartas y tomando licor, pues esta escena, además de ser el principio de la trama es también su final. Otros puntos de interés son aquellos donde se muestra lo avanzado de la técnica como: algunos cortes de escena donde no aparece la oscuridad entre escena y escena sino la yuxtaposición de imágenes que, se considera, intentaban representar los pensamientos de los personajes, por ejemplo, cuando aparece la imagen de la esposa que huye en un carruaje y esta toma empieza a desaparecer lentamente al compás en que aparece la imagen del esposo en otro transporte. Otro caso es cuando se yuxtaponen, en tomas suaves, los rostros de distintos niños con distintas etapas hasta aparecer un joven, con lo cual se quería representar el crecimiento del hijo y al mismo tiempo el paso de los años.  

Por otro lado, una vez que ha pasado el tiempo y se llega a 1911, etapa cuando el hijo del militar ya es un joven, en la película se representa la cacería de 13 opositores al gobierno de Díaz debido a que están armando un complot en su contra. Así en la cinta se aprecia lo siguiente: cuando estos hombres son apresados y conducidos a la cárcel, como respuesta llegan los familiares al cuartel para saber el motivo de aquella detención, viene la secuencia donde el cuartel está lleno de gente y en ese preciso lapso, la cámara en picada hace unos movimientos lentos de paneo de derecha a izquierda para tratar de captar a toda la gente que hay dentro del cuartel. Con esto, además de atrapar a la gente debido a la posición de la cámara, el director introduce al espectador a la escena y le da la sensación de ser él quien observa y quien hace esos movimientos pausados de lado a lado con su cabeza como si fuera éste quien revisara a la muchedumbre.
Esa introducción del espectador se percibe también cuando, siguiendo la trama de la cinta, hay dos mujeres que van a sobornar al personaje principal, el militar Julián Carrasco encargado de las detenciones, para que deje libre al hijo de una de éstas. La escena en cuestión inicia a partir de que las mujeres bajan de su automóvil y atraviesan el patio de una casa hasta introducirse en ella, lo particular de esta escena es que la cámara sigue el caminar de las mujeres hasta la casa, desde el mismo auto y a través de una de sus ventanas, lo que da nuevamente la sensación al espectador de ser él quien permanece en el auto y quien observa el caminar de esas mujeres a través de una de las ventanas. 

Finalmente y como paradojas de la vida que contiene la cinta, aquel preso es puesto en libertad por la cantidad de trece mil pesos, pero, como se requiere que otro lo supla a éste, el militar ordena la detención de cualquier otro que se le parezca (muestra de la corrupción que existía en las detenciones). De esta forma, es el mismo hijo del militar quien queda como el preso número 13 y a quien se va a fusilar junto con el resto (es aquí donde la cinta muestra la práctica de tantos fusilamientos que no tuvieron otra razón más que la exigua libertad de opinión que existió en este periodo). Ironías de la vida es que cuando el militar, Julián Carrasco, se entera que es su hijo uno de los 13 prisioneros a los que van a fusilar, éste va a intentar salvarlo y, en ese momento despierta de aquella borrachera con la cual inicia la cinta. Esto es un magnífico final en donde la trama bien puede dejar como moraleja: “haz el bien sin mirar a quien”. 
            Como comentarios finales se agrega lo siguiente, el espectador aprecia la fecha en que se suceden los hechos por un pequeño calendario que aparece en la oficina de un prestamista y en que se lee: 22 de junio de 1911. ¿Era intención del director ubicar al espectador en aquella fecha e introducirlo al contexto de la última etapa de Díaz en el poder y así mostrar la corrupción con que se manejaron tantos asuntos? Ante esto solo resta por plantear lo siguiente: ¿El prisionero 13 sacaba a relucir las arbitrariedades que en 1933 existían en los gobiernos mexicanos?

FERNANDO DE FUENTES[4]
Director de cine mexicano


Fernando de Fuentes es una de las figuras más famosas y menos comprendidas de nuestra cinematografía. Los comentarios alrededor de su carrera lo señalan casi siempre como un autor que decidió dejar de serlo para convertirse en un eficiente realizador de cintas taquilleras, dividiendo artificialmente su filmografía en dos períodos caracterizados por la presencia o ausencia de pretensiones estéticas.
Hasta cierto punto, fue natural que De Fuentes haya preferido triunfar en la taquilla a ser reconocido como un artista. En 1936, cuando la industria del cine mexicano luchaba por sobrevivir, todos los directores en activo deseaban recuperar la inversión económica de sus filmes. Los tiempos no estaban para pretensiones estéticas.
Los magros resultados de sus primeras películas habían provocado que Fernando de Fuentes viese peligrar su futuro como director. Una prolongada enfermedad había retrasado la filmación de Vámonos con Pancho Villa (1935), su obra maestra incomprendida por varias décadas. La película fue estrenada tres meses después de Allá en el Rancho Grande (1936) y sólo se mantuvo una semana en cartelera. Éxito y fracaso se presentaron al mismo tiempo y a Fernando de Fuentes le quedó muy claro que la sobrevivencia estaba en la fórmula, en los géneros y en la satisfacción del naciente público del cine mexicano.
Sin embargo, el impresionante éxito de Allá en el Rancho Grande (1936) no debe atribuirse exclusivamente a la exacta combinación de canciones, amores, charros y bailables. Detrás del filme estaba un director verdaderamente dotado de cualidades, poseedor de una excelente habilidad técnica y de un extraordinario sentido para la narrativa visual. Fernando de Fuentes fue, en realidad, el primer director mexicano que comprendió la naturaleza del cine sonoro y que aprovechó con éxito todas las posibilidades de este medio.
La labor pionera de Fernando de Fuentes se extendió más Allá del Rancho Grande. Con El fantasma del convento (1934) De Fuentes “mexicanizó” al género de horror incluyendo en la historia elementos de la tradición colonial, rica en leyendas y fantasmas. Así se quiso en Jalisco (1942) que fue la primera cinta mexicana a colores y en Jalisco canta en Sevilla (1949), primera co-producción oficial de México con España. El resto de sus filmes fueron más que exitosos y ayudaron a cimentar las bases de la industria del cine mexicano.
¿Y Fernando de Fuentes el autor? El reconocimiento de sus primeras obras fue tardío, como suele suceder en estos casos. Sin embargo, la apreciación de ellas suele estar empañada por la subjetividad de la “teoría de autor” y con frecuencia conduce al menosprecio del resto de su filmografía. Por ello, y sin dejar de reconocer los valores estéticos de sus filmes más célebres, nos atrevemos a reconsiderar a Fernando de Fuentes como un director que siempre buscó el triunfo comercial, aún en sus filmes más personales, y que nunca dejó de proyectar su personalidad, hasta en sus cintas más taquilleras.

FILMOGRAFÍA[5]


Escuela de vagabundos (1954) .... productor y guionista
Canción de cuna (1953) .... director, productor
Tres citas con el destino (1953) .... director (episodio mexicano)
Los hijos de María Morales (1952) .... director, productor
Crimen y castigo (1951) .... director, productor
Hipólito el de Santa (1950) .... director, productor, guionista
Por la puerta falsa (1950) .... director
Jalisco canta en Sevilla (1949) .... director, productor, guionista
Allá en el Rancho Grande (1949) .... director, productor, guionista
La devoradora (1946) .... director, productor, guionista
Esperanza (1946) .... director
Hasta que perdió Jalisco (1945) .... director, guionista
La selva de fuego (1945) .... director
El rey se divierte (1944) .... director, productor, guionista
La mujer sin alma (1944) .... director, guionista
Doña Bárbara (1943) .... director, productor, guionista
Así se quiere en Jalisco (1942) .... director, productor, guionista
Creo en Dios (1941) .... director, productor, guionista
La gallina clueca (1941) .... director
El jefe máximo (1940) .... director, productor, guionista
Allá en el trópico (1940) .... director, productor, guionista
Papacito lindo (1939) .... director
La Zandunga (1938) .... director, guionista
La casa del ogro (1938) .... director
Bajo el cielo de México (1937) .... director, guionista
Allá en el Rancho Grande (1936) .... director, productor, guionista y editor
Las mujeres mandan (1936) .... director, guionista
Vámonos con Pancho Villa (1935) .... director y guionista
La familia Dressel (1934) .... director, productor, guionista y editor
Cruz Diablo (1934) .... director, guionista y editor
El fantasma del convento (1934) .... director, guionista y editor
La Calandria (1933) .... director, guionista y editor
El compadre Mendoza (1933) .... director, guionista y editor
El prisionero trece (1933) .... director, guionista
El Tigre de Yautepec (1933) .... director, guionista y editor
El anónimo (1932) .... director, guionista
Águilas frente al sol (1932) .... editor
Santa (1931) .... ayudante del asistente de dirección




[1] Fernando de Fuentes Carrau nació en la ciudad de Veracruz, México, el 13 de diciembre de 1894 y murió el 4 de julio de 1958. Fue pionero del cine sonoro y realizador de tres clásicos del cine mexicano -El compadre Mendoza (1933), Vámonos con Pancho Villa (1935) y Allá en el Rancho Grande (1936), ver: http://www.loscineastas.com/cine%20mexicano/Directores/fernandode_fuentes.htm
[2] Humberto Musacchio, Diccionario Enciclopédico de México, T. I, México, Andrés León Editores, 1990, pp. 282-283.
[3] Luis, González y González, Historia general de México, T. 2, México, El Colegio de México, 1994, p. 961. 

jueves, 28 de marzo de 2013

CRÍTICA DE UNA FOTOGRAFÍA.

Breve ensayo 
 Querétaro, junio de 1867

Dra. Alejandra López Camacho

Durante los meses de mayo y junio de 1867 la ciudad de Querétaro permaneció sitiada debido al enfrentamiento que tuvieron los republicanos encabezados por el general Mariano Escobedo y dirigidos por el presidente Benito Juárez, y los monarquistas a cuya cabeza se hallaba Maximiliano de Habsburgo, emperador de México desde el año de 1864. Tras la ejecución del emperador, ocurrida el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas de aquella ciudad, el fotógrafo francés, Francois Aubert[1], realizó una serie de fotografías que mostraban la situación bajo la cual había quedado la ciudad después del sitio.


Algunas de estas fotografías, como la que se examina en este trabajo, resultan interesantes para su análisis debido a los elementos que contiene y a la posición desde la cual fue captada la imagen. Interesa aclarar que la fotografía, realizada como impresión en albumen[2] en el mes de junio de 1867, se le encuentra catalogada bajo distintas denominaciones. De una parte, se titula Paredes del Convento de la Cruz en Querétaro después del sitio,[3]   por otra recibe el nombre de Escena de una ejecución [4] y por último en la revista Saber Ver, donde se comenta que la fotografía parece ser una ejecución, se titula Vista exterior del convento de la Cruz.[5] 

 Si observamos con detenimiento la imagen podremos advertir una serie de detalles que no aseveran que se trate de una ejecución. Pues, cabe señalar que dentro de la misma se encuentran algunas incongruencias si tomamos como punto de partida el segundo título.

En primera instancia veremos que la imagen tiene como punto de enfoque, no las paredes del Convento de la Cruz sino una hilera de soldados que parecieran estar cercando algo o a alguien. Y, a pesar de que la posición del fotógrafo está demasiado alejada de la escena, se verá que los soldados están mirando hacia lo que parece ser una puerta o entrada del convento. Esa circunstancia hace dudar que se trate de un fusilamiento, pues ¿porqué fusilar a alguien apuntando hacia un espacio abierto?, ¿no sería más acertado apuntar hacia un paredón? De tratarse de la escena de una ejecución ¿porqué los soldados iban a ejecutar a alguien frente a un templo?


Por otra parte, si miramos con detenimiento el fondo de la imagen hacia el lado derecho notaremos que existe un considerable número de personas que parecieran querer ver algo. De ser así, ¿no sería más adecuado considerar que ese cerco de soldados espera la salida de un condenado para llevarlo al sitio de fusilamiento? Ligado a esto se plantea lo siguiente, ¿por qué le gente permanece sólo de un lado de la escena? Si tanta curiosidad causaba el fusilamiento de una persona, ¿porqué no hay gente del lado izquierdo?



A esto se añade que de ser cierto el momento de una ejecución, ¿por qué Aubert esperaría fotografiar un fusilamiento?, ¿a quién iban a matar que interesaba tanto a Aubert? Más aun, ¿por qué el ejército oficial republicano mexicano iba a dejarse retratar por un fotógrafo favorito de la corte en el momento de una ejecución?

Emperador  Maximiliano 
Juliet Wilson-Bareau[6] asegura en la revista Saber ver que Francois Aubert realizó muchas imágenes sorprendentes inmediatamente después del fusilamiento de Maximiliano, así como también que algunas de estas imágenes fueron distribuidas por el fotógrafo como carte de visite. En esa revista, Wilson-Bareau afirma que el periodista Albert Wolff publicó en el periódico francés Le Figaro un artículo en el cual se decía que desde México había llegado una carta, que había logrado evadir la censura mexicana, en ésta se daban detalles de la ejecución de Maximiliano e iba acompañada de cuatro fotografías. Una de esas imágenes, según decía Wolff, se refería a la iglesia donde había sido llevado el cuerpo de Maximiliano. Si tomamos en cuenta este último punto, podría señalarse que la fotografía en cuestión bien responde al momento en que el cadáver de Maximiliano fue llevado al templo.

Cadáver de Maximiliano
Otros reveladores detalles se unen al análisis de la fotografía, de acuerdo al reportaje especial publicado por el periódico francés Le Figaro, donde se describía la forma en que se realizaban las ejecuciones en México[7], “éstas tenían lugar a una distancia muy corta: la víctima se sentaba en un banquillo a sólo cuatro pasos de donde se encontraban los soldados, mientras que la muchedumbre que se congregaba para presenciar el drama se subía al muro contra el cual se llevaba a cabo la ejecución”. Si proyectamos estas palabras a la fotografía en cuestión se verá que no hay personas arriba del muro donde supuestamente se va a ejecutar a alguien como tampoco a espaldas de los soldados, sino a un lado.

Surgen así muchas interrogantes en torno a esta imagen, sin embargo puede considerarse que esta toma responde al momento en que alguien iba a salir o a entrar por esa puerta y requería del cerco de un grupo de soldados, trátese de un condenado a muerte, como bien puede o no ser el caso del emperador Maximiliano y sus dos generales o quizá de su cadáver. En relación con los diferentes títulos de la fotografía podría afirmarse que la imagen carece de un título que nos acerque más al momento que fue captado por la cámara de Francois Aubert.





[1] Francois Aubert (1829-1906), fue un fotógrafo francés que llegó a Centroamérica en el año de 1851 y después a México en 1864. Estudió con el fotógrafo francés Jules Amiel y más adelante terminó ocupándose del negocio de éste. Se dice que Aubert abrió su propio estudio de fotografía en la ciudad de México en la calle 2ª de Corso San Francisco aunque también está el dato de que su taller estaba ubicado en la calle de San Francisco número 7. Aubert pasaría a convertirse en el fotógrafo favorito de Maximiliano e hizo retratos de los emperadores y del Castillo de Chapultepec y a la muerte del emperador fue uno de los que tomaron fotografías relativas a la ejecución y a la ciudad de Querétaro días después del fusilamiento. Abandonó México en 1867 y se estableció como fotógrafo en Algeria, ver: Acevedo, Esther, “Así circulaban sus imágenes”, Testimonios artísticos de un episodio fugaz, México, Museo Nacional de Arte/INBA, 1995, pp. 174-175 y www.getty.edu/research/tools/digital/mexico/flash_spanish
[2] Las impresiones en albúmina fueron descubiertas por Louis-Desiré Blanquart-Evrard en 1850. El soporte de este tipo de imágenes está hecho de papel delgado de algodón, con una cara cubierta con albúmina fermentada y sensibilizada con sales de plata. Generalmente, las piezas fotográficas se adherían a un soporte secundario rígido para darles una mayor estabilidad dimensional, ver Valdez Marín, Juan Carlos, Manual de conservación, México, CONACULTA/INAH, 1997, pp. 38-40.
[3] Aguilar Ochoa, Arturo, La fotografía durante el Imperio de Maximiliano, México, UNAM/Instituto de Investigaciones Estéticas, 2001,que  p. 45.[4] Querétaro, fotos antiguas y modernas. Ver: http://www.aquiqueretaro.com/introgaleria.htm
[5] Wilson-Bareau, Juliet, “Manet y la ejecución de Maximiliano”, ver: Saber ver. Lo contemporáneo del arte, Segunda parte, Núm. 14, México, enero-febrero 1994, p. 44.
[6] Ibidem, pp. 24-30.
[7] “Les exécutions au Mexique” (“Las ejecuciones en México”) en Le Figaro, 7 de julio de 1867, p. 2, ver: M. Davies, “Recent Manet Literature” (“Literatura reciente sobre Manet”), Burlington Magazine, XCVIII, 1956, p. 171, citado en: Juliet Wilson-Bareau, Ibidem, pp. 23-24. 




lunes, 4 de febrero de 2013

UNA ANTIGUA INSTITUCIÓN, LA MONARQUÍA Y EL MODELO DE NACIÓN PARA MÉXICO (1857-1867)


 

 Dra. Alejandra López Camacho


Si bien la historia política de México durante el siglo XIX está definida por las varias intervenciones extranjeras, por los distintos textos constitucionales que se elaboraron, por los constantes cambios de presidentes y por las diversas divisiones y pérdidas territoriales, a esto se unen los debates en torno a los modelos políticos de nación para México y con esto las diversas formas de gobierno que existieron. En esta ocasión, hemos de enfocarnos en un modelo político de nación y en una de las varias facciones que concurrieron a lo largo del siglo XIX. Cabe apuntar que dentro de este modelo de nación estuvieron presentes las tierras de occidente de raza latina y creencias católicas y las tierras norteamericanas de raza anglosajona y creencias protestantes, es decir, entre los territorios gobernados por una monarquía y los que se gobernaban por una República. 
Nos referimos así al modelo de nación que constituyeron los sistemas políticos europeos, en específico a la monarquía francesa y a la monarquía española y en conjunto con esto la posición del periódico La Sociedad de la ciudad de México, una de varias publicaciones que apoyaron la instalación del Segundo Imperio Mexicano durante los años de 1864 a 1867. El objetivo es mostrar la importancia que adquirió para este grupo conservador la existencia de una monarquía en México, a la par de exponer que el establecimiento de esta institución llegó a ser fundamental para la construcción de la legitimidad política de México.
Tenemos entonces que frente a este grupo conservador,  los Estados Unidos fueron rechazados por ser contrarios a la religión católica y a los hábitos monárquicos o virreinales de las naciones hispanoamericanas. Es importante distinguir que si bien los Estados Unidos no constituyeron un prototipo de nación durante los años de 1857 a 1867, esto no implicó un desconocimiento de su riqueza pública y su “material engrandecimiento”. Por el contrario, se advertían sus beneficios y se adjudican a varias causas: a la inmigración europea, a la libertad de que gozaba cada Estado respecto del centro, a las garantías individuales que ofrecía la ley y sobre todo a su Constitución que fijaba las condiciones políticas y los derechos como Estados independientes.
Para los periodistas impresores de La Sociedad como José María Andrade y Felipe Escalante, era un hecho que si los Estados Unidos habían alcanzado tal grado de abundancia e inmigración europea, que finalmente constituía mano de obra, esto se debía a la paz que existía en esa república. Paz inexistente en México, donde se sacrificaba la paz en aras de las teorías políticas y no las teorías políticas en aras de la paz practicada en los pueblos civilizados.[1] Sin embargo, a pesar de reconocer que los Estados Unidos se preocupaban por la propiedad y la riqueza, así como por la paz y las leyes que ofrecían garantías a los ciudadanos, también advertían el lado opuesto de la moneda.

...es indudable que las repúblicas democráticas son tanto más peligrosas y están tanto más expuestas, cuanto es mayor en ellas el predominio de la democracia o del pueblo. No se prueba esta aserción con nuestro único testimonio; se prueba también con la experiencia y con el testimonio de todas las repúblicas pasadas y presentes. Ahí está la Francia, ahí está la Inglaterra de Cromwell, ahí están la mayoría de todas las repúblicas modernas que existen o existieron, para certificar la barbarie de los representantes del pueblo a este se le dice: “¡Impera!” –La república anglo-americana, cuya decantada felicidad y cuya abundancia se han hecho  tan célebres, no se sostiene a pesar de todos sus favorables antecedentes, sino a fuerza de las perpetuas luchas. Todos los años se desbordan de los Estados del interior muchedumbre de familias acosadas por el hambre, que van a Nueva-York a pedir trabajo a las fábricas o talleres. Pocas familias logran su fin; y en 1857 se han visto en la metrópoli de los Estados-Unidos del Norte, cien mil hombres hambrientos y sin trabajo. Recientemente, algún Estado de aquella tierra tan celebrada, ha levantado el estandarte de la rebelión contra el gobierno general... ¡Meditad bien sobre esto![2]
  
En cambio las naciones europeas sí representaban el modelo de civilización indicado para las naciones hispanoamericanas. Sea por la legitimidad que les otorgaban sus raíces latinas, por el sistema de creencias transmitido por España, por las bases monárquicas y por todos los “hábitos y régimen sociales, religiosos y políticos, de la nación, posteriores y hasta cierto punto anteriores a la conquista.”[3] Es importante señalar que a ojos conservadores, el término “república” involucraba la democracia, la soberanía popular, la existencia de una Constitución y la presencia del federalismo.[4] Sin embargo, en el transcurso del año de 1858, los periodistas, aunque parezca contradictorio, defendieron un régimen republicano, pero ligado a la Providencia y no a la democracia, ni a la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma.

Pero ¿qué es hoy la República en las manos del gobierno actual? Es un cadáver despedazado con la  espada de las facciones. Es preciso resucitarle como a Lázaro a la voz de Jesucristo, y sólo está reservado este poder a la Omnipotencia; pero la Omnipotencia velará sobre la situación presente; la Omnipotencia será el escudo y el amparo de la justicia cuyo trono se pretende restablecer; la Omnipotencia, para quien no hay imposibles en el universo, suele prestar algo de su fuerza soberana a las criaturas que se levantan con la razón al gobierno de las naciones.[5]

Esta visión de los modelos de nación para México responde a dos planteamientos. El primero tiene relación con lo que identifican como “América española”, de raíces hispanas y católicas y la interpretación de “América del norte”, de raíces inglesas y con diversidad de sectas religiosas y de razas. El segundo responde a la visión retenida de los enemigos de la “regeneración futura de la sociedad”, que no solo fueron los demagogos, sino todos aquellos que se opusieran al establecimiento de un sistema de gobierno muy semejante al de Francia y España, es decir, los que apoyaban el establecimiento de un modelo europeo de nación. Y en esto interviene la existencia de una sociedad y la sigilosa demanda de una monarquía, que además de ser un sueño y un proyecto en el porvenir, era una medida para aliviar los males de México. Así, discutir sobre los modelos de nación, plantear a los lectores los beneficios de imitar un modelo europeo, debatir sobre la importancia de la historia como ejemplo para el porvenir, claramente refleja un mecanismo para exigir, sin exigir, el establecimiento de una monarquía en México. La monarquía había existido en el pasado, era parte de la historia y del presente, era sinónimo de orden, de justicia y de equilibrio de las leyes, elementos insuficientes del régimen republicano federal.
De este modo, las palabras “América española”, utilizadas para hacer referencia al pasado, forman parte de una asociación de América con la corona española, con una cultura monárquica, católica y de habla hispana, con una época virreinal, con una estratificación social, con un orden político jerarquizado, con un poder aceptado por tradición y por herencia y que en definitiva representa a una comunidad. No obstante, para 1858 los periodistas de La Sociedad consideraban que México era un territorio con una sociedad católica en peligro de extinción y con hábitos que rememoraban el pasado anterior a los ensayos republicanos.
Así llega a plantarse lo siguiente, lo que inquietaba a los conservadores que integraban La Sociedad, ¿era llegar a un estado de anarquía?, ¿a cambios violentos?, ¿a una república?, ¿al restablecimiento de la Constitución de 1857?, ¿a la tolerancia de cultos?, ¿a la separación de los poderes?, ¿a la política de los Estados Unidos? O, ¿era únicamente a la pérdida de sus privilegios? Aunque todos estos elementos están presentes, podríamos responder que en realidad lo que objetaban era la radicalidad en los cambios. Porque, aunque parezca contradictorio, acaso el Imperio francés ¿era de tendencia política conservadora?, ¿acaso se desconocía que Napoleón III era el sobrino de un hombre que como Iturbide se había proclamado emperador sin tener rango real? Así podríamos decir que los cambios se aceptaban y que si bien se estaba promoviendo un modelo de nación, finalmente lo que en México se proyectaba establecer era un modelo único de nación, ni república ni monarquía tradicional. Sin embargo los periodistas tendrían el objetivo de insistir en que...

Las naciones hispano-americanas, no obstante sus hábitos monárquicos o virreinales y su religión católica, cometen el lastimoso error de tomar por modelo a una nación excepcional del Norte, y siguen fascinadas a su presencia. En vez de imitar en política el ejemplo de los pueblos de donde toman su origen, de los pueblos europeos del mediodía, imitan el de una república cuya existencia moral es altamente sospechosa y equívoca, y cuya civilización no es la verdadera civilización cristiana. Las naciones de Europa son las que representan en cierto modo la civilización, y las que comunican a todos los pueblos que quieren recibirla. [6]

Emperador Maximiliano
            Aunque muchas preguntas y respuestas sobre el actuar de los conservadores respecto de su posición frente a Napoleón III y a Maximiliano, puedan parecer contradictorias, la realidad es que en este periodo se observa una considerable falta de comunicación. En este periodo, el intercambio de noticias con las tierras de occidente era muy lento, básicamente se dependía del traslado de información a través de barcos, así que quienes iban y venían sólo conocían aspectos de la política de Napoleón III y aspectos del comportamiento político de Maximiliano, así como aspectos de la vida política mexicana. De ahí que muy probablemente muchas cosas se desconocían, con esto no queremos decir que los conservadores que invitaron a Maximiliano a ocupar el trono mexicano fueran ingenuos, sino que pertenecían a una generación que retenía la imagen de un pasado mejor. Hemos de hablar de periodistas, políticos y miembros del clero que promediaban los cuarenta años en 1857 y que el pasado monárquico que pesaba sobre sus hombros respondía quizá a una tradición familiar. De ahí que quizá era más fuerte su deseo por instaurar un tipo de gobierno monárquico por tradición, que reparar en el tipo de gobierno que ya se veía venir. 
            Por otra parte, es indudable que el establecimiento del Imperio traería consigo cambios y que la monarquía sería un modelo único de nación por varias razones. En primer lugar porque, si seguimos la tradición, Maximiliano no sería un príncipe español ni mexicano. En segundo y tercer lugar, no vendrían virreyes a representar al monarca, porque Maximiliano sería el primer emperador extranjero que vendría a reinar en México. En cuarto y último lugar, no se trataría de una colonización, como había sucedido con España, ni de un hombre que como cualquier otro, caso de Iturbide, se proclamaría emperador. En consecuencia, el Segundo Imperio sería un modelo único de nación en el que habría contradicciones, sí,  pero al mismo tiempo la lógica de una tradición.
Emperador Agustín de Iturbide
Ahora, dentro de la concepción de América española está presente la idea de nacionalidad y es evidente que para este grupo conservador la nacionalidad, que no el modelo de nación, quedó sujeta en gran medida a España, pero a la España Antigua. Así, cuando se hace referencia a un régimen de gobierno republicano-demócrata, se habla de un poder político capaz de disolver una sociedad católica mexicana de raíces hispanas.
Frente a los Estados Unidos el problema radicó en la concepción que se tenía de México, de raíces hispanas y monárquicas. Así, a principios de 1858, la legitimidad política del gobierno mexicano quedó ligado a la recuperación de la sociedad católica, a la recuperación de los hábitos monárquicos o virreinales, a la búsqueda de un modelo político europeo, al establecimiento de la paz bajo la sombra protectora de una intervención, al progreso de la ciencia, al adelantamiento de las artes y de la satisfacción de las necesidades de la vida, tanto como al cumplimiento de las leyes que Dios y la patria imponían.[7] En otras palabras, en el deseo callado y disimulado de establecer un “imperio”, aunque manteniendo la independencia de México.

Admitiendo la incuestionable hipótesis de que hubiese vicios en la ciencia de la antigua organización social de las naciones hispano-americanas, no se podría seguir de aquí en buena lógica que la aplicación exabrupto de una teoría política fuese el más eficaz o el único remedio para corregir sus vicios. El tiempo y la experiencia traen pacíficamente las reformas a las sociedades sin necesidad de conmoverlas violentamente en sus fundamentos, ni mucho menos destruir su organización.[8]

Antes de 1864 el periódico La Sociedad no manifestó abiertamente su preferencia por un sistema de gobierno jerarquizado o aristocrático, en otras palabras, por un sistema de gobierno monárquico.[9] Fue en el transcurrir de los años y más exactamente durante el Segundo Imperio Mexicano, cuando el contenido de los editoriales reveló un sentimiento de regocijo por la monarquía entrante y por el nuevo orden de cosas. Hasta entonces fue manifiesto que durante los distintos gobiernos republicanos no se permitió debatir sobre la monarquía en México.

Llegaba la hora solemne de decidir la suerte del país. Los diversos partidos que anteriormente lo habían dominado, cuidaron siempre de sofocar toda idea favorable a la monarquía: quien se atrevía siquiera a proponer que la cuestión se examinase, incurría en crimen de lesa nación. Llegaba la hora solemne de decidir la suerte del país. Los diversos partidos que anteriormente lo habían dominado, cuidaron siempre de sofocar toda idea favorable a la monarquía: quien se atrevía siquiera a proponer que la cuestión se examinase, incurría en crimen de lesa nación. Y todos esos partidos que afectaban apoyarse en la voluntad nacional y decían derivar de ella el poder que asaltaban, caían en la extraña y maliciosa contradicción de anular esa soberanía del pueblo, encerrándola en un círculo de que no debía salir. Uno solo de nuestros innumerables pronunciamientos propuso la manifestación de la voluntad nacional sin límite ni valladar; creyose ver en esa frase un anuncio de monarquía, y aquella proposición racional y justa provocó tan terrible tempestad, que los autores mismos se vieron obligados a borrarla para lograr el triunfo de su motín. Los partidos todos conocían que la monarquía era la consolidación del orden y de la paz; mal avenidos con ambas cosas, y procurando sobre todo evitar la muerte de las aspiraciones al primer puesto, solo en una cosa marchaban acordes y unidos en medio de sus eternas y encarnizadas luchas; en proscribir por todos los medios posibles, buenos o malos, la idea monárquica. [10]


Dentro de este abogar por la monarquía sin mencionarla se encuentran ciertos términos provenientes del Antiguo Régimen y de la doctrina católica: “interés común”, “bien común”, “privilegios”, “distinciones”, “centro común” y “bienestar común”, entre otros. Este hablar del común y los privilegios fue perdiendo fuerza con la llegada del “individualismo” que ya demandaba el liberalismo de la primera mitad del siglo XIX. Así se entiende como los denominados “privilegios” o fueros heredados de la colonia y de las aprobaciones reales, luchaban por sobrevivir. Y es que en esto lo que se buscaba era el rescate del léxico tradicional utilizado para hacer política.
Cabe mencionar que el Plan de Tacubaya, que desconocía la Constitución de 1857 y que fue proclamado por Félix Zuloaga, representó en algún momento el remedio contra el mal causado por las legislaciones reformistas. Sin embargo para los periodistas de La Sociedad había un hecho... 

que debe mirarse frente a frente y examinarse bien porque lo dice todo: el movimiento de Tacubaya parece estacionado: lo que hubo desde el principio es lo que hay todavía: la línea que corre de México a Veracruz es lo que hay por parte del gobierno: las otras permanecen in statu quo: no lo hemos dicho bien; los Estados del interior protestan contra el centro, reasumen lo que no pueden tener, pero lo que puede causar una verdadera anarquía. ¿Porqué sucede esto? ¿Porqué el orden de cosas caído descansa en la voluntad de la nación? Esto fuera chancearse, y la cosa es demasiado seria para ocuparse en puntos ridículos. [11]

Ante aquella situación, los periodistas bien parecían negar la participación de la voluntad nacional, sin embargo lo que negaban era el principio de participación democrática. Jacqueline Covo, en su libro Las ideas de la Reforma en México, considera que los principios democráticos proclamados por los liberales durante el periodo de reforma, que fundamentalmente fueron heredados de la Revolución Francesa y de la Constitución norteamericana, como la soberanía del pueblo, el sufragio universal y el sistema representativo fundado sobre la libertad y la igualdad, eran, a mediados de siglo XIX, principios exóticos que no se habían aclimatado en México después de treinta años de independencia y de algunas tentativas por implantarlos.[12] Y para el caso del grupo conservador que integraba La Sociedad, la idea de “voluntad nacional”, estaba vinculada con la idea de voluntad divina, como se verá en el último capítulo.
En consecuencia, un medio de impedir la anarquía fue proyectar el establecimiento de una “política franca”, donde estuviera presente la consolidación de un gobierno, la restauración del orden y la justicia y la reincorporación del país en una carrera de esperanza en el porvenir. Esto fundamentalmente implicó la declaración del establecimiento de una monarquía y la exigencia del respeto a los hábitos de las naciones hispanoamericanas.




[1] F. V. Sánchez (Editor responsable), “Reflexiones sobre los gobiernos aplicados a la República”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 12, México, Miércoles 6 de enero de 1858, p. 1.
[2] Ibidem.
[3] Ibidem.
[4] La democracia, para el caso del grupo que integraba La Sociedad, va a representar la anarquía, el desorden, el predominio del pueblo o de las clases bajas sobre el resto de la sociedad.[5] Vera, Francisco (Editor responsable), “El porvenir. ¿Quién penetra en ese inmenso horizonte, en ese abismo sin fondo que se llama el porvenir?”, La Sociedad, Sección Editorial, T. 1, Núm. 35, México, miércoles 3 de febrero de 1858, p. 1.
[6] Ibidem.
[7] F. V. Sánchez (Editor responsable), “La sociedad mexicana”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 183, México, Viernes 2 de julio de 1858, p. 1.
[8] F. V. Sánchez (Editor responsable), “Reflexiones sobre los gobiernos aplicados a la República”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 12, México, Miércoles 6 de enero de 1858, p. 1.
[9] Sobre este abogar es importante señalar que, para este grupo conservador, uno de los abusos de los demagogos había sido, entre otras cosas, eternizar el imperio de la ley y acabar con las “distinciones y privilegios” adquiridos a lo largo de los años. Aquellas “distinciones”, que remiten al Antiguo Régimen, tenían relación con las libertades o privilegios reales. De este modo, cuando los liberales pretendieron terminar con aquellas situaciones, fueron apreciados por los conservadores como tiranos del poder, al pretender terminar con un pasado aún presente, ver: F. V. Sánchez (Editor responsable), “La sociedad mexicana”, La Sociedad, Sección Editorial, T. I, Núm. 183, México, Viernes 2 de julio de 1858, p. 1.
[10] F. Escalante, (Autor editorial), “El Imperio”, La Sociedad, Sección Editorial, T. III, Núm. 359, México, Martes 14 de junio de 1864, pp. 1 y 2.
[11] F. V. Sánchez (Editor responsable), “Consideraciones sobre la situación. (Artículo 2°). Primera exigencia de ella”, La Sociedad, Sección Editorial, T. 1, Núm. 4, México, Martes 29 de diciembre de 1857, p. 1.
[12] Covo, Jacqueline. Las ideas de la Reforma en México (1855-1861), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1983, p. 113.